David Herrerías Guerra


Partidocracia parte 1: sintomatología
18/Junio/2015
Solo los más necios niegan que esta elección fue una derrota para todos los partidos, si bien unos salieron más derrotados que otros. El Partido que más ganó obtuvo menos del 30% de los votos. Pero si incluimos a los que no votaron, nos damos cuenta de que menos del 14% de los mexicanos votó por el PRI,  y es el partido mayoritario. Cerca del 10% de los mexicanos votaron por el PAN y un 5% por el PRD. 1 de cada 20 mexicanos. Otro dato curioso es que el voto nulo se sitúa por encima de 4 partidos políticos, dos de los cuales están en liquidación. Y hay que decir que estos raquíticos porcentajes se lograron con una inversión desproporcionada, con pagos en efectivo (al menos en León de 200, a 400 pesos por persona). Las opciones independientes ganaron a pesar de ese terreno tan desigual.
 
Pero, nos guste o no, las democracias modernas no pueden prescindir de los partidos políticos. Las únicas etapas de la historia en las que la democracia ha prescindido de ellos han sido aquellas en que los parlamentos o asambleas estaban dominados por grupos de élite y en los que la participación electoral estaba limitada a sectores muy reducidos. Cuando la democracia se va haciendo verdaderamente “demos”, cuando la participación es universal tanto en el derecho a elegir como en el derecho a ser elegido, la mediación de los partidos se va haciendo útil y necesaria. Aquí debemos aclarar que entendemos como necesarios a los partidos cuando estos son organizaciones de ciudadanos que tienen una visión de la realidad social, de sus problemas y soluciones, y que son capaces de presentar propuestas coherentes y articuladas para resolverlos. Son importantes porque facilitan la orientación del voto y la propuesta de candidatos honorables a la ciudadanía (no se rían). Los partidos tienen como fin la toma del poder, ciertamente, pero esto es solo un fin para impulsar su proyecto social. (¡que no se rían!)
 
En democracias sanas, los representantes electos saben que representan los principios y lineamientos generales de su partido pero, simultanea y principalmente, a sus electores. Esto no es tan complicado como parece porque en términos generales no debiera haber conflicto, ya que el elector sabía, al votar por el representante, que él pertenecía a un instituto político con inclinaciones ideológicas bien definidas. Por otro lado, aunque los partidos son la principal vía para acceder al poder, estos son estructuras abiertas a la participación y se deben transformar gracias a que sus bases y sus representados encuentran vías permanentes de participación al interior de los mismos.
 
Pero eso es en el mejor de los mundos. Una de las enfermedades endémicas de este modelo es la partidocracia. Este es un sistema que se distingue porque, aunque teóricamente se vive la democracia, en realidad los únicos participantes son unos pocos partidos políticos. Y al interior de estos, un número reducido  de personas que integran sus cúpulas se eternizan en el poder y se aprovechan personalmente de él.
 
Los síntomas de una partidocracia son más o menos claros. Uno de ellos es que al convertir la ocupación del poder en motivo central de la existencia de los partidos – más que impulsar una lucha concreta, o representar a grupos sociales específicos  –  los partidos se decoloran: no son capaces de articular conceptos ideológicos coherentes (partidos verdes a favor de la pena de muerte, por ejemplo). Esta perversión de los fines puede tener una variante: hay partidos que pueden vivir sin ocupar realmente el poder, siempre y cuando los recursos que fluyen del estado a los mismos les permitan compartir beneficios económicos de este negocio tan redituable.
 
Otro síntoma claro es que los partidos tienen un control total sobre los representantes electos. Ellos se saben dependientes del partido, no de sus electores. En una partidocracia como la nuestra es un espectáculo más raro que un eclipse presenciar una votación que no se dé por bloques partidarios, como sucede en otras democracias del mundo.
 
En una partidocracia, los partidos, cuando llegan al poder, creen que las instituciones nacionales son parte del partido. Signos de esa tara son la necesidad de gastar ingentes cantidades de dinero en modificar los logos, colores y todos los símbolos del Estado para adecuarlos al partido: no son ellos los que ocupan el lugar de las instituciones, sino las instituciones las que ahora forman parte del partido.
 
La partidocracia es el monopolio de una elite de partidos que tratan de cerrar la puerta a partidos emergentes y a ciudadanos. Pero es también un sistema excluyente y vertical al interior de los partidos mismos. Cúpulas y cupulillas que aprovechan las reglas del juego que ellos mismos dictan para dispensar favores y cobrarlos con intereses. En un sistema así el sistema de pesos y contrapesos hace agua.
 
Y el signo más claro de que se vive en un régimen de hipertrofia partidaria, es que los partidos se sirven, antes que nada, a sí mismos: pueden pelearse por muchos motivos, pero al momento de fijarse los sueldos, las prerrogativas partidarias y las reglas de competencia, los acuerdos llegan rápido y siempre a favor de sus propios intereses. Juegan en su campo, con sus propias reglas, el juego que ellos quieren. Y siempre salen ganando... aparentemente.
 
¿Cómo se cura esta enfermedad? Eso será el tema de la siguiente entrega.
DEJANOS TU COMENTARIO
1456374297.png
1321493145.gif
1381429645.jpg
1321493278.png
1321493200.png