David Herrerías Guerra


Sociedad incivil organizada
18/Agosto/2010
Un día cualquiera, en la colonia Condesa de la Ciudad de México, aparecen volantes que relatan los acuerdos de una bien organizada junta de vecinos. Anuncian, como organización soberana de la sociedad civil, que están hartos de las cacas de los perros sin dueño o con dueños irresponsables, que tapizan el suelo del Parque México, alma verde de esa colonia, cual si fueran minas antipersonales de la guerra de los Balcanes. La asociación vecinal piensa tomar medidas: ha conseguido un veneno que mezclará con carne molida para fabricar unas mortíferas albóndigas que, advierten, esconderán entre las jardineras. Además vaciarán dosis letales de ese veneno en las fuentes y ofrecen la fórmula en forma individual por si usted prefiere hacer sus propias albóndigas (a la mejor para preparárselas a su marido o a su suegra, eso no se aclara). La decisión fue tomada en una junta de vecinos con quórum y toda la cosa. De lo que se trata es de forzar a los vecinos a poner correa a su perro y levantar sus excrementos (los del perro).

Otra historia, ahora en León, residentes de un fraccionamiento en el noreste de la ciudad. De esos “Bosques del …” o “Florestas de la …” cuyas áreas verdes no cumplen con los estándares ni aún pintando de verde todas las banquetas. Zonas residenciales ahora organizadas en pequeños klosters, que vienen a ser lo que siempre conocimos como privadas. El asunto es que los residentes que tuvieron la suerte de vivir alrededor de una de las exiguas áreas verdes de fraccionamiento, deciden, con responsabilidad ciudadana, poner unos juegos para sus niños. Bien. Pero surgen los problemas. ¿Y qué hacemos con los niños cuyos papás irresponsables no cooperaron con los juegos? ¿Y qué hacemos con los niños que vienen de la cuadra de junto? La solución es simple: si los vemos que se van a subir la resbaladilla, los bajamos. Ni columpio ni nada para ellos. Que se hagan su parque. Y hasta cuidadora hubo, según dicen.

En el caso de los excrementos caninos surgieron inmediatamente algunas protestas. Otros vecinos ya están armando levantones, no como los del narco, sino brigadas levanta cacas. Suena feo pero es una tarea mucho más noble que asesinar perros. Más gordo se va a armar el lío si un día un niño sin correa encuentra una de las albóndigas y se la engulle, por lo que bien haría la delegación en tomar cartas en el asunto (no obligar la correa en los infantes, sino apaciguar a la belicosa junta de vecinos, se entiende) Respecto al caso de los juegos, el problema que tienen es que el área de donación es pública y no pueden prohibir la entrada a otros niños, además de que es de muy mal gusto poner a una gendarme con cara de directora de primaria a prohibirle la entrada a un pequeño.

Los casos anteriores como muchos otros de organización vecinal ilustran una problemática interesante en la llamada sociedad civil. Por un lado, vivimos en un país en el que los ciudadanos nos quejamos mucho de los políticos, pero estamos dispuestos a muy poco para cambiar la situación. Circulan muchas cadenas de protesta en las que el ciudadano modelo hace su mayor esfuerzo reenviando una cadena o cuando mucho, entrando a un sitio de internet para apuntar su nombre en una petición. No es que sean inútiles esas acciones, pero cada vez más nuestros políticos entienden que de una cadena de mil ciudadanos sólo unos dos o tres estarían dispuestos a salir a la calle.

Hay poca formación para el ejercicio de la ciudadanía. En la parte técnica, no sabemos cómo participar; no conocemos las normativas, no sabemos cómo gestionar, convocar y organizar asambleas. Pero eso pudiera no ser lo fundamental. Lo central es que no existe siempre la conciencia de que la lucha por los intereses particulares se debe articular más generosamente con otras luchas, para cambiar a la sociedad en su conjunto. Existen respuestas de grupos ciudadanos que ven afectados sus intereses particulares y se organizan de forma activa tomando decisiones y comprometiéndose. Esa es la génesis de los movimientos ciudadanos que pueden cambiar las cosas, pero solamente si pasan de su problemática personal a una conciencia más colectiva. Pasar, por ejemplo, del problema del área verde enfrente de mi casa, a entender que el problema de las escasas áreas verdes obedece a políticas públicas, reglamentos e intereses que no sólo me están afectando a mi y que hay que cambiar. A veces las organizaciones vecinales obedecen a más a un egoísmo colectivo que a un deseo real de cambiar las cosas para beneficio de todos. Sucede entonces que bajo el escudo de ser sociedad civil se emprenden acciones que pueden ser incluso violentas o dañinas para otros grupos sin lograr que las organizaciones permanezcan, porque muerto el perro, se acabó el interés.

Tenemos un clase política que nos ha quedado mucho a deber, pero si no somos capaces de construir grupos ciudadanos capaces, concientes y dispuestos a pasar de nuestras pequeñas luchas individuales a proyectos de mayor alcance, las cosas no van cambiar. Aunque pusiéramos albóndigas al estilo La Condesa en el Congreso.

(Publicado en Milenio Diario, León, 18 de agosto del 2010)
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