David Herrerías Guerra


Para completar el expediente
22/Noviembre/2009
Era joven, muy amable, hay que decirlo. Se me quedó viendo sin saber por qué me sonreía. Y en realidad yo no sé tampoco por qué lo hacía, cuando debiera mejor gritar. Pero creo que ese día amanecí de buenas y la petición absurda, en lugar de provocar un inmediato enojo me dio primero risita.

La escena se desarrollaba en las oficinas de Hacienda. Habíamos hecho cita para no tener que formarnos en la fila ya impresionante a las 8 de la mañana. Por mucho que los pagos de impuestos se hallan digitalizado, siguen siendo lo suficientemente complejos como para que cada profesionista necesite su contador de cabecera. Por eso llegaba yo a las oficinas acompañado de mi contadora, con cierto aire de superioridad, debo admitirlo, sobre los pobres que no habían hecho cita y permanecían formados tras las puertas de cristal.

Todo iba bien. El joven funcionario me hablaba con una mezcla de respeto y confianza: “Señor David”, y revisaba los papeles que habíamos llevado para sacar la nueva clave super segura y super especial para poder pagar mis impuestos. ¿No trae copia de su “alta”, Señor David? Ahí es donde apareció la sonrisa. -¿Cómo? ¡El Documento de alta ustedes lo expidieron! ¿para qué quieren que yo les traiga una copia de un documento que ustedes seguramente tienen almacenado en sus modernos sistemas computarizados? - Es para tener completo el expediente. –Ah.

Para tener completo el expediente el joven amable necesitaba que les llevara otra copia de mi comprobante de domicilio que les he tenido que entregar cada vez que me piden hacer un nuevo trámite y no me acuerdo cuántos papeles más que ellos ya tienen desde el aciago día en que decidí darme de alta. No sé cuantas veces he entregado mi acta de nacimiento, fotos, comprobantes de domicilio en todas las oficinas burocráticas con las que he tenido que ver en mi vida. Si han guardado todo y tuvieran la capacidad para juntar un día esos papeles, yo podría tener el honor de ocupar un archivero completo en alguna oficina gris, como las de la película Brasil. Pero debo decir, no sin cierta melancolía, que sospecho que la gran mayoría de esas copias y papeles tan importantes forman parte, en el mejor de los casos, de un cartón reciclado, quizás como parte de un envase de huevos. No puedo ni las quiero imaginar en el relleno sanitario.

Mi sonrisa se desvanece cuando pienso el costo que tiene para los ciudadanos la manía de los burócratas de completar expedientes que ya debieran tener ellos, pero en lugar de tener un archivo eficiente, trasladan el costo a los ciudadanos y nos piden copias y copias. También nos trasladan el costo cuando en lugar de tener sistemas con ventanillas únicas obligan al ciudadano a danzar de un lado a otro, realizando tareas que debieran resolver ellos. O cuando enredan tanto los trámites que se hace necesario contratar un coyote que milagrosamente resuelve las cosas en un santiamén.

No tengo idea de qué país sea el campeón de las regulaciones obtusas, pero me imagino que al menos pasamos a cuartos de final. Creamos trámites complicadísimos para inscribirnos al sistema educativo, para poder construir, para poder crear un pequeño negocio, ¡hasta para pagar impuestos! En cada trámite perdemos tiempo y dinero. Al final del túnel siempre habrá un funcionario entre oscuro y solícito que podrá aceitar la maquinaria a cambio de una pequeña gratificación.

La sonrisa se convierte en un gesto de disgusto cuando nos damos cuenta de que esa ineficiencia y esa corrupción son en realidad un enorme impuesto extra que pagamos todos, mayor que el 2 por ciento de IVA del que dice doña Beatriz, nos libró el PRI. Y la sonrisa se convierte en un gesto grotesco cuando constatamos que los burócratas mayores se aprobaron un presupuesto mayor que en tiempos de bonanza, y que sonríen y se felicitan y nos prometen que con ese dinero nos van a hacer realmente felices.

El joven funcionario se quedó sonriendo mientras me regresaba mis papeles incompletos. Y no hay nada que hacer. Tengo que completar mi expediente de nuevo, para que me permitan cumplir con el sagrado deber de pagar mis impuestos.

Publicado en Milenio Diario, León, 22 de noviembre del 2009
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