David Herrerías Guerra


Nos robaron al niño
20/Diciembre/2009
Un buen conocedor nota en la mordida que da a la moneda de metal barato algo de falso… como que no es de a de veras. Algo así, falso y empalagoso como la nieve artificial percibo siempre en los festejos navideños: una sensación obvia de artificio, de cursilería, de hipocresía, que se me impone a veces, desgraciadamente, sobre el sentimiento que debiera invadirme. Y es que hay mucha alegría de plástico, la que requiere de alcohol como combustible; mucha fraternidad mentirosa, la que se expresa en regalos forzados; mucha banalidad, superficialidad y consumismo que se esconden en discursos tiernos para vender lo que se pueda a quien se deje.

Navegamos por ese maremágnum de foquitos, esferitas, muñecos de unicel y Santa Clóses, especialmente Santa Clóses, cientos, miles, que se nos aparecen por todos lados. Algo ha pasado y no nos damos cuenta: ¡Nos cambiaron al Niño del Pesebre! No es sólo que lo hayan sustituido por Rodolfo el Reno o los duendecillos esclavizados de Santa Claus. Lo cambiaron también de los nacimientos, porque ese niño de anuncio de papillas para bebé que nos muestran, gordito y rozagante, no creo que se parezca mucho al que tuvo una mujer nazarena de 15 ó 16 años, que estuvo cerca de ser condenada según las leyes de su tiempo por estar embarazada sin estar casada. No se parece al niño que seguramente mostraría muy pronto las típicas resequedades del frío invernal del desierto en la piel. Y no se parece a Él mismo de grande.

Es difícil de creer que ese niño de porcelana, tan blando y tierno, tuviera que ver con el hombre maduro que espetaría a los consumidores insaciables del presente lo que dijo en su tiempo: “miren a las aves del cielo que no siembran ni cosechan en graneros” o aquello de “es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que entre un rico en el Reino de los Cielos”. Parece que no fuera el mismo, este niño que no mata una mosca, y el desarrapado campesino periférico que se enfrentó a las jerarquías civiles y religiosas de su tiempo y que nos cuestionaría a los creyentes de ahora también con sus provocaciones como “ Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas que cierran a los hombres el Reino de Dios. Ustedes ciertamente no entran, y a los que están entrando no los dejan entrar”. No podemos imaginar que ese niño tan simpático y con cara de angelito que ponemos en el pesebre estaría rodeado en su vida adulta de los indeseables de su tiempo, los marginados por las enfermedades que creían enviadas por Dios, las prostitutas, los mendigos, raterillos, cobradores de impuestos. Tan así que las buenas conciencias lo tildarían de borracho, parrandero, y endemoniado. Y todavía se atrevía a decir que esos, los con sida, las prostitutas, homosexuales, entrarían primero al Reino de los Cielos, seguramente antes que muchos de nosotros, laicos, curas, obispos, que a veces nos sentimos con derecho de cerrar la puerta a muchos de esos, sus amigos más entrañables.

¿Sería posible recuperar a ese Niño en el pesebre? Al que fue niño pero también profeta, que vino a propósito así, pobre y marginal. ¿Lo podríamos recibir así, completo, a él y su propuesta: un Reino de justicia, en el que los ciegos ven, en el que los últimos serán los primeros, en el que los pobres serán bienaventurados? Si recuperáramos a ese niño, nuestro festejo tendría que ser diferente. De alegría verdadera y profunda, no de la que requiere aturdir los sentidos para manifestarse, sino la que surge del corazón que se hermana a los otros. Sería de fraternidad verdadera, la que se expresa en compromisos concretos, la que entiende que caridad y justicia son la misma cosa. Sería de libertad verdadera, no de la que confunde el tener con el ser. Sería congruente en hechos y palabras, para no sentirnos aludidos cuando ese niño, ya con barbas, nos endilgara la parábola del que dice que sí, pero no va.

Festejar esa navidad, en fin, sería celebrar la esperanza de que podemos construir un México más justo y fraterno


Publicado en Milenio Diario, León, 20 de diciembre del 2009
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