David Herrerías Guerra


Mi carta a los Reyes Magos
07/Enero/2016
Queridos Santos Reyes:
 
Sé que ya estoy grandecito para seguir solicitando cosas, pero me atrevo a hacer estas pequeñas peticiones amparado en el derecho que me da el haber colaborado con ustedes durante más de tres lustros (entre que mi hija mayor empezó a solicitar sus servicios y entre que mi hijo menor se dio cuenta del engaño). Durante esos 15 años no solo les permití saludar con sombrero ajeno y aguantar con estoicismo el hecho de que mis hijitos agradecieran a ustedes los regalos que mi esposa y yo financiábamos, traficábamos y envolvíamos; sino que generosamente alimentamos su leyenda dejando provisión para sus monturas y para ustedes mismos, a pesar de que sabíamos que no se tomarían ni siquiera la molestia de supervisar que el trabajo estuviera bien hecho. No acepto como contraparte las veces que yo recibí regalos; en primer lugar porque de que tomé conciencia de su existencia (digamos a los 3) hasta que cometí el error de comunicar a mis papás que no creía en ustedes (digamos a los 9) no pasaron más que 6 años, que palidecen ante los tres quinquenios que ustedes me utilizaron en esa especie de outsourcing que establecen regularmente con los progenitores.
 
Amparado, repito, en este derecho que el párrafo precedente dejó claramente establecido, me atrevo a solicitar lo siguiente:
 
Siempre me han gustado los juegos de palabras –y no me refiero a los albures– sino a juegos de mesa como el Scrabble y otros similares. Me gustaría que me trajeran uno de esos pero con reglas especiales. Por ejemplo, que haya palabras que nunca más puedan ir juntas: política – corrupción; derecho a la salud – deseo de lucro; desarrollo urbano – especulación... y muchas otras combinaciones. No les voy a dictar las reglas del juego ahora, pues faltan cosas en mi lista y el espacio de la carta es limitado.
 
Me gustaría también recibir un juego que se llamara “Serpientes, chapulines y escaleras”. Las reglas son conocidas, pero en éste, cuando un jugador abandonara sus obligaciones para las que fue electo para saltar a otro puesto, la serpiente se lo comería.  Y cuando no hiciera bien su trabajo resbalaría por el lomo de la culebra hasta el fondo del tablero. Las escaleras servirían solo para aquellos que hubieran cumplido a cabalidad con lo que se les ha encomendado a través de las urnas.
 
Me encantaría, no para mí, sino para muchos políticos que pululan por ahí, uno de esos juegos con escobitas y delantales, cubetas y trapeadores. Si se puede, que venga acompañado de una cinta adhesiva para ponerles en su boquita, de forma que aprendan a hacer más y hablar menos; que pronuncien menos la palabra “servicio” y que sirvan más. Está bien, yo también lo jugaría, y se lo prestaría a mis amiguitos.
 
Han de saber, queridos Reyes, que en México es difícil jugar a los policías y ladrones, porque los papeles en nuestros juegos se multiplican y se matizan al infinito: policías, ladrones, narcos, policías-ladrones, ladrones-policías, narco-ladrones, narco-policías, político-narcos, narco-políticos, narco-ladrón-político... El juego se complica, además, porque en el calabozo no están los que deben estar y sí están los que no deberían estar. Me gustaría que con su infinita sabiduría hicieran un rediseño del juego para que fuera más simple: que pudiéramos saber con claridad meridiana, quiénes son policías y quiénes son ladrones; quiénes son sinvergüenzas y quiénes honorables; quiénes respetables miembros de un partido político y quiénes miembros de los Guerreros Unidos; quiénes líderes de auténticos movimientos sociales y quiénes vividores del clientelismo político; quiénes verdaderos empresarios y quiénes delincuentes de cuello blanco.
 
Quiero también un juego de guerra y conquista que se llama Risk, que me recuerda la lucha contra el narco en mi país. Creemos que avanzamos –como en ese juego– y ganamos un Estado, pero perdemos otro, y así, eternamente.  Si me lo traen quisiera que en lugar de armas y soldaditos, trajera educadores, escuelas, obras de infraestructura social, fuentes de empleo, gobiernos confiables, para que se fueran conquistando así los Estados y no se perdieran a la primera de cambio, en esta guerra inútil y sangrienta.
 
Me gustaría que me trajeran un juego de Turista o “Monopoly”, pero con truco: que tuviera casillas en las que los grandes millonarios de este país, empezando por quien ya ustedes saben, tuvieran que seguir el ejemplo de Mark Zuckerberg, Warren Buffett, o Bill Gates y se obligaran a sí mismos a dar un destino social a los bienes que han acumulado, gracias, en buena medida, a que somos sus clientes cautivos. Que pudieran entender que este mundo que se va polarizando cada vez más no le conviene ni a ellos mismos y que el juego puede terminar con el tablero incendiado y las fichas volando por los aires.
 
Quiero también un juego como el Marathón, ese de las preguntas, para ver si podemos vencer a la ignorancia. Para eso les pido que venga acompañado de una reforma educativa que vaya más allá de lo laboral, con escuelas de tiempo completo, grupos pequeños, recursos suficientes, programas acordes a los nuevos tiempos, a las nuevas formas de aprender...
 
Quisiera también... bueno, creo que faltan, pero habrá otros que quieran pedir otras cosas y querrán ustedes también atenderlos. Para este año, yo con esas me conformo. Espero que no tengan problema, por algo son ustedes magos.
 
 
 
 
 
 
 
 
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