David Herrerías Guerra


Fallas Arbitrales
28/Junio/2010

Este no es un artículo de futbol, pero me perdonarán que empiece con una pequeña narración mundialista: Frank Lampard, jugador inglés, propinó tremendo zapatazo al criticado balón jabulani. La pelota recorrió en milisegundos una trayectoria recta y precisa, pegó en la barra superior de la portería, picó medio metro adentro de la meta y, por esos caprichos de la física, volvió  golpear el larguero para salir y ser recibida amorosamente por el portero alemán. Eso, en el deporte de las patadas se llama gol. El árbitro y su abanderado deciden que no. No dicen sólo que no sea gol, dicen que no entró. La televisión, que proyecta en una gran pantalla en pleno estadio, muestra en cámara lenta la jugada y a una pelota entrando claramente. Todos sabemos que entró. Incluso el abanderado que probablemente ve de reojo las pantallas, ya sabe que la pelota sí entró. Pero ni modo de echarse para atrás, eso no se vale en el futbol. O a la mejor podría argumentarse que las grabaciones del gol fueron obtenidas ilegalmente y que no tienen valor probatorio. Y entonces habemos quizás millones de espectadores que sabemos que hubo un gol. 22 jugadores que saben que hubo un gol. Tres jueces que saben ahora que hubo un gol. Pero legalmente el gol no existió. Y de hecho, el marcador no se mueve. Ante tal absurdo, uno podría pensar que los jugadores ingleses dijeran: “no pus así mejor no jugamos”, y se retiraran. O que ante tal tergiversación de los hechos, lentamente se apagara el ruido de las vuvuzelas y los espectadores fueran saliendo para buscar un partido en el que se respetara la justicia. Pero no sucede nada. El partido sigue. Horas más tarde, un jugador argentino anota de cabeza en claro fuera de lugar. Todos lo vieron. La tele del estadio repite la jugada y además muestra con tecnología multimedia la evidencia. El gol es ilegítimo. Los jugadores lo ven, los árbitros lo ven. Ni modo, ya dijimos que era gol, se aguantan. “Nos acuchillaron” decimos los mexicanos, resignados. Hace días también desnudó la televisión un fuera del lugar, el del Chícharo. Pero ahí dijimos: “bueno, nosotros no tenemos la culpa de que el árbitro se equivoque”.

 

Pero esta no es la sección de deportes, por eso va otra narración, fue hace tres años, se juega en Puebla, el conocido jugador pederasta de origen Libanés Kamel Nacif, enojado porque Lydia Cacho lo ventaneó en un su libro Los Demonios del Edén,  habla con su medio de contención el inefable Gober Precioso y le pide ayuda, prometiéndole unas botellitas de Cogñac. Todos oímos la plática, todos supimos que detuvieron ilegalmente a Lydia, que corrompieron a la jueza Celia Pérez. Pero, oficialmente, no pasó nada. El Gober sigue ahí, ni siquiera tuvo que renunciar; la jueza sigue en su cargo. Otro partido, también hace tres años, más o menos: un presidente de la República utiliza todo el poder del estado para influir en la elección, hace todo lo posible porque el contrincante ni siquiera se presente al campo de juego. Al final de la contienda el árbitro reconoce la existencia de todas la triquinuelas: el Presidente “puso en peligro la elección” pero ni modo, dice, y da por bueno al ganador.

 

Antes ya se había jugado en Oaxaca: la APO vs el gobierno, enfrentamiento de mucha garra, los contendientes se tiran a matar. Se demuestra legalmente el uso excesivo de la fuerza, la violación de garantías individuales, la responsabilidad del Estado en al muerte de un periodista. Bueno, sí, ¿pero exigirle cuentas al gobernador Marin? Eso no se puede. Al menos no hasta que pasen las elecciones. Que siga el partido.

Más reciente: A tres indígenas queretanas, Teresa Gonzáles, Alberta Alcántara y Jacinta  Francisco se les detuvo mediante falsificación de pruebas. Estuvieron en colusión con agentes ministeriales y jueces para retenerlas 4 años en prisión. Nuevamente se sabía que no había sustento en las acusaciones. Cuando al final salieron, la Suprema Corte aceptó que no había razón para retenerlas en prisión. Pero los que les quitaron la libertad durante 4 años siguen tan campantes.

 

Ante tal tergiversación de la justicia, se podría esperar que los espectadores dejáramos en paz las vuvuzelas y fuéramos saliendo para buscar otros partidos que respetaran la justicia. Pero no pasa nada.

 

La FIFA se niega terminantemente a modificar su forma tradicional de impartir justicia. Sienten que las imperfecciones del sistema son parte del juego. A fin de cuentas ellos son los dueños del balón. En México nos negamos a construir a un sistema de justicia que realmente sirva para todos. A los dueños del balón les parece que eso es parte del juego, el que normalmente ganan ellos. Los demás seguimos jugando, seguimos votando por ellos.

 

A la mejor por eso somos tan futboleros.

 

  (Publicado en Milenio Diario, León, 28 de junio del 2010)

DEJANOS TU COMENTARIO
1456374297.png
1321493145.gif
1381429645.jpg
1321493278.png
1321493200.png