David Herrerías Guerra


Partidocracia parte 3: segunda medicina
02/Julio/2015
Terminamos hoy con la trilogía sobre la partidocracia. En un primer artículo describíamos los síntomas de esta enfermedad que carcome a nuestra democracia – todavía niña – y en el segundo hablábamos de el financiamiento a los partidos como una de las columnas sobre las que se sostiene su hipertrofia mórbida. La segunda columna, tema de este artículo, es el sistema de representación proporcional, o lo que se conoce como plurinominales. Esta modalidad de elección o de integración de los órganos de representación está presente no solo en las Cámaras del Poder Federal (diputados y senadores) sino en las Cámaras de los Estados y en los Cabildos Municipales.
 
Surge como una forma de dar visibilidad a las minorías, de reflejar más fielmente la composición plural de nuestra nación. Gracias a los plurinominales los partidos de oposición empezaron a decir algo en la Cámara de Diputados en las postrimerías del siglo XX, en esa etapa de simulación democrática dominada por un partido de Estado. Eso ayudó, en buena medida a abrir grietas en el sistema.  Si no fuera por la representación proporcional, aún ahora algunos Congresos Estatales estarían copados casi al 100% por un solo partido. La representación proporcional permite que los que siempre son minoría en diferentes partes del País, puedan, sumando sus votos, tener alguna voz. Esto es bueno.
 
Pero el sistema de representación proporcional, como está actualmente, es uno de los precursores del carcinoma llamado partidocracia. Recordemos primero cómo funciona. A nivel federal, se divide el País en cinco circunscripciones. Los partidos Políticos – léase sus dirigencias – elaboran una lista de afortunados y afortunadas en orden decreciente. Estos elegidos irán entrando a la Cámara de acuerdo a la proporción de votos que el partido en cuestión tuvo en esa circunscripción. Las cúpulas partidarias acaparan las decisiones en torno a la elaboración de las listas de plurinominales, lo que tiene varios efectos nocivos para la salud de nuestra democracia.
 
En primer lugar deposita en las dirigencias de los partidos el destino de los aspirantes. Les da a las cúpulas un poder inmenso y discrecional. Un candidato en los primeros lugares de la lista tiene asegurado su lugar (¡un sueldo de 120 mil pesos mensuales!) y depende mucho menos de los electores que de sus colegas partidarios. A tal grado, que podemos ver cómo el presidente de un partido se anota en primer lugar de la lista, garantizando su hueso por al menos tres años.  Moraleja: estando bien con el partido qué importan los electores.
 
El voto es una forma, al menos en teoría, de premiar y castigar; no solo a los partidos, sino a los candidatos concretos. Los plurinominales, como están establecidos, son un caballo de Troya: en esa lista los partidos pueden meter a diputados y diputadas con oscuro pasado, que nunca ganarían en su distrito en buena lid. Para muestra basta un botón: la ex Presidenta de León, después de muchas declaraciones de amor a la ciudad, se fue apenas terminados dos años de mandato; dejando un tiradero que mucho tuvo que ver con la derrota de su partido en la elección pasada. Pues ahora es nuestra flamante diputada. No dio la cara a los electores, ni tuvo que pelear por ningún voto. Sus amarres políticos se dieron antes, en las negociaciones internas. No se debe a los Leoneses, sino a su peso en las negociaciones dentro del partido. Los plurinominales así como están, le quitan el derecho a castigar a los electores y se lo dan a las dirigencias de los partidos.
 
La reelección de diputados, que pretendía ser una forma de refrendar el trabajo de un buen legislador y de castigar a uno malo, no tiene ningún efecto cuando existe el atajo de la vía plurinominal decidida por las élites partidistas.
 
Con todo esto ¿quitar toda forma de representación proporcional ayudaría a combatir la partidocracia?  No necesariamente.
 
Quitar por completo los plurinominales, en el caso de los diputados, reduciría la posibilidad de las minorías a tener alguna voz y haría más difícil la emergencia de nuevas fuerzas políticas; eliminando la competencia y consolidando a los partidos antediluvianos que sufrimos ahora. Se puede reducir su número (quizás a 100) pero la clave de la cuestión es que la lista no la integren los mismos partidos, sino que se construya, en cada circunscripción, con los candidatos que obtuvieron el mayor número de votos en sus campañas y que no lograron ganar su distrito (primeras minorías). De esta forma, la lista incluiría a los diputados y diputadas más votados, con mayor respaldo de los electores. El control sobre quiénes llegan y quiénes no, se transfiere a los ciudadanos. En Guanajuato ya existe este sistema... pero incompleto. Los tres primeros de la lista se deben al dedo de los dirigentes y los siguientes tres son los que más votos obtuvieron.
 
En cambio, los plurinominales en el Senado son una aberración. Se supone que ése órgano se compone de la representación de los Estados, y además ya contempla la inclusión de la primera minoría. Es como si quisiéramos tener también gobernadores plurinominales. En el caso de los cabildos, otros países eligen a los regidores de forma uninominal, lo que los vincula a una zona de la ciudad o del municipio concreta. Se podría pensar.
 
¿Quién puede cambiar la forma en que se dan los recursos a los partidos y la forma en que se eligen los plurinominales? Los mismos partidos. Es una paradoja. Pero una cosa que ya sabemos es que ningún sistema es monolítico y dentro de los mismos partidos hay personas conscientes y auténticas que saben que nuestra democracia necesita urgentemente una buena dosis de quimioterapia. ¿Tu diputado, diputada, es uno de esos? Pruébalo. Escríbele y exígele que defienda la reducción del financiamiento y la construcción de las listas de plurinominales con las primeras minorías.
 
DEJANOS TU COMENTARIO
1456374297.png
1321493145.gif
1381429645.jpg
1321493278.png
1321493200.png