David Herrerías Guerra


La ecología de los pobres
21/Febrero/2010
Lawrence Sommers, economista principal del Banco Mundial, escribió en 1982 un memorando interno, filtrado a la prensa, refiriéndose al problema del almacenamiento de productos tóxicos. Decía: "la medida de los costos de una contaminación que afecte a la salud depende de los ingresos perdidos por la mayor morbilidad y mortalidad. Desde este punto de vista, una cantidad dada de contaminación nociva para la salud debería ponerse en el país con el costo más bajo, es decir, el que tenga los salarios más bajos. Pienso que la lógica económica que hay detrás de llevar una cv arga dada de residuos tóxicos al país con menores salarios es impecable y deberíamos reconocerla". Está escalofriante cita la leí recientemente en el artículo "Conflictos ecológicos y justicia ambiental" que me envió Gustavo Lozano, joven y activo ecologista de la Fundación Animare.

El artículo, escrito por Joan Martínez Alier, catedrático de la Universitat Autónoma de Barcelona, explica cómo las teorías económicas tradicionales han considerado a la economía como un sistema cerrado en el que las grandes pérdidas ecológicas son sólo pequeños fallos del mercado o problemas de regulación gubernamental.

Pero, nos dice Martínez Alier, "la economía humana es un subsistema de un sistema físico más amplio. La economía recibe recursos (y a menudo los explota más allá de su capacidad de regeneración) y produce residuos.

No existe una economía circular cerrada. Los perjudicados no sólo son otras especies no humanas y las próximas generaciones de humanos (que no pueden protestar) sino que a menudo son también gente pobre, que protesta" Al mercado no le interesa, en estricto sentido, que la economía encaje en la ecología. Y siempre que se le permita, tratará de ignorar los efectos que produce en el entorno, siempre y cuando no impacten directamente en el producto. Los países europeos han avanzado más en la restitución económica de alguno de estos daños. De forma que si una empresa contamina el agua debe pagar los costos de su limpieza o se establecen impuestos diferenciados según el tipo de industria de que se trate. Sin embargo, cuando por ejemplo, se consume en su totalidad un cerro para la minería, una vez agotado el recurso la empresa se va y la transformación de ese ecosistema nunca es pagada por nadie.

Por otro lado Europa y los países del norte, tienen en general un nivel de consumo de materias primas y de energía que extraen de los países más pobres. Cada vez se requiere de más materias primas para producir un euro de ganancia y esas materias primas son devueltas a precios más caros a los países originarios. "Ni la contabilidad empresarial ni la contabilidad macroeconómica restan los pasivos ambientales que les son invisibles" Aunque parezca irracional seguimos funcionando así. Somos como un fabricante de tornillos al que le prestaron un galerón de metal para poner su planta y que un día voltea al techo y se da cuenta de las toneladas de acero que tiene sobre la cabeza y decide empezar a utilizar ese metal en la fabricación de los tornillos.

Como el material le sale "regalado" rápidamente gana espacio en el mercado. ¿Qué pasará cuando toda la estructura sea hecha tornillos? Ya pensaremos en algo, se consuela nuestro amigo.

Lo más curioso del asunto es que a la hora de pagar los costos ambientales a menudo los poderosos se vuelven hacia las comunidades más pobres, porque es donde las pérdidas son más costeables, como se descara el funcionario del Banco Mundial en la cita que arranca este artículo.

Esto que sucede a nivel mundial lo vemos constantemente a nivel nacional o local. A nivel mundial se reclama a los países amazónicos la destrucción de su selva y se les piden esfuerzos de conservación, aún cuando Europa arrasó con el 80% de sus bosques originarios.

O en México establecemos reservas ecológicas y le prohibimos a los campesinos que siembren y pastoreen sus ganados sin generar alternativas para su supervivencia.

Finalmente se decide que, después de tirar toineladas de de CO2 al espacio en las ciudades, alguien tiene que encargarse de hacer el aire respirable para todos. Ante ese panorama, la ecología profunda, preocupada sólo por la naturaleza pero que no atiende a los problemas sociales y humanos que están imbricados en la ecología, no nos ofrece suficientes respuestas.

Joan Martínez Alier es catedrático de Economía e Historia Económica de la Universitat Autónoma de Barcelona, miembro fundador de la Sociedad Internacional de Economía Ecológica y de la Asociación Europea de Economía Ambiental, reconocido como pionero en la economía ecológica.

Él podrá sin duda hablar con mayor autoridad sobre esto el próximo martes 23 de febrero, a las 17:00, en la Ibero León. No hay que perdérselo.

Publicado en Milenio Diario, León, 21 de febrero del 2010
DEJANOS TU COMENTARIO
1456374297.png
1321493145.gif
1381429645.jpg
1321493278.png
1321493200.png