David Herrerías Guerra


Imagínate con un bisturí en la mano
13/Diciembre/2009
Imagina que eres el director o directora de un hospital especializado en transplantes y hoy estás especialmente angustiado, porque tienes tres pacientes: una científica, un médico y un investigador de primer nivel. Los tres son jóvenes, y prometen mucho, no sólo por su preparación sino por las muestras que han dado de su vocación de servicio.

Necesitan urgentemente un transplante de riñón, de corazón y de páncreas, respectivamente. Están en las últimas, pero no hay donadores. Todo parece indicar que no tienen más que una o dos noches. Te encuentras pensando sobre la trágica situación cuando caes en la cuenta del joven que acaba de entrar a trabajar como afanador. Mientras él pasea el trapeador de un lado a otro tu lo observas y recuerdas las pocas palabras que cruzaste con él el día de ayer: es el séptimo hijo de una familia de 12, no terminó la secundaria, vive solo porque sus padres ya murieron. No tiene novia, ni hijos, ni más aspiraciones en la vida que salir del trabajo en la mañana para hacer deporte. Ésa es su vida. Te viene una idea a la cabeza que tratas de reprimir, pero va ganando tu atención: ¿No podría ser un donante este joven intrascendente? ¿No valdría más para el género humano la vida de los tres enfermos que la de este joven? Tienes en tus manos muchos medios para "sacrificarlo"; supón que tienes el plan por el que nadie te podrá culpar de su muerte. ¿Debes matarlo para salvar a tres jóvenes prometedores? El chico no tiene futuro, pronto será olvidado.

En cambio los otros tres podrán beneficiar a miles de personas. Es claro que el beneficio es mayor si lo matas que si dejas que mueran los enfermos.

Piénsalo bien. Puedes ir a prepararte un café antes de decidir.

Sin ser adivino, imagino que habrás optado por dejar vivir al afanador, que sin darse cuenta del bisturí que ya tenías en la mano y de lo cerca que estuvo de convertirse en donante, sigue haciendo una danza despreocupada con su trapeador.

El caso anterior, es una versión libre de un caso presentado por Peter Cave en su libro "¿Puede ser humano un robot?", libro juguetón que se entretiene en paradojas de este tipo. Está pensado para poner en aprietos a quien sostenga una posición utilitarista en la ética. El ideal del utilitarismo podría anunciarse así: "el máximo bienestar para el máximo número de personas".

Los utilitaristas tratan de resolver el problema del bien y el mal averiguando qué decisión termina beneficiando al mayor número de gente o produciendo el mayor bien. La situación del médico de transplantes presenta una situación extrema que tiene otras soluciones, pero exhibe la debilidad de una postura utilitarista. Es obvio que uno de los problemas de esta corriente es poder comparar los "tipos" de bien que se produce en un lado y otro. Sin embargo el utilitarismo es una posición que se adopta con mucha alegría en los tiempos que corren, porque se lleva bien con el pragmatismo presente en las formas de pensar la sociedad que prevalecen actualmente.

Un ejemplo local es el proyecto de la presa el Zapotillo y perdón que vuelva sobre el asunto. En las explicaciones justificatorias los impulsores del proyecto nos hacen comparaciones sesudas entre beneficiados (que son millones si sumamos León y Guadalajara) contra afectados, que son pocos, y por tanto inundables. Pero cualquier profesor de primaria sabe que no podemos restar peras de las manzanas, y no es lo mismo lo que pierden unos y lo que ganan otros. Y resulta que los que tienen que perder, como el afandor del cuentito, no están de acuerdo con perder lo que se pretende.

Por un principio elemental de justicia, no podemos disponer de las tierras, de la historia, de los muertos, de los habitantes de Temacapulín aunque la resta nos resulte provechosa.

Clara, mujer creativa e inteligente, no se enganchó en la paradoja y rápidamente me dijo: "cuando muera el primero, que aprovechen sus órganos para salvar a los otros dos". No sé si sea la mejor salida, pero el muchacho de la limpieza la aplaudiría. Al menos se demuestra que si somos creativos y actuamos de buena fe, siempre hay salidas alternativas. En el caso del Zapotillo ya hay propuestas diferentes, que consideran un sistema que integraría varios vasos y que salvarían a la comunidad de Temacapulín al bajar la altura de la cortina. ¿Por qué no en lugar de seguir intimidando a la gente y afirmar bravuconamente que "si no se salen los expropiamos", nos ponemos a dialogar con ellos?. Ahora que, si en la paradoja del principio, los que toman las decisiones sobre el Zapotillo ya se le fueron encima al joven del trapeador con el bisturí en la mano, la cosa se va a poner fea.

Publicado en Milenio Diario, León, 13 de diciembre del 2009
DEJANOS TU COMENTARIO
1456374297.png
1321493145.gif
1381429645.jpg
1321493278.png
1321493200.png