David Herrerías Guerra


Algo hace ruido
14/Abril/2010
Sábado en la noche: – Sssí, sssí, bueno, probando...Así empezó, como otros sábados. Luego fue como un tsunami estridente de cumbias y reguetón. Cada que sonaban los bajos, los cristales de nuestras ventanas vibraban, como siguiendo el ritmo. Luego lo de siempre: los creativos directores de banda: -¡que vivan las mujeeeeres!. Nada faltó. Y nosotros, que no estábamos invitados a la fiesta, no podíamos ni siquiera poner nuestra propia música porque era ahogada por el sonido estridente que se colaba desde afuera.

Hace más de 20 años nos fuimos a vivir a las orillas de León, en San José el Alto. Una buena idea: cerca de la ciudad, pero en zona rural, con posibilidad de pasear con los niños a los establos cercanos, rodear los alfalfares, crecer algunos árboles frutales. La ciudad nos alcanzó, como era previsible. Pero lo que no esperábamos es que junto a nosotros y enfrente de nosotros, decidieran convertir los solares en “terrenos para fiesta”. De un poco tiempo para acá, batallamos casi todos los fines de semana con conjuntos musicales bastante malos que se creen con derecho a saturar el espacio aéreo de ondas sonoras 5 kilómetros a la redonda.

Vivíamos tranquilamente aquí antes de que ellos decidieran invadirnos, pero están a punto de corrernos. Hemos intentado varias acciones dentro de la civilidad: llamamos al 066 y las pocas veces que van, baja un poco el ruido.

Apenas se aleja la patrulla le vuelven a subir. Pusimos una queja en fiscalización, nos atienden muy amables, vienen, se van; el sonido sigue igual. Hablamos con los dueños pero no logramos que esto acabe.

Pensamos acciones menos civilizadas: un pulso electromagnético que estropee sus aparatos, iniciar un bombardeo con la producción intestinal de nuestros perros cuando la fiesta esté en su apogeo, un petardo en los circuitos eléctricos, bombas lacrimógenas, rociarlos con la manguera... pero hasta ahora nos mantenemos dentro del marco de las leyes.

Llegados aquí usted se preguntará si tiene sentido escribir un artículo sobre un problema tan personal. Pero es que problemas como éste nos hablan del tipo de País que todavía tenemos en términos de normativa y civilidad.

Por un lado, está el problema del ruido. Hemos creado una cultura del ruido: la tecnología creció de tal forma que actualmente es muy fácil ponerle a la música lo suficientemente fuerte como para que no se oiga sino que se sienta la vibración en los intestinos. Pero como en muchas cosas, las posibilidades tecnológicas no se han acompañado de una evolución en la cultura que nos lleve a pensar en el derecho de los demás a no escuchar nuestra música. Una sociedad ruidosa e inconsciente.

Los ciudadanos que generan este escándalo al lado de mi casa, fueron avisados de que estaban molestando a sus vecinos. En algunas ocasiones nosotros mismos les hemos hecho la petición, en otras, la autoridad se personificado y se los ha hecho saber. Ellos saben que molestan, que no deben mantener ese nivel de volumen, pero simple y llanamente deciden pensar sólo en sí mismos. Hay, por un lado, un marco legal y una forma de organizar a la autoridad, que no permite garantizar a unos el disfrute de sus derechos (en este caso a la tranquilidad) pero por otro, unos ciudadanos que sencillamente les vale un comino lo que puedan estar pasando los que no están en su fiesta. Lo más curioso es que sí existen las instancias, incluso parece que responden.

Pero el infractor sencillamente no hace caso y no hay manera o la autoridad no se decide a obligarlo.

Llevémoslo a otros ámbitos y es lo mismo: sabemos que no debe haber monopolios, se hacen bonitas leyes, pero los monopolios siguen y no pasa nada. Sabemos que los gobernantes deben entregar cuentas, que se deben conducir con transparencia, pero si no lo hacen o incluso si se demuestra que su comportamiento ha sido casi porcino y pederasta, terminan su sexenio como si nada. Casos mucho más graves, pero en el fondo, nuestra misma cultura política y ciudadana.

¿Qué debemos hacer? En mi caso doméstico tengo tres vías: atreverme a aplicar justicia por mi propia mano, salir huyendo de mi casa, o seguir intentando la vía legal. A las 11:00 de la noche del fin de semana pasado estaba casi decidido a optar por las vías violentas, pero por decencia o miedo (que a veces se confunden) no hicimos nada. A nivel nacional, algunos han optado por dejar su hogar para buscar la tranquilidad.

Pero no me cabe la menor duda de que no hay otra vía para tratar los problemas del País que transformar nuestro marco legal altamente ineficaz. A la par, o quizás para empezar, debemos ir creando una ciudadanía responsable, no sólo capaz de exigir a su Gobierno sino de hacerse cargo de sus propias responsabilidades con respecto a los demás miembros de la sociedad. Algunos ya han optado por las vías violentas. Hagamos algo antes de que muchos más sigan ese camino.

Publicado en Milenio Diario, León, 14 de abril del 2010
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