David Herrerías Guerra


La fábula de la ratonera
29/Noviembre/2009
Una fábula, de autor desconocido para mi, narra la historia de un ratoncito que un día observa desde su escondite, con ojos desorbitados, el paquete que el granjero desenvuelve cuidadosamente sobre la mesa.

Su terror no tiene límites cuando se da cuenta de lo que han traído a la casa: ¡una ratonera! Como el ratón es solidario, corre a dar la noticia a sus compañeros animales: -¡Han traído una ratonera! ¡Hay que hacer algo! - dice a la gallina. - ¿Y yo porqué? – contesta el ave, indiferente, - nunca se ha visto que a las gallinas nos preocupen las ratoneras-.

El ratoncito corre entonces con el borrego y le confía su angustia. El borrego es de talante sensible y lo escucha interesado: -Pobre ratoncito, de verdad que me uno a tu dolor. No dudes que te tendré presente en mis oraciones- .

Pero tampoco mueve una pezuña para hacer algo. Finalmente va con la vaca, importante y grande animal, seguro que podrá hacer algo. – Algo habrás hecho mal, para que los granjeros usen esos instrumentos. Seguro que te las podrás arreglar sólo, porque a mi, las ratoneras ni me benefician ni me perjudican-.

El pobre roedor no puede dormir. Tanto miedo tiene que cuando escucha el ruido metálico de la trampa al accionarse, no está seguro si oyó el sonido o lo fabricó su imaginación. Sale de su agujero y alcanza a ver pasar a la mujer del granjero que avanza a tientas; va para ver quien cayó en la trampa.

El ratoncito no alcanza a seguirla, porque lo paraliza el alarido de la mujer: una serpiente venenosa, atrapada en la ratonera, le ha inyectado, furiosa, su veneno. El granjero brinca de la cama y corre a llevarla al médico. Después de unas horas, los animales ven cómo regresan; el granjero triste, su esposa grave. Pobre, no se ve bien, pero habrá que hacerle la lucha.

El marido ordena entonces que maten a la gallina para hacerle un caldo nutritivo. Varios días pasan entre médicos, medicinas y remedios y gastos que crecen. El dueño de la carnicería del pueblo ofrece comprar al borrego para que el hombre pague sus deudas y el piadoso animal termina sus días asado en un hoyo, entre pencas de maguey. Al final, todo es inútil y como en todo pueblo que se respete, el velorio es toda una pachanga que exige el sacrificio de la vaca para alimentar a la gran concurrencia. Fin.

Esta fábula la escuché por primera vez en boca de Javo Escobedo, jesuita, pero he leído otras versiones en internet, con pequeñas variantes. La que les comparto tiene también algunos detalles de mi cosecha, pero, a fin de cuentas en toda fábula lo importante es la moraleja.

Yo la traigo a cuento por un fenómeno que se ha venido dando en México y que debiera preocuparnos a todos, aunque nos sintamos inmunes a las ratoneras: la criminalización de la protesta.

En los últimos años las protestas populares han sido tratadas como delitos, a veces falsificando pruebas y alterando de forma increíble las circunstancias para hacer aparecer a los quejosos como parte del crimen organizado. Un caso paradigmático es el de las indígenas Jacinta Francisco Marcial, Teresa González y Alberta Alcántara, acusadas falsamente del secuestro de seis agentes federales de investigación. En julio de este año la CNDH emitió una recomendación en la que consideraba probado que fueron violados los derechos humanos de las tres mujeres dado que servidores públicos federales incurrieron en graves irregularidades, dando testimonios falsos, privándolas de un traductor, constituyéndose simultáneamente en supuestas víctimas, investigadores y acusadores.

Jacinta logró su liberación hace poco más de un mes, después de tres años, pero sus dos compañeras permanecen en espera de la sentencia. La PGR insiste en su culpabilidad, a pesar de la inconsistencia de las pruebas. A fin de cuentas, de lo que se trata es de castigar a través de ellas, a toda una población rebelde, como en el caso de Atenco y Oaxaca.

Mucha gente aplaude estos abusos de autoridad porque sueñan con un país en paz, aunque sea, como en tiempos de Don Porfirio, la paz de los sepulcros. Otras buenas conciencias, reprueban los hechos pero los dejan pasar, con un leve movimiento de hombros y poniendo las palmas al cielo, porque los consideran daños colaterales en esta lucha desigual que llevamos a cabo contra las oscuras fuerzas criminales.

Son los mismos que no se inmutan por los abusos de la policía contra los paisanos en bicicleta (paisanos de baja estofa, dirán en voz baja) que se atreven a cruzar por las colonias bien, convirtiéndose de inmediato en sospechosos y merecedores, cuando menos, de un cateo. Algo hay que pagar por la seguridad.

A fin de cuentas, esos abusos se dan en contra de “otros”, de los que protestan, de los que andan en bicicleta y tienen facha de albañil, los eternos sospechosos de cualquier robo a casa habitación.

La fábula nos quiere decir, que si ya no nos mueve un elemental sentido de justicia para reclamar el respeto a los derechos de todos, que al menos pensemos en que esa trampa para ratones, que es el uso faccioso y clasista de la justicia, el día menos pensado se nos volverá, como serpiente, en contra.

Publicado en Milenio Diario, León, 29 de noviembre del 2009
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