David Herrerías Guerra


Un Soldado en cada hijo te dio
07/Abril/2010
Es corriente escuchar que el problema con los narcos es que circulan tanto dinero que pueden llegarle al precio a quien sea. Pero quizás lo más sorprendente es lo poco que necesitan para enrolar en sus filas a la inmensa mayoría de sus gatilleros, recaderos e informantes.

El presidente municipal de Ciudad Juárez, José Reyes Ferriz, en entrevista con el periodista Carlos Puig dijo que en la frontera se puede contratar a un sicario por un salario semanal del 500 a 1000 pesos. Sedena confirma que la organización La Línea, paga hasta 8 mil pesos mensuales a sus matones.

Otro negocio en México que se acerca en ganancias al del narcotráfico es el tráfico de personas para fines sexuales. El modo de hacer dinero de manera ilícita en tercer lugar a nivel mundial si se atiende a su capacidad de generar ganancias.

El Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México tiene varios años estudiando el problema de la prostitución infantil y la trata de personas. Según reportan los investigadores, la explotación sexual infantil es un problema creciente y que se ha vuelto demasiado común en nuestro país disminuyendo cada vez más la edad a la que empiezan o son enganchados los menores: desde los 8 y 9 años. Muchos pequeños y pequeñas, víctimas de este delito expresan que a pesar de todo, esa forma de vida es su única forma de obtener dinero. Se trata, dicen los académicos de la UNAM, “de niños, niñas y adolescentes olvidados, con baja autoestima, sin formación académica ni expectativas para el futuro. La mayoría proviene de familias violentas y de bajos recursos, y muchos son consumidores habituales de drogas”.

La trata tiene, como el narcotráfico, dos componentes que los hacen perdurables: la corrupción de las autoridades y la necesidad económica de los y las niñas y niños, jóvenes y jovencitas, que ven en estas actividades ilícitas una forma de vida mejor que lo que la sociedad les ofrece por otras vías.

“La delincuencia organizada sí responde a las expectativas de los jóvenes, a diferencia del Estado y la sociedad” nos dice Luis González Plascencia, presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF), según nos informó Jorge Hernández en Milenio, la semana pasada. Antes, el Alcalde de Ciudad Juárez, había lanzado ya un grito de auxilio: “Hay un problema económico gigantesco, hay que darle a los juarenses la oportunidad de tener una fuente de empleo… si no, muchas de las personas que tienen necesidades se van a ir a la delincuencia”.

Lo sorprendente no es entonces que el narco o los tratantes de niñas y niños puedan corromper con grandes sumas de dinero, sino lo poco que necesitan para que un grupo de muchachos sean capaces de organizar un escuadrón que corte de tajo la vida de otros adolescentes. ¡Cuatro mil pesos mensuales!. No les hemos podido ofrecer a millones de jóvenes alternativas dignas para poder desechar tan poco dinero, o para creer que recibir eso a cambio de favores sexuales les va a garantizar una vida feliz. Lo que está en el inicio de toda la violencia es la violencia estructural. Un sistema que vende a través de los medios modelos de felicidad basados en el consumo de autos, perfumes caros, casa propia, viajes... pero que es incapaz de ofrecer las oportunidades mínimas para convertir a más de la mitad de sus ciudadanos en consumidores de algo más que una canasta básica. Un sistema pensado para proteger los intereses de unas reducidas elites, intocables, soberanas, monopólicas. Habitantes de las páginas de Forbes que de cuando en cuando se rasgan las vestiduras y amonestan con autoridad y vehemencia a los políticos porque no les pueden garantizar un mínimo de seguridad y tranquilidad para vivir en este Su País. Políticos que encajan el regaño y se muestran incapaces de poner freno a la voracidad de esos pocos privilegiados.

Tiene razón el presidente de la CDHDF al criticar una estrategia contra el crimen que se enfoca a mecanismos que han resultado probablemente más violentos que el propio delito. El enfoque penal y militar de la lucha contra las drogas ha multiplicado de forma inverosímil las víctimas. Muchas más que las que hubieran muerto en muchos años a causa del consumo de estupefacientes.

Mueren a diario jóvenes que ocupan los primeros escalones de las organizaciones, muchos son inquilinos preferidos que llenan las cárceles. Y por cada uno que cae, por cada uno que es atrapado, hay cientos más dispuestos a ocupar su lugar. Por más que creamos que el cielo un soldado en cada hijo nos dio, esta lucha no tiene final si no pasa por buscar cambios radicales que apunten de verdad a la raíz del problema: la pobreza, la inequidad, la falta de oportunidades para todos y todas.

Publicado en Milenio Diario, León, 7 de abril del 2010
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