David Herrerías Guerra


Sobre el arte de caer parado.
19/Junio/2014
Los gatos, y las gatas – nótese el lenguaje de género – siempre caen de pie. Eso se sabe; y reconozco que lo repito, sin haberlo leído de una fuente científica confiable. Sin embargo, tengo evidencia empírica. Mis hijos, cuando pequeños, se empeñaron en poner a prueba la hipótesis con nuestra gata, quien les guarda hasta la fecha un merecido rencor. Como sea – y que me perdone el partido verde – dichos experimentos crueles demostraron que, a menos que la distancia entre la gata y el pìso al momento del lanzamiento fuera muy corta, nuestra felina se las arreglaba para girar y caer sobre sus cuatro extremidades. Hipótesis similar, aunque menos seria, atribuye a los panes con mantequilla la facultad de caer siempre en la misma posición, independientemente de la altura en que estos sean puestos a merced de la fuerza de gravedad: siempre terminan con la mantequilla hacia abajo. De la combinación de ambas teorías ha surgido incluso la propuesta de amarrar un pan con mantequilla al lomo de un gato y lanzarlos al vacío, de manera que empezarían a girar produciendo la quimérica máquina de movimiento perpetuo. Igual debo decir que dicha propuesta no ha encontrado la bendición de las revistas especializadas.
 
Trasladados estos interesantes experimentos a las ciencias sociales, afirmo aquí que quienes han sacado más provecho a estos principios, con mucho, son los partidos políticos. Tienen más habilidad que los gatos para caer siempre de pie. Reformas electorales van, reformas electorales vienen, y al final, lo que aparece después del remolino son los mismos partidos, sonrientes, sosteniendo el sartén por el mango. Como quiero que este artículo sí aparezca próximamente en la revista “Nature” o al menos en “Muy Interesante” voy a solventar mis afirmaciones.
 
Durante todo el sexenio de Vicente Fox (2000-2006) el PIB creció la modesta cifra de 14.8%. En ese mismo lapso, el financiamiento público a los partidos políticos, creció más del 36%. En ese año se anunció una reforma y se dijo que se moderaría la voracidad de los partidos (no fueron las palabras que usaron). Se les quitó, supuestamente, el dinero que gastaban en radio y televisión y elevaron a rango constitucional la fórmula para calcular sus prerrogativas. Es el único monto asegurado así, ni educación ni salud tienen ese privilegio. Como sea, de ese año, al 2012, durante el sexenio de Calderón, el PIB del país creció la más modesta cifra de 12.51%. El financiamiento público a los partidos comparado del 2006 al 2012 tiene un incremento de 24%. Además, hay que considerar que antes del 2006, de ese dinero salía su gasto para televisión y radio; ahora, eso no les cuesta, porque se apunta en la cuenta del INE (antes IFE). Ahora vivimos una nueva reforma, que prometen, nos va a dar una mejor democracia. En ella, el financiamiento federal permanece intocado. Pero se normaliza lo que los partidos recibían por parte de las finanzas estatales y que se sumaban a los montos anteriores. Al regularlo – por nuestro bien, dicen – aplicaron la misma regla que se aplica a nivel federal y recibirán un extra de 1,500 millones de pesos. Nada mal. Saben caer parados.
 
Otro dato para fundamentar mi teoría: la reelección de diputados. Es verdad que muchos analistas políticos y ciudadanos veían en la reelección de los diputados un mecanismo positivo, porque, se argumentaba, al tener la posibilidad de reelegirse, los diputados tendrían que voltear a ver a sus electores más seguido. Nuestros legisladores pueden decir con toda certeza que la reelección era una demanda de una buena parte de la sociedad. Sin embargo, nuestros legisladores logran hacer lo suficiente para que el poder siga en manos de los institutos políticos. Dice nuestra Constitución (versión marzo 2014, art.59): “Los Senadores podrán ser electos hasta por dos periodos consecutivos y los Diputados al Congreso de la Unión hasta por cuatro periodos consecutivos. La postulación sólo podrá ser realizada por el mismo partido o por cualquiera de los partidos integrantes de la coalición que los hubieren postulado”. Es decir, que la postulación no depende de que los electores lo queramos, sino de que el mismo partido lo postule. Eso significa que el diputado, nuevamente, tiene que quedar bien con el partido, antes que con los electores. Si a esto sumamos que la elección de los diputados plurinominales se sigue haciendo por listas  en las que los ciudadanos no tienen nada que hacer, sino que dependen de las cúpulas partidistas, la reelección sirve muy bien a los intereses de los dirigentes – que pueden premiar a los diputados y senadores más dóciles – y no nos sirve de nada a los ciudadanos. Las camarillas que dominan los partidos volvieron a caer de pie.
 
Podemos seguirle: la reducción de plurinominales y la forma de elegirlos, que claramente han sido demandas ciudadanas pero quedaron intocadas, porque son una de las herramientas de control y clientelismo más eficaces de los partidos; la recreación de un organismo electoral que tuvo más de pantalla que de cambio real y que le quita control a los gobernadores, pero que fortalece el control central de los partidos; los salarios y privilegios obscenos de los legisladores, consejeros y ministros que se mantienen a la alza. 
 
Si no fuera porque hay avances en algunos rubros – candidaturas independientes, mas facultades al IFAI y a los ciudadanos para observar a los partidos por dentro – diría que superaron la idea del pan amarrado al lomo del gato, que les aseguraría el sueño del inmovilismo perpetuo. Pero el gato y el pan con mantequilla terminarán cayendo algún día, eso es seguro. Los partidos seguirán dando maromas en el aire, mientras haya ciudadanos embobados viéndolos dar piruetas y caer parados de nuevo sin atreverse a nada más que mandar un twitt  de rechazo.
 
 
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