David Herrerías Guerra


Migrar
01/Septiembre/2010
El nudo en las tripas no la dejaba dar el primer paso. Ya le habían dicho muchas veces que migrar tenía sus peligros, pero que a fin de cuentas era algo que muchísimos hacían. Otras, como ella, habían salido poco antes y si se apuraba podría darles alcance. Al fin emprendió un camino que debiera cubrir al menos cinco mil kilómetros, para adentrase lo suficiente en los Estados Unidos y de ser posible saltar hasta Canadá para buscar mejores opciones de vida. Les habían dicho que lo mejor era seguir una ruta que bordeaba el Golfo de México y que se adentraba en el país del norte cerca de la Costa Este hasta llegar a los Grandes Lagos.

Para su sorpresa, en la ruta hacia el norte no encontró personas que se quisieran aprovechar de ella, sino al contrario: pudo llegar a sitios adecuados para reponerse del cansancio, que habían sido expresamente cuidados por convenios internacionales para facilitar la migración. Cuando se acercaban a la frontera, un papalote tripulado apareció de repente, sobrevolando la caravana migrante. Pero después del susto, notaron que se limitaba a registrar con una cámara de video, sin que esto pareciera poner en riesgo su seguridad. Más bien parecían vigilar que todo fuera en orden. Aunque estaba sorprendida por todo este despliegue, pensó que al fin y al cabo era lógico: cuando la migración es una necesidad, no sólo no debe ser criminalizada, sino que los estados debieran garantizar ese derecho.

En la línea divisoria no tuvo problemas. Vio a lo lejos a los guardias fronterizos que se limitaron a sonreír, protegiendo sus ojos de los rayos directos del sol para poder ver al grupo pasar. Cuando llegaron a su lugar de destino todo estaba listo para su arribo. Había alimentos suficientes y daba gusto ver cómo un conjunto tan grande de migrantes podía llegar a un sitio seguro. Hubo bajas y deserciones en el camino, es verdad, pero éstas se suscitaron más por los cambios repentinos en las condiciones climáticas o por las mismas limitaciones físicas de algunos integrantes para llevar a cabo tan monumental empresa. En cualquier caso era notable la preocupación de las organizaciones internacionales, gubernamentales y no gubernamentales, que habían desplegado puestos de observación, no para detenerlas o extorsionarlas, sino para ver si había algo que pudieran hacer para facilitar su tránsito.

Satisfecha, después de más de cinco mil kilómetros, agradecida por los esfuerzos que los humanos realizaban para garantizar su llegada, la mariposa monarca se posó en uno de los millones de pinos que poblaban los bosques alrededor de los Grandes Lagos.

Si ella hubiera sido, en una mujer latinoamericana en su tránsito por México, tendría que haber sabido que las cosas serían mucho más difíciles. Porque los esfuerzos para reconocer el derecho de las mariposas monarca o de las aves migratorias a viajar y encontrar sitios para vivir dignamente no se extienden a los humanos.

Pudiera ser que le tocara estar en el grupo de los de las 14 mujeres que junto con otros 58 hombres fueran masacrados hace días, o haber sido raptada como parte de los miles de anónimos que son interceptados por bandas criminales integradas por civiles y agentes de la “ley” para pedir rescate a sus familiares o para ser explotados laboral o sexualmente.

Según acepta la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, las denuncias por estos hechos delictivos existen desde hace mucho tiempo. Una veintena de organizaciones, principalmente de la iglesia católica, que se han dedicado a proteger y dar cobijo a los migrantes, lo han denunciado desde hace mucho. En un comunicado que firman muchas de estas organizaciones expresan su preocupación porque la respuesta del gobierno a sus homólogos latinoamericanos consiste en encasillar el crimen irracional de estos migrantes en el apartado “delincuencia organizada”. Esta categoría se empieza a volver peligrosa en sí misma, porque no reconoce que el problema de la migración no es lo mismo que el narcotráfico, aunque puedan tener puntos de entrecruce.

México criminaliza la migración de igual o peor manera que nuestro vecino del norte. Establece reglas que convierten al migrante en un fugitivo, orillándolo a utilizar los servicios de organizaciones y personas sin escrúpulos. Facilitan el trabajo de las autoridades corruptas de migración que con la ley en la mano tienen los argumentos necesarios para doblegarlos y abusar de ellos.

Es grande la tentación por enmarcar el problema en la guerra tan entusiasta que ha emprendido el gobierno contra el narco. Pero el problema tiene que ver más con un marco legal en México que deberíamos atrevernos a revisar antes de –o al mismo tiempo que – nos quejamos de la Ley Arizona.

Publicado en Milenio Diario, León, 1 de septiembre del 2010
http://impreso.milenio.com/node/8825013
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