David Herrerías Guerra


Fe y tatuajes
04/Agosto/2010
Sé que llego muy tarde al chisme, pero no lo puedo evitar. Traigo a colación, con semanas de retraso, los desafortunados comentarios de la que, desafortunadamente, preside el Instituto de la Mujer Guanajuatense. Lo que dijo ya circuló por la prensa e internet: a la señora le parece que los tatuajes expresan la pérdida de valores de quien se deja marcar por las agujas. Obviamente que las declaraciones son graves tratándose de quien por su trabajo debiera estar promoviendo una cultura más tolerante hacia las diferentes formas de ser mujer. Pero a mi me gustaron más las declaraciones de Beatriz Rodiguez Moreno, dirigente de la Coalición Ciudadana por la Familia y la Vida (Cofavi), quien defendiendo a la funcionaria invitó a las empresas y centros educativos a no contratar a quienes tuvieran percings o tatuajes. Lo interesante es el remate: “ya que están atentando contra su cuerpo y, con ello, contra la creación de Dios”.

Doña Beatriz forma parte del grupo de amigas de Hortensia Orozco, quienes un día de octubre deshojaron ejemplares de libros de biología del primer grado de secundaria de la SEP, y les prendieron fuego. Un hecho que nos remite a escenas medievales, totalitarias o de ciencia ficción. En ese contexto, el argumento teológico que presentó la coordinadora de Cofavi adquiere lógica. La frase es una joya, por que nos permite entender al grupo que pretende erigirse en guardián de la moral y las buenas costumbres en el Estado.

Vamos a seguir el razonamiento: No debemos atentar contra nuestro cuerpo, no porque sea nuestro, sino porque nos lo dio Dios y eso a él no le gusta (premisa uno). Tatuarse es atentar contra nuestro cuerpo (premisa dos). Conclusión: tatuarse no sólo es de mal gusto, sino atenta contra la propiedad divina. Es brillante, pero no deja de ser necesario establecer algunos límites. No estoy seguro si todos los tatuajes son un atentado contra nuestro cuerpo. Veo, por ejemplo, que la misma Luz María Ramírez, en una foto que le tomaron el día del evento en que hizo las declaraciones tan citadas, tiene un tatuaje que algunas mujeres se hacen en los bordes de los labios, no soy experto, pero eso me parece. ¿Esos le gustarán a Dios o no? Y el pelo rojo… ¿le gustará a Dios, que decidió mediante complicadísimos mecanismos de la genética el color natural de nuestra melena, que nos la decoloremos y pintemos de tonos inusitados? Y vaya que andarse cambiando de color maltrata el cabello. ¿Y qué le gustará más a Dios, un percing pequeño en la nariz o unas arracadas descomunales en las orejas? Eso sin entrar en operaciones mayores, de esas que no puedo describir aquí en detalle porque este es un artículo que se quiere sujetar a las normas de la moral y las buenas costumbres. Pero me corroe la duda: ¿Pesará Dios todos los días las redondeces de las mujeres para ver si no han atentado contra su cuerpo añadiendo implantes y silicones? Cada vez me confundo más. Me queda claro que el lápiz labial pudiera ser un pecadillo menor, pero ¿no serán las depiladoras instrumentos del diablo?

Si tuviéramos siempre a nuestro lado a Doña Beatriz, ella nos podría decir cuáles son los límites. Al final nos daríamos cuenta que el asunto tiene que ver más bien con lo que la señoras quemalibros consideran el buen gusto. Porque pintarse el pelo de plateado puede verse bien para disimular las canas, pero llenarlo de colores y engomarlo para que se mantenga parado, seguramente es de mal gusto. Nos damos cuenta que las buenas señoras lo que traen es una confusión grave entre la ética y la estética. Lo malo es que de estética no parecen saber mucho.

En la frase de Doña Beatriz se trasluce otra confusión que no ha sido nueva en nuestra Iglesia: la de entronizar las normas de urbanidad y buenas maneras de una cultura particular, como normas morales justificadas desde la religión. Hacemos un Dios a la medida de nuestra cultura, y le imponemos al pobre nuestros traumas y pequeñeces. Y de pasada difundimos la idea del Dios gendarme y ñoño que tan lejano le resulta ahora a tanta gente.

Pero en afirmaciones como la de Doña Beatriz, hay algo más grave: no sólo reduce a Dios a la estrechez de su criterio propio, sino que pretende que esa ley, ahora divina, se imponga a todos. Un gran salto mortal: El buen gusto elevado a ley divina, que por lo tanto se puede convertir en ley para todos los hombres y mujeres.

Nada hay más alejado del cristianismo que la intolerancia, porque una de las grandes novedades del mensaje de Jesús, fue romper con la idea de que sólo había un pueblo elegido; fue su apertura, su universalidad. Grupos como los que encabezan estas buenas señoras, no sólo atentan contra la posibilidad de crear una nación laica en la que puedan convivir todas las creencias, atentan contra la misma religión que pretenden defender. Bien haríamos los católicos en prestar más atención al papa Benedicto XVI cuando dice: “La mayor persecución a la Iglesia no viene de los enemigos de fuera, sino del pecado dentro de la misma Iglesia”
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