David Herrerías Guerra


La religión del consumo
17/Diciembre/2015

"El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien".
Papa Francisco

 

¿Por qué a veces nos aburren tanto estas reuniones? Es una pregunta que nos hacemos frecuentemente mi esposa y yo. Y hemos caído en la cuenta de que en estas fechas  –y también en otras– el centro de las conversaciones tiene que ver mayormente con el consumo. Se habla poco de arte o de política, o de las personas mismas, de cómo están, de cómo se sienten. El tema gira más en torno a los objetos que se pusieron en la mesa y dónde se compraron; o al rededor de tiendas, modas y “buen gusto”, de esos lugares fantásticos en los que se adquieren las cosas maravillosas. Se habla más de ropa que de sensaciones en la piel; más de raquetas que de tenis; más de vinos que del gusto de estar en la mesa. En las fiestas navideñas el asunto se agrava porque la costumbre de los regalos le da legitimidad al tema de la charla.
 
El ser humano –como las plantas, los virus, los animales superiores– han sido siempre consumidores: somos consumidores no solo de cosas, sino de energía. Pero a diferencia de una planta que toma del medio solo lo que necesita para mantener su equilibrio y crecimiento, los seres humanos contemporáneos podemos ya producir mucho más de lo que necesitamos, y según las doctrinas económicas dominantes no hay otra forma de hacer un mundo mejor que manteniendo un crecimiento infinito a partir del crecimiento del consumo.  En un informe de World Watch de hace algunos años, afirmaban que el desarrollo económico y político actual se caracteriza, más que por la victoria del capitalismo y la democracia sobre el comunismo, por el consumismo. El consumismo como teoría económica dominante que no necesita justificación: aumentar el consumo siempre es bueno. Pero también como una cultura, como forma de enfrentar la vida de una buena parte de la población mundial, la que puede consumir, desde luego.
 
Consumir, para muchos, ha dejado de ser solo un mecanismo para la vida, convirtiéndose en una parte esencial de la vida. Se vive y se trabaja para poder consumir, en lugar de ser un mecanismo necesario para vivir y trabajar. Fines y medios extraviados. El consumismo es como una droga, porque el consumo enfermizo produce un vacío que el adicto trata de llenar con más consumo. Vaciedad individual, pero que tiene también efectos sociales adversos, contra lo que puedan decir algunos economistas. En principio es generador de inequidad. En el mundo la sociedad de consumo, los que están acostumbrados a niveles altos de consumo,  la integran 1.728 millones de personas, el 28% de la población mundial: 242 millones viven en Estados Unidos, 349 millones en Europa Occidental, 120 millones en Japón.  240 millones en China (apenas el 19% de su población), 122 millones en India (12%) y sólo 34 millones en el África subsahariana. En los países industrializados vive el 80% de la población con capacidad de consumo. Para mantener los ritmos de consumo de este grupo de habitantes es necesario que una gran mayoría no consuma más de 2 dólares diarios, porque los recursos no alcanzarían para todos. Mientras el estadounidense medio consume cada año 331 kilos de papel, en India usan 4 kilos y en gran parte de África menos de 1 kilo. El 15% de la población de los países industrializados consume el 61% del aluminio, el 60% del plomo, el 59% del cobre y el 49% del acero del mundo. Se podría seguir y encontrar las diferencias en el consumo energético y muchos otros bienes y servicios. El consumismo está detrás de la destrucción del planeta.
 
Consumismo y pobreza conviven en un mundo desigual, porque no es viable un mundo en el que todos consuman en la proporción de los países ricos y de las clases ricas en los países pobres. Lo paradójico del asunto, es que esta religión del consumo, cuyas catedrales son los centros comerciales, no dan la felicidad. Hay numerosos estudios que demuestran que después de un umbral de consumo o de la satisfacción de las necesidades básicas (vivienda, educación, alimentación, esparcimiento) más consumo no aumenta la sensación de felicidad. El ex presidente uruguayo José Mujica nos insiste en que caigamos en la cuenta de que cada objeto que compramos es vida dedicada a conseguir los medios para adquirirlos. El consumismo nos encierra en un laberinto en el que trabajamos, nos endeudamos, nos pasamos a veces el día lejos de lo verdaderamente importante, para poder consumir más.
 
Nunca deja de sorprenderme cómo muchas personas prefieren aumentar indefinidamente sus niveles de consumo, sus compras de cosas innecesarias, la sofisticación de sus hábitos, antes que compartir con los que no tienen lo necesario. Aprender a vivir de forma austera es una afirmación de la libertad individual para poder dar. Si se vive con poco se tiene mucho para dar. Eso está en la esencia del mensaje cristiano y por eso el Papa Francisco advierte constantemente sobre los peligros del consumismo, y por eso es tan chocante que una fiesta como la Navidad se convierta en el epítome del consumismo irresponsable y vacuo.

 
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