David Herrerías Guerra


El que es Chapo, chapo se queda.
14/Enero/2016
En México nuestros enemigos internos siempre parecen ser mayores que las amenazas comunes. Nuestra historia –desde las alianzas de los tlaxcaltecas y otros pueblos con los españoles, hasta las luchas entre liberales y conservadores en el siglo XIX– está atravesada por episodios en los que un grupo está dispuesto a aliarse con cualquier extranjero, de ofrecer lo que sea, territorios, concesiones económicas, e incluso la propia autonomía, con tal de acabar con los rivales políticos en turno.
 
En los últimos días me ha sorprendido la reacción de muchos frente a la aprehensión del Chapo, que bien afincados en un rechazo al gobierno de Peña Nieto (que en principio y casi siempre comparto) terminan despreciando el hecho de su captura y, en algunos casos extremos pero no poco frecuentes, haciendo una apología del delincuente.
 
El Chapo es la antítesis de lo que deberíamos aspirar en la formación de ciudadanos y personas. De entrada, es un cínico. En la entrevista (pésima, por cierto) que envió a Kate del Castillo, el hombre no se siente culpable de nada. Declara que todo en su vida es normal, se siente bien, porque no hay nada “que lastime su salud o su mente”. El no es generador de la violencia que lo persigue, de los cientos de asesinatos cometidos por sus esbirros, de las muertes y daños que ocasionan las drogas que él vende. Solo se defiende. El no busca problemas, los problemas lo encuentra a él. Pobre hombre.
 
Se dice producto de la pobreza que azota al campo mexicano: “bueno... eso es una realidad, que las drogas destruyen, pero no había otra manera, no había otro camino de cómo llevar nuestra economía para poder vivir”. Puede ser, pero no se hace cargo de sus opciones personales, de sus decisiones. Porque no todos los campesinos pobres han tomado su camino. Tampoco es un Pancho Villa, porque a pesar de decirse víctima de esas circunstancias, cuando se le pregunta por la realidad del país, si habría que cambiarla, dice que no. Así está bien, porque finalmente así le ha ido bien a él: “Para mi, a como estamos,  estoy feliz”. Pensamiento totalmente reaccionario que se pliega ante una realidad que se impone y ante la cual, lo que queda no es transformarla sino tratar de salir adelante individualmente.
 
Comparte una forma de pensar que no es propia nada más de ese negocio, sino, desgraciadamente de muchos hombres y mujeres en el mundo moderno, la narco-mentalidad: querer mucho, rápido y a costa de lo que sea.  Esta visión esencialmente egocéntrica lo lleva a sacrificar a muchas personas, no solo a sus enemigos y competidores. En su misma captura, con tal de escurrirse por las alcantarillas sacrifica a sus hombres, que resisten los embates y hacen maniobras distractivas para que él tenga tiempo de escapar. Cinco muchacho murieron en la estrategia.
 
Es fruto también de nuestro pobre sistema educativo. La entrevista da cuenta de sus escasa formación escolar y de su incapacidad para expresarse coherentemente. Es un hombre con una inteligencia práctica, pero con una visión limitada de la realidad nacional y mundial. Narcisista, al extremo de comprometer su libertad con tal de ver su vida plasmada en una película, no alcanza a ver, ni le interesa, lo que sucede más allá del mundo que domina y de lo que el dinero que obtiene le permite comprar.
 
El Chapo representa también el machismo en México: el poder patriarcal que dispone de las mujeres, a las que tiene derecho porque tiene poder y dinero; que las encumbra como reinas de belleza para provecho propio y las desecha: el macho mexicano que siembra hijos en tierras de temporal y reproduce, desgraciadamente, ciudadanos de su misma estatura moral.
 
La entrevista no da cuenta, por obvias razones, de todo lo que el mismo personaje sufre y el dolor que ha causado a otros. Pareciera el retrato de un hombre común que se dedica a vender carnitas en la calle, poco preocupado porque sus tacos a veces hacen daño a los comensales. El video es tan falso y superficial como el mismo Chapo, porque no aborda en realidad toda la historia. Habla poco de lo que es vivir a salto de mata, o de sus períodos de reclusión que ahora podrán ser definitivos.
 
Sí, podemos entender el contexto y tratar de explicar las condiciones que hacen que surjan hombres como el Chapo. Debemos preocuparnos –nosotros sí– por cambiar las estructuras que están en el fondo del problema del narco y los narcotraficantes. Pero eso no lo exculpa ni lo convierte en un modelo a seguir. El Chapo Guzmán representa lo peor de nosotros mismos, como pueblo y país. Encarna nuestros peores vicios y nuestras aspiraciones más extraviadas.
 
Podemos mantener nuestra distancia crítica respecto al Presidente, al PRI y su gobierno. Podemos ser críticos también respecto a las estrategias para enfrentar el narco y combatir a personajes como el Chapo. Pero cuidemos que estas diferencias políticas internas, esta tirria concentrada en la crítica, no contribuya a la construcción de narrativas que doten de una estatura moral estatura que no tienen a personajes como el Chapo: siempre serán chapos. Pongámonos claramente de este lado de la raya, aunque aquí nos encontremos con los adversarios de otras luchas.
 
 
 
 
 
 
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