David Herrerías Guerra


Pasarse la ley por el arco del triunfo.
12/Julio/2014
Un francés le rompe la pierna a un nigeriano, que abandona el juego en camilla, mientras el galo sigue tan campante, contribuyendo a la victoria de su equipo sobre los africanos. Hasta donde se sabe no hay una sanción ejemplar. Un colombiano quiebra por la espalda al principal astro brasileño, que sale retorciéndose del juego y se pierde (por fortuna para él, ahora lo sabemos) la semifinal. No hay sanciones ejemplares. Un jugador, muchos jugadores, apuestan durante todo el juego a hacer trampa, a tirarse clavados, a ablandar a los contrarios, a trasgredir por lo bajo todas las normas del juego limpio y con eso, a veces, ganar juegos capitales. Por más que sean exhibidos en los medios, no hay sanciones ejemplares. Un uruguayo desesperado por la marca – o muy hambriento, vaya usted a saber – muerde en el hombro a un italiano y deja una lesión que no tarda más de 15 días en sanar, lo cual lo exculparía del delito de lesiones en México. Aunque la mordida no afecta mayormente al contrario y el juego continúa, las imágenes no dejan de circular por internet y los medios masivos. ¡Qué barbaridad! ¡Tenemos que hacer algo! Apliquemos una sanción ejemplar. Es verdad que estamos más acostumbrados a la violencia ejercida con los pies y con las manos que con los dientes, pero esto no tiene que ver con nuestra naturaleza sino con la cultura. Entre los niños de un preescolar cualquier maestra podrá dar fe de más lesiones por mordedura que por patada. Con el tiempo a los niños, incluso, nos enseñarán a pelear con las manos y los pies, porque los rasguños y mordidas son de niñas (lo malo no es romperle la nariz a un cristiano, sino hacerlo con dignidad).
 
Como sea, es evidente que la aplicación de la justicia por parte de la FIFA, más allá de estos ejemplos, deja mucho que desear.  En primer lugar, porque la acción de la justicia tiene que ser proporcional al daño ocasionado, más que al impacto mediático. No debe atender al público que gesticula sino a la víctima. La aplicación de la sanción debe ser proporcional para disuadir a los infractores de cometer las acciones más dañinas. Pero en el futbol, a veces,  es más redituables romper la tibia que jalar la camiseta o quitársela en un festejo.
 
En segundo lugar, porque la justicia debe ser restaurativa. El delito reduce a la victima pero también al victimario. Las sanciones deben buscar, antes que nada, restaurar la dignidad y reparar el daño. Se me ocurre que los futbolistas que dañan a un contrario podrían jugar con el equipo al que esquilmaron mientras se recupera el jugador dañado. O podrían ser enviados a dar clínicas de futbol a jóvenes de los países perjudicados o lo que se nos ocurra, pero que busque reparar el daño y restaurar también la relación.
 
En tercer lugar porque la eficacia de las normas tiene que ver, en buena medida, con su aplicación equitativa y no, como hace frecuentemente la FIFA, utilizando raseros diferentes para medir. Las sanciones deben ser predecibles e inevitables, es decir: todos y todas debemos tener la certeza de que tras el delito “a” se aplica la sanción “a”  y esto no es al contentillo de las autoridades (a veces se aplica, a veces no, y muchas veces damos prórroga). Cuando no se usa el mismo rasero, no solo se atenta contra el principio mismo de justicia, sino que se atenta contra el estado de derecho. Nos acostumbramos a que la aplicación de la justicia no depende de la norma, sino de los poderosos. Con eso se fractura un contrato básico que favorece la violación de la ley y la negociación por debajo de la mesa. Se favorece a los poderosos y a los que tienen con qué torcer la justicia y se condena a los débiles. 
 
Y en cuarto lugar, la sanción no puede agravarse o atenuarse con fines didácticos: “para dar un ejemplo a los demás”. Hacer eso supone violar las tres reglas anteriores y utilizar como objeto  – material didáctico – al infractor en turno. Quien comete una falta tiene que recibir su sanción sin que ésta dependa de que, por la circunstancia que sea, alguien decida que debe cargar con el aprendizaje de todos los demás.
 
Los dueños de la pelota en el mundo no están interesados, al parecer, en estos principios. La falibilidad de los árbitros, al final del juego, les da a los dueños del espectáculo la facultad de aplicar la ley a su antojo. Es un sistema que les conviene, mientras siga siendo negocio. Pero el futbol, como sea, es un juego, y la FIFA una multinacional privada con fines de lucro, que no pretende ser democrática. Si ellos deciden, nos prestan el balón y si ellos deciden, nos lo quitan. Ya está, nos vemos en el siguiente mundial. ¿Pero qué pasa cuando la justicia en un país adolece de lo mismo? ¿qué pasa cuando en un país la justicia se aplica solo cuando los hechos pueden ser exhibidos en las redes sociales? ¿cuando se tiene una justicia sólo punitiva y no restaurativa? ¿cuando la aplicación de la ley, aunque se diga con bombo y platillo que es ciega, se aplica constantemente de acuerdo a intereses políticos y con absoluta discrecionalidad? ¿qué pasa cuando los encargados de impartir justicia, aplican la ley con más rigor e incluso se ayudan un poco con pruebas falsas para “dar un ejemplo”?
 
Lo que pasa es que, como en México, no vivimos un estado de derecho. No confiamos en la aplicación de la ley, porque ésta ha sido, durante muchos años, incluyendo 12 de “alternancia”, un instrumento del poder.  En México se puede ser líder charro y atesorar fortunas a cargo del erario y de las cuotas sindicales, pero nadie sabe si terminarás en cárcel o como senador. Puedes atesorar armas y traficar con especies animales y ser candidato a gobernador; o terminar preso, rapado y acusado de narcotráfico. No hay claves, no hay exégesis posible en las leyes que expliquen este comportamiento errático. La lógica es otra, la del poder que utiliza la ley como instrumento de control. No sé si en eso seríamos campeones mundiales, pero aspiramos con seguridad a las finales.
 
Tampoco sé si la FIFA tenga remedio, y la verdad me importa bastante poco. Pero el daño que ha hecho al país nuestra incapacidad para vivir dentro de una marco legal confiable, nos ha costado y seguirá costando mucho más que una eliminación mundialista.
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