David Herrerías Guerra


Llueve sobre mojado
17/Enero/2010
Las desgracias no distinguen entre personas, siempre se ha dicho. En cierto modo es cierto, pues la muerte es definitiva para todos. Pero la realidad es que aún en las desgracias naturales, la odiosa desigualdad entre pobres y ricos hace muchas diferencias.

El terremoto que sacudió a Puerto Príncipe fue devastador por su intensidad, pero esta se multiplica por el país que fue su epicentro. Haití ocupa la posición 150 de 177 países en el índice de desarrollo humano de la ONU; es como se sabe, el país más pobre de América. Aunque fue el primer país latinoamericano en lograr su independencia, no ha tenido más que un par de presidentes elegidos democráticamente. El 80% de sus casi 9 millones de habitantes está por debajo de la línea de la pobreza, 54% en pobreza extrema, es decir, en un nivel básico de subsistencia. El 40% de sus ingresos provienen de las remesas de sus migrantes, exiliados económicos en todo el mundo.

La calidad de la vivienda y la infraestructura básica fue obviamente un ampliador de las ondas sísmicas. Pero lo más importante es la incapacidad de respuesta. Hace unos años visité Managua, que, como se recordará fue destruida por un sismo en 1972. El centro de la capital nicaragüense nunca fue reconstruido, todavía puede uno circular por ahí y ver los retos del terremoto entre arbustos que han crecido en los lotes baldíos. Managua tardó años en volverse a levantar, y grandes partes de la ciudad fueron definitivamente abandonadas. Sin ser México un país rico, podemos contrastar esa realidad con el sismo del 85 en el DF: si uno recorre como turista el Paseo de la Reforma difícilmente encontrará las cicatrices del terremoto.

Haití no tiene capacidad de respuesta, sus exiguas instalaciones hospitalarias y sus sistemas de comunicaciones no tienen capacidad siquiera para recibir eficientemente la ayuda. Pero eso no es sólo porque el terremoto los haya destruido, sino porque Haití nunca a tenido los suficientes servicios para su propia población aún en tiempos normales. Haití ha estado siempre en crisis, aunque no hubiera terremoto. La impresión desoladora que transmiten y seguirán transmitiendo los reporteros enviados a Puerto Príncipe, estará conformada, a la mejor sin darse cuenta ellos mismos, por la destrucción del terremoto, pero también por la miseria prevaleciente, en ese pueblo caribeño.

¿Cómo estamos organizados en este mundo, que puedan existir países como Haití? ¿Por qué no hemos hecho nada antes? ¿por qué solo los volteamos a ver cuando danzan los números de muertos en nuestras pantallas? En cualquier caso, la emergencia hace urgente nuestra solidaridad. Una opción en León son las obras de la Compañía de Jesús, la Ibero, el Lux, que han organizado una campaña para enviar directamente los fondos a través de los Jesuitas en Haití. Eso asegura que la ayuda llegue a quien lo necesita sin desviarse o agotarse antes de llegar por laberintos burocráticos.

En cualquier caso, por cualquier medio, hay que apoyar.

Ojalá que Haití no desaparezca de las pantallas y de nuestras mentes cuando los medios electrónicos dejen de considerarlo noticia.

(Publicado en Milenio Diario, León, 17 de enero del 2010)
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