David Herrerías Guerra


Futbol o patria
16/Junio/2010
Ya no me acuerdo hace cuánto tiempo fue, me imagino que unos ocho años, mis hijos estaban chicos. El León jugaba uno de sus últimos partidos en primera división. Recibían al Toluca y asistí con ellos al estadio, algo que hice pocas veces. Iban ilusionados a ver al León, contentos y felices, con sus camisas verdes y sus banderas. La alegría duró poco, porque muy rápido el León empezó a encajar goles, como dicen los españoles. Uno, dos, tres, hasta la cuenta de cinco. Las lágrimas empezaron a rodar por sus caritas y yo ya no sabía qué hacer.

El León había sido grande hacía muy poco y eso contribuyó a la adhesión de mis hijos. Un equipo triunfador les atraía. Lo que ellos no podían entender entonces era que para los dueños del equipo, lo importante era comprar jugadores a la baja y venderlos a la alza para llenarse los bolsillos de dinero. Todo ese asunto de los colores, la representación de la ciudad, el sentido de pertenencia, era un asunto para vender camisetas. El León era un negocio particular y no merecía las lágrimas de un niño.

Y digo mis hijos, pero creo que fácilmente nos vemos envueltos todos en la misma falacia. Es difícil zafarse. ¿Cómo no identificarse con los 23 mexicanos que están en medio de las otras 31 selecciones? Es obvio que “le vamos a México” y estamos pendientes y en primera fila de los juegos, haciendo changuitos para que le ganen a Francia y para que no nos toque argentina en el cuarto partido. Precisamente por eso es un negocio tan lucrativo y por eso se inundan los medios de mensajes patrioteros en estos días.

¿Pero hasta qué punto participamos los mexicanos en esta selección? Se supone que a los 23 los eligió Aguirre (suponiendo, sin conceder que tenga libertad total para hacerlo) ¿Pero quién eligió a Aguirre? La Federación Mexicana de Futbol, que es un organismo muy curioso, porque tiene la representación nacional pero está desvinculada de las estructuras de gobierno y democráticas del país y depende, en realidad, de los dueños de los equipos, principalmente del monopolio televisivo. De esta manera, si usted quiere representar a su país en una justa mundialista, tiene un solo camino: jugar en uno de los pocos equipos que están finalmente controlados por un puñado de mexicanos.

¿Esos pocos mexicanos están interesados en el bien de la patria y por eso nos llenan de anuncios empalagosos que nos inflaman de amor por los colores nacionales? Bueno, pues habría que ver que entienden por “amor a la patria”. Si por patria entendemos un ente abstracto compuesto de símbolos sin referentes concretos, a la mejor. Si por patria entendemos el mercado del que cada quien debe pescar lo que más pueda y después irse al extranjero donde las condiciones son más seguras, también. Pero si por patria entendemos la suma de cada una de las mexicanas y los mexicanos concretos que compartimos este territorio, me quedan algunas dudas. Porque, por ejemplo, se ha dicho hasta la saciedad que el futbol mexicano no crece por los sistemas de competencia que favorecen la mediocridad, pero no se cambia porque se teme que no sea negocio. Se ha dicho que en ninguna parte del mundo las televisoras tienen varios equipos y en México así funciona, porque son las dueñas del balón. Son estas televisoras que inflan hasta el infinito la cursilería patriotera en torno a al mundial, que son capaces de corromper diputados y senadores para impedir que se abra a la competencia la televisión, elemento fundamental para el avance de la democracia. Las mismas que llevan años envenenando a la población con programas basura, las mismas que se oponen a cualquier reforma que afecte sus intereses económicos, que son muchos, porque han engullido cada vez más sectores de la economía, como el futbol.

Parece que se puede ser patriota enfundándose la camisa, ahora negra, de la selección, aunque se explote a los paisanos, incluso a los mismos futbolistas. Porque por cada futbolista que triunfa hay cientos que son explotados y tratados como mercancía, en un sistema que se burla de las leyes laborales y que se ha cerrado, como en un sistema de juego 5-4-1 a que los jugadores tengan una organización de representación gremial. Se puede ser patriota, como Aguirre, que nos da clases de nacionalismo, nos dice cómo cambiar al país y nos exhorta a la lucha, al mismo tiempo que nos avisa que terminando el mundial, él se va para otro lado en el que pueda vivir más seguro y a gusto.

Hay que admitir que de todos modos el futbol es bonito. Y que jugar a la guerra en calzoncillos es mejor que hacerla de a devis. Y que emocionarnos y gritar juntos a la mejor nos hace bien, si lo vivimos en su justa dimensión. Pero ojalá un día la democracia, la solidaridad y la justicia puedan campear de tal forma que hasta el futbol se vuelva, como la patria, más de todos.

Publicado en Milenio Diario, León, 16 de junio del 2010
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