David Herrerías Guerra


Hasta entre fundadores hay clases
21/Enero/2016
Ayer se cumplieron 440 años de la fundación de la ciudad de León, Guanajuato.  Asistí a la ceremonia en la Plaza Fundadores y cuando escuchaba a un grupo de niños y niñas de primaria recitar la historia de este hecho, caía en la cuenta de que en los actos conmemorativos de la fundación, se habla de un grupo de actores, los españoles, y se omite a otros dos. León surge así, como ciudad de españoles y son sus documentos los que dan cuenta de la historia. ¿Quiénes son los otros actores que se omiten en las ceremonias?
 
(Nota intermedia: Aunque usted, estimado lector, lectora, no sea de León, no abandone el artículo. Le prometo al final una moraleja aplicable a otras ciudades).
 
Hay pueblos y ciudades que surgen como sin querer: una o dos familias medio extraviadas deciden asentarse a la vera de un camino de mulas y con el paso del tiempo, sea por la capacidad reproductiva de los primeros colonos, sea por el continuo asentarse de otros paseantes, eso se va convirtiendo en caserío, pueblo, luego en villa y quizás en ciudad. La historia de León no es así. Surge desde el principio con la idea de ser ciudad. Nace por decreto y como concreción de la utopía de unos pocos. Se sabe de antemano que hay fundarla en algún sitio, en el camino que va de Guanajuato a Zacatecas para ganarle terreno a la Gran Chichimeca. La promesa de la Corona es que si 100 o más familias están dispuestas a asentarse en el Valle de Señora, recibirán tierra y lo que funden recibirá desde ya, el título de Ciudad. “Pero si no hubiere tantos aventureros, con 50 que junten –dice el señor Virrey– la reconocemos como Villa”. He aquí que llega el grupo al Valle –como bien da cuenta el escribano de su Majestad– y quedan conformes con lo que el lugar ofrece: un plan de tierra fértil irrigado por varios arroyos. Pero a la hora de pasar lista, no llegan los futuros colonos más que a cuarenta. En estos tiempos con esas cantidades no se funda un condominio.
 
Podemos imaginarlos asustados, quizás dubitativos, frente a la decisión que estaban tomando. Probablemente preocupados por su escasa capacidad de convocatoria, pasando lista, dos o tres veces. ¿Seguro contó bien, Señor Alcalde de la Corte Real? ¿No se le fue ninguno? A la mejor no contaron a Doña Juana, que había ido a hacer del baño... No. No llegan a 50. ¿A poco Silao se fundó con más? Bueno, pero habiendo hembras y varones y habiendo voluntad... lo demás es cosa de tiempo. Hay que ver a esas cuatro decenas de cristianos, con sus familias, quizás, con algunas recuas de mulas a medio descargar, en medio de un valle enorme y solitario, viendo al comité del Alcalde de la Corte Real regresando a Guanajuato, y preguntándose: ¿realmente vamos a fundar una ciudad?. El documento que da cuenta de la fundación establece claramente la traza inicial de León: “mandó medir e trazar una plaza de trescientos e sesenta pies en cuadrado....” No alcanzaban el número necesario para ser Villa, pero desde el principio hicieron el trazado de una ciudad que imaginaban. Podrían haber dicho: “bueno, vámonos poniendo aquí, y cuando ya veamos que somos bastantitos empezamos a planear la ciudad”. Pero tenían un proyecto, una utopía, y aunque pareciera lejana, empezaron a vivirla y concretarla. Esos son los que llamamos siempre “Los Fundadores” y en León tienen una Plaza y una estela donde aparecen sus nombres.
 
Pero hay otros actores que no tienen placa conmemorativa, ellos fueron también fundadores e hicieron posible la existencia material de esta ciudad. Una vez que el grupo de colonos españoles decidió quedarse, había que construir los primeros edificios, públicos y privados. Para eso hicieron traer a “indios de paz”. Llamaban así a los indígenas que ya habían sido “pacificados”, sea por la fuerza de las armas, sea por las armas de la evangelización o por ambas. Estos había que traerlos de otros lados, se importaron del sur hñähñús (otomíes) y purépechas. Mano de obra barata. No sabemos sus nombres, no sabemos con precisión cuántos eran. No sabemos si vinieron por su voluntad o forzados. Ni siquiera se les otorgaron lotes para vivir dentro de la ciudad que se fundaba, sino fuera de ella, en los márgenes. Se crearon así el pueblo del Coecillo habitado por hñähñús y el de San Miguel, que fundaron los purépechas; serían después, con la expansión de la ciudad, barrios.
 
Y falta, todavía un tercer grupo de actores: los guachichiles y los guamares, indios chichimecas. Esos no fueron fundadores porque de lo que se trataba era, precisamente, de expulsarlos. Pero estos grupos indígenas contribuyeron a la ciudad, porque, muy a su pesar “donaron” los territorios sobre los que se asentó la ciudad, aunque existieran papeles que desde hacía tiempo daban propiedad del valle a la hija del conquistador Juan de Jasso. La imagen que sus enemigos españoles nos dejaron de estos indios nómadas –aunque cada vez hay más evidencias que algunos de ellos no lo eran del todo– los acerca a los perros rabiosos. Nadie se tomó la molestia de preguntar por las razones de su beligerancia. La mayoría fueron desterrados o fueron muriendo en enfrentamientos, aunque probablemente algunos pocos de sus descendientes pudieran estar entre nosotros.
 
La moraleja de esta historia es que en nuestra ciudad, y en muchas otras, coexisten estos tres grupos de actores. Hay un primer grupo, como el de los 40 fundadores. Son pocos, conocemos su nombres, salen en los periódicos, son los más convocados cuando se habla de consultar a la ciudadanía. Muchos de ellos, como los fundadores, emprenden, arriesgan. Otras veces solo están en ese grupo y se aprovechan.
 
Pero la ciudad se construye con la mano de obra de otro grupo de actores, de una gran mayoría que, a pesar de su contribución, es lanzada a vivir siempre en los márgenes de la ciudad misma. Son más y no conocemos sus nombres, pero sin su trabajo la ciudad no sería posible. No fundan pueblos sino polígonos de pobreza.
 
Y existe todavía el tercer grupo de actores: los nadies, los que no caben en la ciudad, los que  nombramos solamente porque representan una amenaza, nuestros bárbaros. Los que tiene en su futuro la extinción o la violencia contra una ciudad que los desplaza permanentemente.
 
Después de 440 años ¿podremos pensar en otro modelo?
 
 
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