David Herrerías Guerra


Duro con ellos
26/Mayo/2010
Ya los vecinos estaban hartos de tanto robo. En las esquinas se juntaban malvivientes y frecuentemente en las noches se desataban verdaderas batallas campales entre las pandillas. La gota que derramó el vaso fue el día que apareció un pandillero cosido a navajazos en una esquina. Decidieron poner un alto. Cero tolerancia.

Primero cerraron la colonia, alambraron todas las bardas, establecieron una caseta y delegaron la seguridad a profesionales. Ya no era Don Tino el de la entrada que saludaba afablemente sino un guardia riguroso que apenas sonreía al solicitar las credenciales al que quisiera entrar al fraccionamiento. Cambió el lenguaje por uno que daba la sensación de estar en manos de expertos: “Señor, aquí en la caseta se presenta un sujeto, masculino, que dice tener cita con usted”. Muy diferente del “Oiga Don, acá hay un señor que pregunta por usté” que nos espetaba don Tino. Los que tenían auto y calcomanía siguieron pasando como si nada, pero se inició un clavario para los peatones y los de bici. De entrada, y no se piense por favor en Arizona, se convirtieron en sospechosos los que cubrían ciertos perfiles raciales o profesionales: albañiles, plomeros, carpinteros, sirvientas… Todos y todas tenían que vaciar sus bolsas a la salida. Y a todos y todas, especialmente a todas, se les podía dar una cateada por si las dudas. Más de una sospechosa se sintió excesivamente revisada.

De cualquier forma la tranquilidad no llegaba del todo. Las pandillas entraban y salían y de vez en cuando y agredían a los mismos guardias. Había que endurecer los sistemas, profesionalizar los mandos, capacitarlos en la defensa personal. Establecieron ciertas horas en las que se tenía que pedir permiso para circular, se apagaron las luces después de ciertas horas, se compraron armas más potentes.

En los días que siguieron, ya no apareció ningún delincuente acuchillado, sino dos baleados por los guardias de seguridad. Los ciudadanos y ciudadanas de a pie y bicicleta temían ser baleados por los mismos guardias, pero las residencias y los coches estaban más seguros. En la semana los delincuentes balearon la caseta e hirieron a un guardia. Cuando se hizo la averiguación, notaron que faltaba un arma, y siguiendo el hilo supieron que los mismos guardias la habían vendido.

Cambiaron a los vigilantes por unos todavía más profesionales. ¡Ahora sí se sentían la seguridad! Al entrar a la colonia se tenía que acostumbrar uno a que lo encañonaran. Hubo que ajustar horarios para salir a la escuela, para pasar las filas que se formaban en la caseta por las revisiones que impuso la guardia. Los coches conocidos no tenían problema, pero los visitantes en carcachones sufrieron algunos abusos. Ni modo. Pero la colonia es grande, y por atrás y por en medio se colaban, como cucarachas, los delincuentes. No es nuestra culpa - decía la seguridad - son los vecinos que no establecen adecuados sistemas de control, ue no se cuidan a si mismos. Se acordó comprar unos perros feroces que serían soltados en la noche. Claro que implicaba ciertos riesgos. Los poseedores de automóvil instalaron puertas automáticas que les permitían entrar y salir de sus casas sin pisar la calle. Nuevamente los de a pie y los de bici sufrieron las consecuencias. Convenía no llegar casa después de las veintiuna y no salir antes de las siete.

Ahora los pandilleros no entran o lo hacen sólo ocasionalmente. Pero los perros ya mordieron tres veces a doña Chole que no se acostumbra a barrer la banqueta hasta después de la hora fijada y también masticaron a seis ciclistas y a ocho peatones. Los guardias circulan la colonia en una Hummer blindada que le compraron a un maestro del SNTE y eventualmente se enfrentan con las pandillas. Las refriegas se han hecho más encarnizadas y la respuesta de las pandillas crecen de intensidad. Frecuentemente hay víctimas colaterales. Entiéndase por colateral: marginal, estadística, peatón. Cuando se puede, los guardias disfrazan a los colaterales de pandilleros para que no se piense que la seguridad se está volviendo en contra de los ciudadanos o lo que es peor: que la seguridad de unos se está convirtiendo en la inseguridad de otros.

Pero no se asuste usted, todo lo que conté arriba es sólo un cuento, cualquier parecido con la realidad es pura y fortuita coincidencia. Se me ocurrió la historia camino al trabajo mientras escuchaba en la radio a la madre de dos niños baleados por militares que siguen buscando justicia, y me acordé de los jóvenes tomados supuestamente entre dos fuegos a los que les sembraron después unas armas, y a las cientos de víctimas más de los retenes militares. Y me acordé de cientos de personas a las que les siguen procesos relacionados con delitos contra la salud, con pruebas sembradas, pero que ayudan a sentir que la lucha contra el crimen va viento en popa.

(Publicado en Milenio Diario, León, 26 de mayo del 2010)
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