David Herrerías Guerra


Cuando lo “normal” es la cesárea
28/Enero/2016

Para mi querida nuera Paulette

 

Según narra Jürgen Thorwald, en su excelente libro “El Siglo de los Cirujanos”, antes de los albores del siglo 20, casi el 100% de las cesáreas acarreaban la muerte de la madre, si no es que se practicaban como último recurso cuando la madre estaba ya muerta. A veces, esto se hacía con la finalidad de salvar al niño, pero más frecuentemente –como aconsejaba la Iglesia– para poder bautizarlo. En una época en que la asepsia médica no se practicaba y en la que las técnicas quirúrgicas estaban en pañales, las mujeres morían de peritonitis, desangradas y de múltiples infecciones introducidas por las mismas manos que extraían al hijo. Thorwald narra cómo Edoardo Porro, médico de Pavia, decide en 1876 extraer al bebé de una pobre mujer con pelvis estrecha, y como último recurso, extirpa la matriz, fuente de las principales infecciones postoperatorias y de las hemorragias asesinas. Tuvo éxito, y su procedimiento se difundió por toda Europa. Con el procedimiento Porro, las cesáreas ofrecían una alternativa del 50% de vida a mujeres que tenían altas probabilidades de morir en el parto porque presentaban problemas fisiológicos. El riesgo seguía siendo muy alto, pero era aceptable porque se utilizaba únicamente en los casos en los que se hubieran agotado todas las otras posibilidades y no hacerlo significaba la muerte segura de la madre.
 
No tenemos datos sobre qué porcentaje de nacimientos se daban en esos tiempos por esa vía, pero seguramente era muy bajo. Actualmente, los procedimientos médicos han avanzado mucho y los riesgos de una operación cesárea son relativamente bajos, tan es así, que nuestro problema empieza a ser lo que se ha llamado ya la “Epidemia de Cesáreas”.
 
La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que las cesáreas son indispensables en sólo 10 o 15% de los partos. Estos porcentajes se han establecido no como un número al azar, sino porque responden a los porcentajes de partos complicados en los que realizar este procedimiento aporta ventajas al bebé y a la madre. Si las cesáreas se practican dentro de estos parámetros, estarán influyendo en forma positiva para disminuir la mortalidad materna. Pero según los últimos datos de la Encuesta Nacional de Salud (ENSANUT) elaborada por la Secretaría de Salud de México, en doce años se incrementaron los partos por cesárea en un 50.3%, además de que casi todas las entidades federativas, a excepción de Chiapas y Oaxaca, rebasan el límite máximo recomendado de este tipo de partos. La tendencia es claramente a la alza: la ENSANUT del año 2000, registraba un 30% cesáreas; la del 2006, 37.4%; la de 2012 45.1%. Estamos a punto de tener un 50% de bebés nacidos por cesárea.  En el sector privado, 7 de cada 10 partos no son por la vía vaginal. A nivel mundial se efectúan aproximadamente 18.5 millones de cesáreas anuales, de las cuales la mitad son consideradas por la OMS como innecesarias. México se sitúa en el cuarto lugar, después de China, Brasil y EU, con el mayor número de cesáreas innecesarias.
 
No es un asunto de gustos o de modas. La cesárea necesaria disminuye los riesgos de salud materna y neonatal, sin embargo, cuando se utiliza sin las indicaciones precisas los riesgos sobrepasan los beneficios, lo que genera diversas complicaciones para las mujeres sometidas a este procedimiento y costos adicionales para el sistema de salud. La cesárea está asociada a peligros a corto y a largo plazo que pueden perdurar por muchos años después de la intervención y afectar a la salud de la mujer y del neonato, así como a cualquier embarazo futuro (OMS). Pero las desventajas para los bebés son mucho mayores. Según publicó el American Journal of Public Health (mayo 2006) “El riesgo de la muerte para los bebés nacidos por cesárea fue casi tres veces mayor que el de los bebés nacidos vaginalmente”. El Archive of Childhood Diseases  publicó un estudio en el que se asegura que los infantes nacidos mediante cesárea presentan mayor riesgo de sufrir trastornos alimenticios:  Cerca de 16 por ciento de los bebés cuyo nacimiento fue por cesárea presentó obesidad a los tres años de haber nacido, mientras que sólo 7.5 por ciento de los niños nacidos vía vaginal presentó obesidad. Esto se debe, según lo atestiguan otras fuentes, a que el parto vaginal favorece el apego de la madre y facilita la lactancia normal. El parto por la vía de la cesárea está vinculado a una mayor incidencia de insuficiencia respiratoria, pues el trabajo de parto estimula los pulmones del bebé y pone en alerta todos sus sentidos, lo que lo prepara mejor para el momento crucial del nacimiento. Todo esto sin hablar –porque no puedo decir al respecto más que lo que dicen las mismas madres– de lo que significa para la mujer un proceso activo, como el parto, contra uno pasivo, como la cesárea al colaborar en el nacimiento de su bebé.
 
Más allá de la discusión médica que pudiera matizar algunas de las afirmaciones que se hacen aquí, basadas en la opinión de los organismos nacionales e internacionales de la salud, nos tenemos que preguntar si este no es también un tema de corrupción. Quizás no en el sentido clásico, pero sí en tanto que una herramienta que el ser humano conquistó para bien de las mujeres y los bebés se ha ido corrompiendo en función de otros intereses. Según la ENSANUT 2012, entre las razones principales de esta tendencia creciente a usar el cuchillo para traer al mundo a los seres humanos, están algunas ligadas al mal tratamiento antes del alumbramiento, como el ineficiente seguimiento de rutina del embarazo o la ruptura artificial de membranas antes del trabajo de parto. Otras tienen que ver con la formación de las y los médicos, como “el concepto erróneo que prevalece sobre el hecho de que una cesárea forzosamente predice una cesárea subsecuente”. Pero también menciona la encuesta el afán de lucro de los proveedores, incentivos económicos relacionados con las aseguradoras y comodidad para personal médico y usuarias, muchas veces mal aconsejadas por médicos y por servicios de salud. 
 
Es posible volver a las épocas en que la cesárea era un procedimiento extraordinario. Según un estudio de la secretaria de salud publicado en el portal Scielo, en el Hospital Civil de Guadalajara se disminuyó el porcentaje de cesáreas de 28 a 13% en un lapso de cinco años. Esto no sólo no tuvo consecuencias negativas en la mortalidad materna sino que se produjo una disminución moderada, pero significativa, de la mortalidad neonatal.
 
Inquieta la poca atención que en términos reales las autoridades prestan a este problema, que aún viéndolo de forma solo económica, significa una erogación cuantiosa para los sistemas de salud. Además de normativas y políticas específicas como las que se han establecido en otros países para combatir esta epidemia, hace falta discutirlo abiertamente y fomentar el derecho que tienen las mujeres de vivir un parto natural y los bebés de llegar al mundo por la puerta principal.
 

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