David Herrerías Guerra


El Rey Pópulo
09/Octubre/2014
Soñé que había un rey, se llamaba Pópulo y pasaba la mayor parte del día en un salón de su real residencia seleccionando al personal que debía administrar y llevar a cabo las funciones de servicio del palacio. Era una tarea agotadora porque los puestos eran muchos y los candidatos no solo numerosos, sino diversos y con ideas muy opuestas sobre lo que debía de hacerse en el castillo. Al final de un día aciago en el que la labor de selección había sido particularmente dura, el rey tuvo una visión, un sueño, o una simple alucinación etílica. En este fenómeno paranormal el soberano pudo hablar con un personaje encorbatado y circunspecto, llamado Mefisto, que le habló de la administración moderna, del outsourcing,  de la eficiencia, el tiempo libre y otras linduras, para terminar convenciéndolo de que elegir servidores de forma individualizada era muy complejo, por lo que le convenía organizar a los solicitantes por partes, o por partidas, o partidos. Por ejemplo – explicó con seguridad Mefisto – dentro de todos los solicitantes habrá muchos que usted habrá distinguido por su interés en las áreas verdes del castillo y el cuidado de los conejitos. Esos los llamaremos “los verdes”. Habrá notado que hay otros que han puesto especial énfasis en mantener los valores conservadores en el castillo, en hablar de la familia única y evitar que las damas anden enseñando el tobillo por doquier; esos pueden ser... piense en un color, cualquiera... ¿azul?, bueno, “los azules”. Otros a la mejor han puesto de manifiesto su interés en las condiciones laborales de los trabajadores, en la equidad de los salarios... – ¿Y eso de qué me va a servir? – cortó de tajo el monarca. – Tener así agrupados a los prospectos le ahorra complicaciones y le da ciertas garantías – pontificó Mefisto. – Por un lado, usted elige no a candidatos particulares, o no nada más, sino que elige al grupo que lo respalda y le da garantías de que esa persona que le están presentando, ha pasado ya por filtros que usted no ha tenido que aplicar. Si la persona no funciona o hace barrabasadas, el partido ayudará a meterlo en cintura. Por otro lado, al conocer de qué grupo o partido proviene un candidato, usted ya sabe qué puede esperar de él. Por ejemplo, si elige a uno de los verdes, ya sabe que se tiene que ir olvidando de la cacería de la zorra. No hay sorpresas.

No se sabe si los argumentos de Mefisto fueron contundentes o si su majestad, al estar en un estado de duermevela, fue presa fácil de sus premisas y conclusiones. El hecho es que a partir de ese momento, las elecciones de los servidores fueron a través de estos grupos o partidos. La cosa, efectivamente, se le facilitó, aunque pronto algunas de las ventajas de las que había hablado su visión iluminadora empezaron a ponerse en entredicho . Por ejemplo: algunos de los trabajadores que habían entrado por el grupo de los verdes, resultaron aficionados a las corridas de toros. Otros, que habían entrado como parte de los conservadores de las buenas costumbres, organizaron las bacanales más disolutas que se habían visto en palacio. Otros, que venían de partidos variopintos, en realidad no se sabía qué podrían hacer o llegar a proponer, porque cada vez que se presentaban a la elección, se cambiaban de un color a otro y proponían lo que fuera, con tal de ganar la chamba. O sea que la idea de que los grupos de colores diferentes ayudaran a saber por dónde irían las propuestas de los servidores, no estaba confirmándose del todo.

Pero lo más grave vino poco después. Cuando alguno de estos servidores que había sido propuesto por uno de los partidos manoseaba a las cocineras, o se robaba el cambio, o cobraba moche a los proveedores o cosas perores aún: cometía crímenes inconfesables y se aliaba con los asaltantes de caminos y asesinos; los responsables de los partidos operaban de la siguiente manera: 1) Trataban de ocultar los hechos para que el caso no repercutiera en futuras contrataciones. 2) Si esto no era posible echaban la culpa a los de los otros partidos o a la prensa argumentando que todo era un montaje o una narrativa de los hechos construida para hacerlos perder espacios en el castillo. 3) Si de plano esto no funcionaba, replicaban que era muy difícil conocer a todos quiénes ingresaban a su partido, que ellos cómo podían saber si sus candidatos eran gente decente, que en todos lados se cuecen habas, que hasta en las mejores familias, que uno nunca sabía con quien podía ser fotografiado, etc. 4) Si esto no funcionaba, pedían perdón y animaban al rey Pópulo a no estar mirando al pasado, sino hacia adelante, con esperanza. Y soltaban aquí una lagrimita que robustecía el discurso. Borrón y cuenta nueva. Los partidos no se hacían responsables por los actos de sus recomendados.

El proceso de selección se fue haciendo cada vez más costoso. De las arcas del reino salían los recursos que ellos dilapidaban, a veces en regalos costosos utilizados para convencer o sobornar al mismo Rey. Los abusos y la ineficiencia de los funcionarios que ocupaban el palacio llegó a tal extremo que la rayita que los separaba de los delincuentes y salteadores se fue borrando día con día. Era evidente que las cosas no estaban funcionando como Mefisto le había prometido al rey Pópulo. Atribulado, trató de volver a soñar al personaje. Dormía pensando en él, para ver si se le aparecía; comía y bebía antes de dormir opíparamente pensando que la aparición se asociaba a los efectos de la digestión;  tomó y fumó todo lo que estaba a su alcance. Pero fuera de los efectos colaterales asociados a tales prácticas, sus visiones no se volvieron a presentar. Mefisto reía fuera de su alcance.

El Rey seguía acudiendo una vez cada tres años, apático, desvelado, asustado y desilusionado, a la ceremonia de elección de los que se harían cargo de un palacio que él había dejado de gobernar.

Me desperté, asustado. Fue solo una pesadilla.
 
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