David Herrerías Guerra


Yo no soy esa...
24/Agosto/2015

Señora Justicia:
 
Me refiero a todas esas fotos y dibujos de su persona que se ven en internet y en algunos libros. He de admitir que eso de retratarse se lo toma usted con bastante seriedad y tiene el cuidado de no andarse sacando “selfies” con cualquiera y mucho menos haciendo los odiosos “duck face”. Hay, sin embargo, cosas que me inquietan en esas imágenes y lo expongo, asumiendo que parte de mi confusión pueda venir del momento en el que tales iconos fueron creados y el contexto tan diverso que me toca vivir ahora en México.
 
Usted es hija de Dioses, según me dicen. Temis, hija de Urano y de Gea, aunque después los romanos le llamaran Iustitia (Los imperios se creen con derecho a todo). No me extraña, pues, su equilibrada belleza, sus bien proporcionadas formas que –debo decirlo– quedan bastante al descubierto en algunas imágenes que me atraparon en internet. Vale decir aquí que espero que esto sea leído estrictamente como un cumplido respetuoso en el campo de la estética muy lejos del galanteo vulgar. Soy un hombre casado y sé que sigue usted enlazada con Zeus, a quien no puedo contar entre mis amigos, pero me interesa mucho no sumarlo a la lista de mis enemigos.
 
Pero de lo que quiero hablar, más que de usted misma, es de las cosas con las que gusta retratarse. Primero me llama la atención la balanza, que carga en todas y cada una de las imágenes. Está bien; parece que se trata de significar que hay que colocar de cada lado los argumentos de unos y de otros y dejar que sean las leyes de la física las que decidan en cada caso. Me inquieta un poco el símbolo, porque déjeme decirle en que ese tipo de balanza antigua se basa en la idea de que los pesos o las masas patrón que se ponen de un lado, están perfectamente calibrados. Si esos pesos están mal, uno puede ver la balanza perfectamente nivelada, más horizontal que el agua de una laguna, y estar presenciando una injusticia. ¿Por qué, Doña Temis, usar un instrumento que se presta tan fácilmente a la adulteración? No sé que piense usted, pero en México nuestras autoridades lo han entendido de esta forma: de lo que se trata no es de aplicar la justicia, sino de lograr equilibrios. Si lo que se quiere es apaciguar a líderes sindicales, autodefensas u opositores, se calibran los pesos para meter a la cárcel a los que sea necesario –incluso a inocentes–  para mantener los siempre precarios equilibrios. ¡Cómo me gustaría verla cargando una báscula electrónica en la que pudiéramos confiar los mexicanos!

Hablemos de la venda. ¡Una venda en los ojos de la justicia! ¿Aceptaría cualquier juez arbitrar con una venda en los ojos? Me explican algunos de sus admiradores que la venda significa que la justicia mira a los hechos, no a las personas. Suena bonito, pero ¿pueden juzgarse los hechos sin mirar las personas? Sí, ya sé, eso de la justicia ciega es un atributo que le añadieron por ahí del siglo XV, cuando su imagen de diosa- virgen coronada mutó, y le vistieron con algunos signos militares –Justitia militans– y la consabida venda. No haré más alharaca sobre el tema y me reservo mis argumentos sobre el poco favor que hace la venda a sus hermosos ojos. Además, debo decirle que en mi país el tema está resuelto desde hace mucho. La justicia se aplica con una venda, pero al revés. Antes de mirar los hechos, se miran las personas. Por ejemplo: si un sujeto es albañil, es el primer sospechoso de cualquier faltante en todas las casas alrededor del lugar de la construcción donde labora el infeliz. Si es obrero o simplemente se viste como “cholo”, es sospechoso de cualquier cosa y puede ser detenido y cateado por la policía en cualquier momento, en cualquier lugar y con el pretexto más baladí. Si una persona es sorprendida robando una bicicleta y capturada (difícilmente capturan a alguien si no es en flagrancia) se le aplica todo el peso de la ley. Como contraparte: si un funcionario de alto nivel, como un gobernador, roba al erario o deja endeudados a millones de compatriotas por irresponsabilidad, puede seguir viviendo tranquilamente o cuando mucho, estar “inhabilitado” para disfrutar de lo robado sin ejercer una cargo público.
 
Finalmente, la espada. Desde luego que el principio es válido: la justicia debe tener dientes para hacer que sus resoluciones se cumplan. Pero no sabe, hermosa Temis, cómo me encoge la visión de esa espada descomunal. Puede parecer machista, pero no la imagino a usted, tan dulce, descargando ese fierro monstruoso sobre la garganta de un infeliz. No es solo mi militancia de mucho tiempo en contra de la pena de muerte, sino lo que ha significado en mi país esta idea de otorgar el monopolio del uso de la fuerza a gobiernos irresponsables. Si tiene usted en sus manos una balanza inútil y los ojos vendados, es natural que los fendientes de sus espada estén dando tajos sobre inocentes y culpables –y a estos últimos los esté hiriendo más de lo debido, si a la declaración de los derechos humanos nos atenemos. Muchos casos raros: tiros de gracia, inculpados, cadáveres sembrados... Al menos déjeme concluir que no me parece que sea buena idea seguirse retratando con esa espada.
 
No me lo tiene que decir, Señora Temis. Yo sé que usted vivía antes en la tierra, pero que durante la era de hierro, asqueada y llena de espanto por los crímenes que se cometían en este mundo, se mudó para vivir en las estrellas, allá a muchos años luz de nosotros, en la constelación de Virgo. Pero aunque usted ya no tenga un código postal en nuestro mundo, los artistas y papparazzi siguen subiendo fotos suyas a las redes sociales y su imagen está ahí, con su balanza desvencijada, su venda medio caída y su espada sangrante. Con todo respeto le pido, Doña Temis, que haga algo: un desmentido, una conferencia de prensa, una declaración de banqueta aunque sea, en la que exprese con la voz sensual que le imagino, frente a los micrófonos que le acribillan el rostro: ”Yo no soy esa que creen que soy...”
 
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