David Herrerías Guerra


Un marginal torturado
31/Marzo/2010
Hay un escena memorable en la novela Balún Canán, que David Fernández nos refresca en su libro “Doce nuevas cartas sobre Dios”. La gran Rosario, que narra en este libro clásico parte de su infancia en forma novelada, nos cuenta, desde los ojos de una niña, el ataque de las tropas oficiales a un templo y cómo su madre y otras señoras fueron autorizadas después a entrar para tratar de arreglar un poco el interior:

“Mi madre se dispone a limpiar las imágenes con gamuza. Quita el paño que cubre a una de ellas y aparece un Cristo largamente martirizado. Pende de la cruz con las coyunturas rotas. Los huesos casi atraviesan su piel amarillenta y la sangre surge con abundancia de sus manos, de su costado abierto, de sus pies traspasados. La cabeza cae inerte sobre el pecho y la corona de espinas le abre, allí también, incontables manantiales de sangre. La revelación es tan repentina que me deja paralizada. Contemplo la imagen un tiempo muda de horror. Y luego me lanzo, como ciega, hacia la puerta. Forcejeo violentamente, la golpeo con mis puños, desesperada. Y es en vano. La puerta no se abre. Estoy metida en la trampa. Nunca podré huir de aquí. Nunca. He caído en el pozo negro del infierno. Mi madre me alcanza y me toma de los hombros, sacudiéndome:

-¿Qué te pasa?

No puedo responder y me debato entre sus manos, enloquecida del terror.

-¡Contesta!

Me ha abofeteado. Sus ojos relampaguean de alarma y cólera. Algo dentro de mi se rompe y se entrega vencido.

-Es igual (digo señalando al crucifijo), es igual al indio que llevaron macheteado a nuestra casa”.

La Rosario niña había asistido días antes a la imagen real de un indígena que había sido atacado con machete en Chactajal, más arriba, en la sierra, y lo cargaron hasta la casa de la hacienda paterna sólo a morir de sus heridas ante los ojos atónitos de la pequeña.

Pocas veces los cristianos caemos en la cuenta de que muchos de los espacios que habitamos están “decorados” por la imagen de un torturado. En lugar de la cruz, si Cristo hubiera asesinado en nuestros días, podríamos tener como símbolo una picana eléctrica, un hombre sumergido en “el pocito”, una silla eléctrica o una horca. Desgraciadamente la iconografía cristiana ha resaltado, exagerando lo más que se pueden los resultados de esta tortura, pero no en términos de denuncia, sino como una forma de alimentar nuestras culpas: “murió por tus pecados”, “Cada mala obra que haces clavas más profundo los clavos a Jesús”. También ha servido para exacerbar el odio a los judíos, sin caer en la cuenta que el mismo Jesús y los primeros cristianos eran todos judíos.

Jesús era un galileo marginal que murió porque se dedicó a promover una idea sobre la vida, las personas y las sociedad que le parecía más acorde con el plan de Dios. Pero eso era peligroso para el orden establecido. Peligroso para un sistema religioso que actuaba en contubernio con el imperio para que las cosas estuvieran en paz. Si actualizáramos el discurso de las buenas gentes que dirigían los destinos de Palestina, escucharíamos cosas como: “es que es un extremista” “Si dejamos que grupúsculos como el suyo crezcan, los Romanos se van a enojar y nos va a ir peor a todos” “Es que está mezclando la religión con cosas políticas”. Había mucho en juego y era más fácil matar a un líder que apenas empezaba a hacerse notar, que esperar a que el movimiento se volviera en realidad peligroso.

Si hubiera existido una Comisión Nacional de los Derechos Humanos de Israel (CNDHI) hubiera objetado que el juicio fue sumario, que se le torturó, que la pena era desproporcionada para el probable delito, que no se respetaron sus garantías más elementales... Pero muchas buenas conciencias descansaron tranquilas cuando murió y ante las voces disidentes, las pocas que habría, hubieran pontificado: La CNDHI debiera de proteger a las víctimas, no a los criminales. Aunque, como en el caso de muchos indígenas, el caso podría no haber llegado ni siquiera ea esas instancias.+

Mucho se parece nuestra sociedad y nuestra religión actual a la que torturó a Jesús. La intuición de la niña Rosario es teológicamente perfecta: Cristo es ese indígena tasajeado, velado en la caballeriza “en un ataúd de ocote, muy pequeño para su tamaño, con las junturas mal pegadas por donde escurre la sangre”. Sólo un rato lo velan, porque los indios deben regresar al trabajo, nos cuenta Rosario, y “las criadas no lo consideran su igual”.

Tener como símbolo la imagen de un torturado no debe servirnos para regodearnos en el dolor, ni para alimentar nuestras culpas mal sanas, sino para reconocer en Él a los que siguen siendo torturados, “venadeados” entre las comunidades, encarceladas por crímenes inventados, perseguidos a causa del anuncio de una sociedad más justa.

Publicado en Milenio Diario, León, 31 de marzo del 2010

DEJANOS TU COMENTARIO
1456374297.png
1321493145.gif
1381429645.jpg
1321493278.png
1321493200.png