David Herrerías Guerra


¡Hombre al agua!
25/Septiembre/2014
A la orilla de un caudaloso río, se encontraba sentado un hombre. Miraba el transcurrir del agua y sus jugueteos con algunas plantas y piedras sobresalientes. En eso estaba, plácido, cuando un bulto navegante que se distinguía entre la constante planicie acuática lo sacó de su apacible estado. Porque este bulto no solo sobresalía, sino manoteaba y pedía auxilio desesperadamente. Avispado, nuestro personaje comprendió que se trataba de un parroquiano a punto de ahogarse, por lo que acudió presuroso en su ayuda. Le tendió una rama que afortunadamente estaba a la vera del agua y lo puso sano y salvo en tierra firme.
 
Orgulloso de su hazaña regresó a casa a narrar su epopeya a su señora esposa, con detalles ciertos y algunas licencias poéticas. Ella le puso atención, como quien escucha a un niño: ¿Sí? ¡No me digas! ¡Y lo salvaste!... Pero cuando más emocionado estaba el hombre por el reconocimiento que creía recibir de su pareja y el relato empezaba a desbordarse, ésta acabó con los fuegos artificiales con un dato duro y frío: “diario salvan a dos o tres ahogándose de ese río. Hasta por eso dejaron ahí en la orilla una rama de árbol”.
 
El hombre quedó pensativo. No por la capacidad de su esposa para convertir el Cantar del Mio Cid en un vulgar reporte de víctimas, sino por lo que el hecho revelaba. ¿Cómo es que había tantos nadadores involuntarios justo a la orillita del pueblo y nadie hacia nada porque se divulgara, o por salvarlos de manera más eficaz? ¿Cuántos más pasarían gritando hacia la orilla sin recibir ayuda? ¿Cuántos se habrían ahogado sin que nadie se diera cuenta? Decidió hacer algo que ahora sí despertaría la admiración de su señora y del pueblo. Se dio a la tarea de difundir su preocupación con sus vecinos y formó un grupo de voluntarios; lograron establecer una guardia permanente junto al río y se capacitaron en las artes de salvamento; perfeccionaron la rústica rama de la orilla transformándola en un gancho especializado y crearon otras herramientas dispuestas a enfrentar cualquier situación. Lograron también apoyos económicos de la comunidad para tener en la orilla ropa seca y té de canela. 
 
Era una labor exitosa, sin lugar a dudas, y el hombre tenía el reconocimiento de todos por su labor altruista. Bastaba ver los números: según los cálculos iniciales y los datos de la consorte de nuestro héroe, se recogían originalmente del río dos o tres damnificados al día; pero según los reportes de la organización – que mostraba a sus donantes regularmente – se evitaban en promedio una docena de ahogamientos diarios.
 
“Realmente es impresionante lo que has logrado en estos años – reconoció la esposa de este titán de las causas sociales – pero me queda una pregunta: después de tanto trabajo, ¿porqué sigue habiendo tantas personas ahogándose? ¿porqué después de tanto no disminuyen los buzos involuntarios? ¿No sería bueno saber la causa de que tanto cristiano practique la natación de forma indeliberada en aguas tan revueltas?” Al desánimo inicial que causaron las sabias palabras conyugales,  se sobrepuso la voluntad filantrópica de este hombre bueno y dispuso de un equipo de investigación que viajó río arriba para conocer el origen del fenómeno. No tardaron en entender las razones. Había dos poblaciones, una a cada lado del torrente, que tenían una comunicación muy intensa. Ésta se realizaba a través de un puente de madera y cuerdas que había perdido, a lo largo de los años, gran parte de las tablas, lo que ocasionaba con harta frecuencia los clavados con diversos grados de dificultad de los lugareños. Arreglar el puente resultaba muy complejo porque los intereses en ambas orillas eran heterogéneos y había quien ganaba buenos dividendos cobrando el uso de lanchas que cruzaban a la gente sin contratiempos.
 
Fin del cuento. La moraleja del mismo se ofrece a continuación, gratuitamente, a los lectores de este artículo. Nuestra sociedad produce por millones náufragos, marginados, grupos enormes de personas que se ahogan permanentemente. La primera reacción es sacarlos del río, ayudarlos de forma individual: dar limosna, darles cobijas para el invierno. Después se institucionaliza esta ayuda. Desde la iniciativa privada se forman asociaciones civiles que tratan de paliar la situación, con herramientas cada vez más profesionales. Desde el gobierno se crean los grandes programas contra la pobreza, que hay que bautizar con otro nombre cada sexenio: Solidaridad, Progresa, Oportunidades, Prospera... (al que sigue ya no le están dejando utopías para bautizar su programa) Como sea, y a pesar de los valiosos apoyos que prestan a la población, el número de pobres no disminuye. Si vamos río arriba nos damos cuenta de que el problema no está en cómo atender a los pobres sino en cómo hacer para evitar que sigan cayendo tantos en la marginación con tanta eficiencia. La estructura de nuestro puente, las estructuras económicas, políticas y sociales de nuestra sociedad, están hechas para tirar gente al agua. Somos un país que genera riqueza pero no la reparte y que no está dispuesto a arreglar el puente porque hay unos pocos que se benefician con la renta de lanchas.
 
No es que la labor altruista de las asociaciones civiles, o que el efecto de los programas sociales gubernamentales sea inútil o podamos prescindir de ellos. Porque sacar a una sola persona del agua tiene un valor muy grande. Pero es necesario plantearnos como sociedad las reformas necesarias para hacer de nuestro país un lugar más equitativo, más justo, para dejar de tirar gente al agua. Para eso es necesario que los que sostienen la estructura de este puente destartalado, y los que siguen aferrados al privilegio que les dan sus lanchas, estén dispuestos a ceder y construir para todos. Si no es ahora por solidaridad o filantropía, lo será después, cuando los ahogados empiecen a exigir por la fuerza un cambio.
 
 
 
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