David Herrerías Guerra


Cecilia y sus dos madres
27/Agosto/2015
Le voy a contar dos historias reales. Son sobre personas que conozco o conocí, muy de cerca. Aunque como en las películas, los nombres o algún detalle han sido cambiados, eso no modifica en nada las moralejas.
 
La primera se trata de Tomás, un niño que nació en una familia “como debe ser”: padre y madre, Alicia y Luis Fernando – varón y mujer – muy católicos, casados por las dos leyes, varios hijos e hijas. Todo auguraba un buen futuro para el pequeño que tuvo la suerte de venir al mundo en una familia “normal”. Pero muy pronto, los padres de Tomás fueron dándose cuenta de muchas incompatibilidades. A pesar de su asistencia a movimientos y cursos, y al apoyo de muchas personas, la relación de pareja era un chocar y frotar de piedras volcánicas. Católicos preconciliares dejaron las cosas seguir; por más que la casa fuera una arena de box, no se podía ni pensar en el divorcio. En ese campo de batalla creció Tomás y creció con grandes problemas. Pronto, al enfrentamiento cotidiano de Alicia y Luis Fernando se añadió un tercer pugilista, el adolescente Tomás. La relación del jovencito con su padre, un hombre bueno pero autoritario, llegó al límite de los golpes. Tomás buscó refugio en las drogas y el alcohol. Lo dejé de ver quizás a sus 25. Antes de cumplir sus 30 supe que había muerto. Como muchas cosas que se prefieren calladas, no se habló mucho sobre las circunstancias de su muerte, pero sus amigos fuimos enterándonos de una sobre dosis de droga o de un suicidio, o de ambas. Murió en los Estados Unidos, lejos de sus padres.
 
Cecilia nació en la maternidad de una prisión. Su madre, presa por algún delito grave, sabía que no podría hacerse cargo de ella y decidió darla en adopción. Todo auguraba un destino difícil para esta pequeña medio abandonada en la cuna de una prisión femenil. La pediatra del reclusorio conoció a Cecilia en el cunero y quedó prendada de ella. Pero esta doctora no era la madre de una familia “como debe ser”. No tenía hijos y su pareja era otra mujer. No estaban casadas, desde luego, porque en ese entonces no había autoridad que reconociera su unión. En realidad la adopción se le otorgó a una de ellas, como mujer sola, pero ambas acogieron a Cecilia con mucho amor y cariño. A pesar de las dificultades que supone la adopción de una niña, más aún si esta tiene un origen tan complejo como el hecho de nacer en una prisión – y otras complicaciones más de su propia relación de pareja – Cecilia se convirtió en el centro de las atenciones de sus dos madres. La pequeña creció sabiéndose querida incondicionalmente por dos buenas madres y apapachada por sus tíos, primos y abuelos. Ahora, a sus 17 años, tiene novio, sigue estudiando, y se le ve feliz y contenta, igual que a sus orgullosas mamás.
 
Personalmente estoy de acuerdo en que la discusión sobre el derecho de las parejas homosexuales a recibir en adopción tiene que pasar primero por el interés superior de los niños y las niñas. Pero el problema de fondo es saber si, efectivamente, una familia no heterosexual puede ser perjudicial para los menores. Es un tema tan atravesado por las creencias, que cuando uno busca estudios al respecto encontrará muchos que llegan a conclusiones diametralmente opuestas, todos muy serios y respetables, avalados por personalidades y centros de estudio.
 
Es, desde luego, deber del juez vigilar que un niño o niña dado en adopción tenga las condiciones adecuadas para su crecimiento y desarrollo físico y espiritual, lo cual es una tarea  complicadísima. En mis muchos años de académico me he topado con jóvenes destruidos –o al menos mal construidos– por sus padres y me he preguntado si podría haber un sistema que impidiera tener hijos a muchas parejas que no tenían vocación para la pater–maternidad. Algo así como en la película  Minoroty Report, una forma de ver el futuro adaptada a la adopción y el derecho a tener hijos. Pero no podemos, y en tanto no se tenga una evidencia real de que la opción sexual de los padres es determinante, no puede usarse como un argumento para negar la adopción.
 
Lo que yo he podido constatar en la vida real es que lo fundamental en la educación de esos niños dados en adopción tiene que ver con la aceptación, el cariño y el respeto con que sean tratados, más que con la conformación de la familia. Padres homosexuales indiferentes, violentos o enfermos son tan peligrosos para los niños o niñas como padres heterosexuales indiferentes, violentos o enfermos.
 
La historia de Cecilia, al menos, me dice que la homosexualidad de las madres no tiene que determinar la opción sexual de la niña. Como no la determina la heterosexualidad de los padres. Niños huérfanos de padre desde temprana edad pueden crecer sanos y con claridad en sus opciones sexuales. Niñas criadas por madres solteras o viudas, o viviendo con dos mujeres (abuelas, tías) crecen y pueden ser –o no– heterosexuales, así como hay muchas familias heterosexuales que crían niños y niñas homosexuales. Vale aquí recordar a quienes piensan que dar en adopción a niños a padres homosexuales es ponérselos en bandeja de plata para que abusen de ellos, que la infinita mayoría de delitos de abuso de menores es cometida por padres (y tíos y hermanos) heterosexuales.
 
Debo decir que no tengo una certeza absoluta de lo que afirmo, pero sí sé que Cecilia, la niña de mi historia real, está mucho mejor hoy, que si un juez hubiera negado su posibilidad de ser adoptada por sus dos amorosas madres.
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