David Herrerías Guerra


Loa a los burócratas
10/Enero/2010
Burócrata, nos dice la real Academia, es una persona que pertenece a la burocracia. Burocracia, viene de “bureau” escritorio u oficina. Eso ya lo sabíamos. Pero la realidad es que burócrata se usa como sinónimo de empleado de gobierno y como adjetivo despectivo se refiere a un individuo o individua, diría un presidente, que está detrás de una ventanilla y dice con voz nasal: “siguiente” antes de que acabes de darle las gracias por poner un sello en un papel; pero es, más que un puesto, un estilo. Muchos creerán, como creía yo, que estos personajes se esfuerzan por hacer nuestra vida menos feliz y complicada. Pero después de oír al Presidente me puse como meta de año nuevo empezar a ver el lado positivo de las cosas, y descubrí que los burócratas en realidad tienen grandes enseñanzas para nosotros.

Los burócratas nos enseñan, por ejemplo, el camino al infinito. Gracias a los burócratas sabemos que un documento oficial sólo es oficial si existe algún otro documento oficial que dé fe de que es oficial. Y este último necesita a su vez de otro documento oficial que certifique que quien expidió el documento oficial es quien es y tiene facultades para expedir un documento oficial. Desde luego que las identificaciones oficiales que presente para acreditarse deberán ser acompañadas de los suficientes documentos oficiales que den cuenta de la validez oficial de dichos documentos.

Este punto no hace más que constatar que los burócratas son los verdaderos maestros de la sospecha –y que nos perdonen Marx, Freud y Nietzsche–. Por eso expiden títulos profesionales, legales con firmas y todo, para que luego tengan que ser legalizados en otra oficina y luego se pueda sacar una cédula profesional, nada más para estar bien seguros. Por eso expiden certificados de preparatoria, pero para entrar a la Universidad exigen también el de secundaria; no vaya a ser. Expiden licencias de manejo, muy formales, que no sirven para identificar a nadie ni con las mismas autoridades de tránsito. Hay que sospechar hasta de sí mismos.

Los burócratas trascienden también el materialismo obtuso y nos sumergen en la magia y la incertidumbre, como habitantes del Rancho de la Media Luna en Pedro Páramo: nos enseñan que la realidad no siempre es la realidad, que es escurridiza, engañosa, las fronteras entre la vida y la muerte son lábiles Puedes estar parado frente a ellos, pero si no les muestras tu acta de nacimiento ¡no existes! Y paradójicamente, hay muertos que votan y habitantes del más allá que siguen cobrando pensiones (pero tienen credencial de elector, hay que decirlo).

Hablemos ahora de física, concretamente de la teoría de la relatividad. Un trámite que a un ciudadano normal le puede tomar días o meses, en manos de un “gestor” puede llevarse a cabo en media hora. Como diría el buen Einstein: “no es lo mismo”. La percepción del tiempo de un observador parado en la antesala de una oficina pública, no es la misma que tiene alguien subido en los hombros de un gestor en movimiento, amigo de dicho burócrata. Una oficina pública es un verdadero laboratorio del tiempo. He escuchado a burócratas explícitamente decir: “Ese de la fila, vaya pasándole que no tengo su tiempo”. ¡Claro! el tiempo es relativo. Lo cual se constata mejor cuando nos dicen: “ahorita lo atiendo”. Desde luego que un “ahorita” para ellos puede ser una eternidad para nosotros.

En el campo del crecimiento personal, diremos que muchos burócratas nos dan lecciones sobre el control mental en situaciones críticas. Imagine: una oficina a reventar; cinco filas; usuarios desesperados, sobre todo si no están tratando de aprender constructivamente de la experiencia; varias mamás con sus niños como energúmenos; coyotes y fauna diversa. Esa tensión que se respira en el ambiente, que sentimos todos… menos el burócrata por excelencia, que tiene pleno control, que no se inmuta, que platica animadamente con su compañerita, que mordisquea por lo bajo su lonche y sigue su vida a 45 revoluciones por minuto, con la sonrisa ligera en los labios. No compre ya El Monje que Vendió su Ferrari, mejor vaya a sacar su licencia… y aprenda.

Los burócratas nos enseñan el valor de las cosas hechas por uno mismo: Ellos bien podrían pedir los papeles en una ventanilla y pasárselos de mano a mano, internamente, para ponerle los sellos, firmarlos, volver a firmarlos y ponerle otros sellos y esas cosas que les gustan. Pero no sería educativo para nosotros. Nos dejan que seamos nosotros los que llevemos nuestros papeles con nuestras manitas de un lado a otro de la oficina, nos indican didácticamente, aunque con monosílabos, dónde hay que ir, para que nos formemos y sintamos que estamos colaborando. Que nos cueste, para que lo apreciemos de verdad, dirían algunos.

En fin. Si descubrimos todo el potencial didáctico que hay en nuestros burócratas y en las oficinas públicas, templos de sabiduría, ni dolor nos daría conocer que cada día un mayor porcentaje de nuestros impuestos se va al gasto corriente de los gobiernos. Hay que ser optimistas, ya lo dijo el Presidente.

(Publicado en Milenio Diario, León, 10 de enero del 2010)
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