David Herrerías Guerra


Una lección desde Haití
31/Enero/2010
El pasado domingo se leyó, en una ceremonia litúrgica, una carta del P. Mario Serrano, jesuita de República Dominicana que se encuentra ahora en Puerto Príncipe y que se encuentra ahora en el noviciado de los Jesuitas, coordinando parte de los trabajos que los sucesores de san Ignacio están realizando junto con otras ong,s haitianas y dominicanas.

La carta me hizo pensar que ése era el verdadero sentido de las cartas de los apóstoles que se leen todos los domingos: hermanar a una comunidad con otra a la luz del mensaje cristiano.

Pero más allá de eso, la carta tiene un mensaje que debieran escuchar con atención quienes tratan de ayudar al pueblo haitiano y más aún, los que tratamos de ayudar desde el gobierno y desde las organizaciones de la sociedad civil a los grupos marginados en otras partes del mundo.

Según se nos narra en esta carta, salió un grupo de voluntarios de Santo Domingo con dos grandes camiones de ayuda acompañados de protección militar, llegando al noviciado jesuita de Puerto Príncipe en la noche. Después de la llegada, los acompañantes militares los dejaron y se quedaron los camiones al cuidado de dos policías.

Por temor a que hubiera desmanes no los descargaron esa noche.

En la mañana el equipo se reunió para organizar la ayuda, pero, nos cuenta el P. Mario: " un gran número de personas empezó a golpear la puerta pidiendo que se distribuyera la comida. Detuvimos la reunión y pensamos en lo peor. Hubo que llamar a la policía. Llego la policía y la gente no se dispersó. El comandante nos pidió que les diéramos una botella de agua y les despidiéramos con la promesa de que también a ellos les daríamos de la ayuda recibida. La gente aceptó y les prometí que iría a hablar con ellos más tarde".

El noviciado se encuentra en la entrada de un barrio muy pobre y muy afectado por el terremoto. El P. Serrano salió en la tarde a platicar con los lugareños y tuvieron "una excelente asamblea de moradores". Los damnificados entendieron que se necesitaba tiempo para organizar la distribución, y los jesuitas entendieron que los vecinos también debían ser beneficiarios de la ayuda". Nos narra el P. Mario que les compartió su miedo y sentimiento de inseguridad, y la gente respondió que ellos mismos se encargarían, de asegurar la tranquilidad además de cooperar para los trabajos de distribución. "Cuando se agolpó la gente a nuestra puerta -termina el jesuita-, recuerdo la voz y el rostro de Soucet, una mujer muy valiente que exigía comida, con enojo y valor.

Recuerdo mi temor frente a tanta gente.

Ahora veo caras amigas, gente con las uales compartir y trabajar juntos por una misma causa... Ahora tenemos una seguridad y protección más fuerte que la que nos pueden brindar las fuerzas militares, tenemos el acompañamiento de quienes pretendíamos acompañar y ayudar".

Cuando el jesuita dominicano se acerca a la gente empieza por expresarles a ellos su miedo: él se desnuda ante ellos, se reconoce asustado y humano.

Y eso posibilita un diálogo horizontal con los moradores que pueden entonces participar. Lo que podía ser un acto de distribución que derivara en violencia, o que cuando mucho se convirtiera en el acto de aventar comida a los que la pudieran coger, se convierte en un acto mucho más rico que posibilita la organización de la comunidad.

En Haití, ahora, desde fuera, muchos países se organizan para ayudar coordinadamente.

Se han hecho al menos dos coaliciones, no exentas de intereses geopolíticos, y enfrentadas entre sí.

En muchos escritorios seguramente se hacen planes sobre las formas, las estructuras, los recursos, las estrategias que deberán llevarse a cabo. En pocos de esos escritorios habrá Haitianos.

En nuestra realidad nacional, y aún con las mejores intenciones, muchísimos programas sociales se diseñan desde arriba y los beneficiarios no son tomados en cuenta ni siquiera para la expresión de sus verdaderas necesidades.

Se decide por ejemplo que lo que la gente necesita es mejorar su vivienda y que para eso es necesario que cuenten con pisos de cemento.

En realidad esa necesidad que puede ser sentida o no por las familias marginadas, es también una necesidad de las estadísticas para mejorar nuestros

índices de desarrollo. Las familias son despojadas de su capacidad para decidir sobre sus prioridades y los funcionarios se quejan de la falta de cooperación de los habitantes o del poco interés que muestran "en su desarrollo".

Cuando se habla de inclusión social, no se debe entender como la incorporación de la gente al mercado como consumidores, sino como ciudadanos capaces de tomar las decisiones sobre su propio desarrollo. A final de cuentas será más importante la forma en que se dé la ayuda -si fomenta la organización y la autonomía comunitaria- que el monto de la misma.

Eso es lo que a la larga podrá aliviar la pobreza y la exclusión, pero hay que estar dispuestos a dialogar, de tú a tú, con los eternamente excluidos.

(Publicado en Milenio Diario, León, 31 de enero del 2010)
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