David Herrerías Guerra


Un sueño extraño
26/Marzo/2015
Soñé que vivía en una comuna o algo por el estilo, habitada por una cantidad grande de personas cuya característica principal era ser diversas: las había viejas y jóvenes; hombres y mujeres; había quien anhelaba chacotear con los amigos escuchando a Paquita la del Barrio y quien se refugiaba en la soledad a escuchar en éxtasis a Avo Pärt; Personas deportistas y sedentarias, seguidoras del América y fanáticas de equipos más decentes. Una comunidad Arca de Noé, pero que compartía su origen, su necesidad ineludible de residir en el mismo espacio y su deseo de construir un mejor futuro.
 
Alguien propuso un día que en aquel muro grande, el que estaba al final de los terrenos de la comuna, se pintase un mural, una pieza pictórica que representara a todos y a todas. No se necesitó argumentar mucho, el aplauso fue generalizado. Pero lo que no sabían es que cada quien aplaudía a la imagen particular que cada cual se había formado ya al interior de su muy personal cabecita. ¿Cómo decidir el dibujo, el estilo, el concepto de la obra, que lograra reunir la imagen ideal que cada uno se había hecho de ella? Imposible.
 
No se quería que la obra fuera la visión de un solo individuo, por iluminado que este fuera, sino la de todos y todas. Pero había que aceptar, en principio, que esa imagen no podía ser la simple yuxtaposición de todas las ideas, un mosaico o suma simple de las imágenes particulares, porque eso, al final, no sería un mural que representara a la comuna, sino un simple listado de sus integrantes. Surgió entonces la duda sobre la viabilidad de la idea. Un mural así no sería nunca la imagen perfecta de cada uno de los comuneros: cada quien vería siempre cosas que no le gustarían, aunque reconociera también las suyas. Como vía de solución imperfecta, se propuso que el mural no fuera para siempre. Se podría renovar de cuando en cuando, ya que la comunidad misma era mutable y su representación no podía ser estática. Al final se impuso la idea y se optó por hacerla cada seis años (¿Por qué cada seis? No lo sabemos) Pero el problema de la elección de quiénes decidirían sus características, no se resolvía del todo.
 
Se decidió abrir una convocatoria para que varios grupos presentaran sus proyectos artísticos. Se agruparon, naturalmente, de acuerdo a la idea que cada colectivo tenía del mural. Y varios presentaron sus proyectos. Por votación dividida, se aceptó al ganador, quien plasmó, con su estilo, la imagen de la comuna.
 
El sueño pudo tener un final feliz: cada seis años se renovaba el mural, nuevos grupos intervenían, se aprendía de los ensayos y cada vez iba lograndose que el mural expresara lo que la comuna era. Los comuneros aprendían a tolerar las diferencias: sabían que a veces se perdía, a veces se ganaba. Todos aceptaban que el mural nunca sería perfecto, pero que eso que se veía como imperfección, en realidad reflejaba la pluralidad de la comuna. Cada sexenio se asistía a la fiesta de decidir a los nuevos pintores y se esperaba con ansia el resultado, haciendo votos porque les fuera bien, por el beneficio comunitario.
 
Ojalá me hubiera despertado con esa imagen idílica. No sé si cené muy pesado o qué pasó, pero apenas empezaba a sonreír cuando aparecieron en mis sueños cuatro plagas...
 
La primera plaga hizo que, a lo largo del tiempo, se fueran formando grupos de pintores que acaparaban los pinceles y las pinturas: los rojos, los azules, los verdes, los amarillos. Si alguien quería participar no había forma de hacerlo, más que a través de ellos. Incluso al interior de estos grupos había diferencias: unos pocos eran los que en realidad pintaban y decidían quién tenía pincel y quién no.
 
Pronto apareció la segunda plaga. Los que pintaban, pronto se empezaron a olvidar de la idea original y en lugar de representar a la comuna se representaban a sí mismos: los murales empezaban a repetir sus caras y sus gustos; bautizaban con sus nombres todo, se servían entre sí. Eran el centro, la razón.
 
La tercera plaga fue una complicación mórbida de la anterior. Cada vez más, se fue estableciendo un contubernio entre los pocos que tenían los pinceles y el derecho de pintar con los que manejaban los dineros de la comuna. Los costos del mural crecían exponencialmente y vivir de eso se convirtió en un negocio redituable. Los sueldos y prestaciones de los grupos de pintores se convirtieron en los mejores de la comuna. Eso hizo cada vez más interesante pertenecer a estos grupos exclusivos y se creó el caldo de cultivo para la cuarta plaga.
 
Muy pronto, además de los beneficios de pertenecer al selecto grupo de los pintores, se empezaron a notar irregularidades y corruptelas, la cuarta plaga. Muchos de los privilegiados establecieron negocios de pintura que surtían de manera preferente a los muralistas; otros descaradamente usaban la pintura para pintar sus casas de colores – en esa comuna, tener casas blancas era mal visto –. Pintar el mural se volvió cada vez más oneroso para la comunidad, pero muy redituable para unos cuantos. La corrupción alrededor del evento de la pinta de murales empezó a permear a toda la comuna: muchos querían recibir algo de los beneficios de tan monumental negocio a través de concesiones, reventas de insumos, o un puesto en el equipo de pintores.
 
En medio de las plagas, cada vez más comuneros pensaban que esa idea de pintar un mural colectivo era una mala idea, que había que imponer por la fuerza a un solo pintor que dictara su forma de ver la comuna; otros querían de plano derrumbar el muro. Los pintores, mientras tanto, seguían en su juego, como si nada. En medio de ese caos de pesadilla me desperté.
 
Voy a volver a dormir, porque sé que así no puede acabar mi sueño.
 
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