David Herrerías Guerra


El medio día del ambiente
04/Junio/2014
Acostumbrado a vivir en la zozobra económica, el papá no puede ocultar su alegría. Su hija, que hace apenas unos años jugaba a las muñecas, ha gastado los primeros pesos ganados con su trabajo en comprarle un teléfono celular nuevo. El regalo significa, no sólo la expresión de cariño de la hermosa heredera, sino el símbolo de que alcanza la independencia económica – o que cesa su dependencia del exiguo salario paterno. La semana siguiente la amorosa muchacha lo ha sorprendido con una tableta digital de última generación. – No te hubieras molestado, mija –  dice el viejo con poco convencimiento. – Es lo menos que puedo hacer – dice zalamera – por todos los años que me apoyaste, papito. No pasa mucho tiempo antes de que, para sorpresa del hombre, la televisión vieja y aparatosa que presidía las reuniones en la sala comedor, se transforme en una nueva pantalla plana, de tantas pulgadas y resolución, que permite ver los granos en la frente de los ídolos futboleros. El rumbo que toman las cosas tiene más que satisfecho al orgulloso padre, y como suele suceder, empieza a acostumbrase a los cambios positivos. Por eso ya no da las gracias cuando se renuevan los muebles en la sala, el refrigerador en la cocina y la mesa en el comedor. Pero el día en que su hija, con palabras ceremoniosas, le entrega las llaves de su nuevo auto, la pregunta que había reprimido durante estos meses, no puede seguir soterrada: – No es que dude de ti, mijita, pero ¿me podrías decir en qué trabajas? Porque este nivel de gastos no se obtiene de un puesto de burócrata, o de secretaria y mucho menos de maestra universitaria... La chica cambia de colores y tartamudea antes de dejar caer, con todo su peso, la respuesta que anticipa devastadora: – Me volví prostituta, papá. – ¡¿Cómo?! ¡No puede ser! ¡Mi hija, mi propia hija! ¡Dónde quedaron los valores que te transmitimos! ¡En dónde queda el nombre de la familia! ¡Todo por unas baratijas!  – Bueno, respecto a lo del nombre, no tienes que preocuparte – responde la hija – porque en mi trabajo no uso mi nombre de pila ni mi apellido. Respecto a lo de las baratijas y mi empleo, tampoco es problema.. Si las regresamos no tengo que pagarlas y puedo dedicarme a otra cosa que te cause menos conflicto moral. El padre queda en silencio mientras hace un inventario de los bienes recibidos y – calculador –  responde: – ¿Prostituta dijiste? ¡Ay, que susto! pensé que te habías vuelto protestante.
 
El chiste, aunque viejo, me gusta mucho, lo cual habrán constatado los que me conocen porque lo uso frecuentemente. Me recuerda siempre que gran parte de los problemas éticos en nuestras sociedades pasan por el tema del dinero y de los intereses económicos. Esto es natural, porque los dilemas morales tienen que ver con los valores que ponemos en la balanza, y en nuestras sociedades, por más que se hable de valores como la familia, el amor y otras linduras,  en la práctica – en las decisiones concretas – se ve que el dinero y el lucro ocupan el culmen en las pirámides de valores. 
 
Esto viene a cuento por el día mundial del medio ambiente que se celebra cada 5 de junio. El tema medioambiental ha logrado colocarse como una de las preocupaciones – aparentes – de gobiernos y particulares. No hay nadie que no suelte en cualquier discurso frases alusivas a nuestra genuina preocupación por el medio ambiente. Nadie en su sano juicio puede decir públicamente algo así como: “pues la verdad, para mi, el medio ambiente no vale ni un tercio”. Preocuparse por la contaminación y la pérdida de recursos naturales es políticamente correcto. Todos somos ecologistas.
 
Pero a la hora de poner en una balanza el afán de lucro con la conservación del medio ambiente, la cosa cambia. Todos nos escandalizamos por la pérdida de hectáreas y hectáreas de selvas, pero seguimos alegremente impulsando programas de sustitución de selvas por potreros, porque el ganado es más rentable. Todos estamos conscientes de la importancia de las áreas verdes en nuestras ciudades, pero la especulación y la presión sobre todos los espacios que no estén ya ocupados por concreto es abrumadora porque es mejor negocio hacer 500 viviendas que tener un parque. Todos estamos conscientes del problema del agua, de los problemas de la contaminación de los mantos freáticos, pero cuando un gobierno se la rifa haciendo cumplir las normas ambientales y cierra tenerías, todos nos quejamos por el daño a la economía. O ya en lo personal: todos estamos conscientes de los gases de efecto invernadero pero no queremos invertir en energía solar para nuestras casas; todos somos conscientes del problema del agua, pero no queremos gastar en sistemas de reciclaje o en captación de agua de lluvia.
 
Detrás de la tala ilegal consentida de nuestros bosques; de la presión sobre los arrecifes de coral en Cabo Pulmo; de la destrucción de las zonas de manglar en Cancún y cientos de lugares más; de las patentes de corso a las mineras; de la dilación y la falta de interés en el impulso a las energías renovables; de la privatización y destrucción de zonas naturales que debieran estar protegidas; de la introducción de especies  genéticas modificadas capaces de destruir nuestra biodiversidad. Detrás de todo, están los intereses económicos, está el dios dinero que finalmente es el que manda y decide. No es que los recursos naturales estén peleados con la generación de riqueza: se puede aprovecharlos pero desde una perspectiva en la que el valor central sea la preservación de los espacios y la vida de sus habitantes.
 
El día del medio ambiente, si no se festeja con la expedición de normativas serias, leyes, reglamentos y políticas que expresen la preocupación genuina por el medio ambiente, sirve sólo para darnos baños de pureza. Nos rasgamos las vestiduras como el padre de la chica del chiste, y cuando vemos lo que cuestan las decisiones con óptica medioambiental, nos hacemos mejor de la vista gorda.
 
P.S. Se me acaba de ocurrir:  qué curioso que no hemos inventado el día del dinero, si es lo que más nos preocupa y nos ocupa, ¿no?
 
 
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