David Herrerías Guerra


De pocilgas y financiamientos
10/Abril/2014
El escándalo de la última semana – fuera del tema de la violencia en Michoacán y en todo el país, que es de por sí escandaloso – es el del lamentable Cuauhtémoc Gutiérrez, ex líder del PRI en el DF. El caso es sorprendente en muchos sentidos. Por un lado la investigación realizada por el equipo de Carmen Aristegui es extraordinaria porque lograron entrar hasta las entrañas de un sistema de prostitución al servicio de este turbio y obeso personaje. Escuchar la grabación de la entrevista que hacen a las muchachas que buscan un trabajo es impresionante e indignante (la grabación se puede escuchar todavía en el sitio de Aristegui Noticias)
 
Sin lugar a dudas el reportaje exhibe, y esperemos que desmantele, un nido de corrupción asqueroso. Pero más allá de eso – y de la necesidad de esperar a que las autoridades del DF hagan su trabajo – hay varias cosas que llamaron mi atención.
 
Una de ellas tiene que ver con un tema que trataré después y que menciono de pasada: la pugna que se mantiene entre los periodistas y medios. Es de notar el desdén con que algunos periodistas y medios trataron la noticia al principio, en buena media, por no reconocer el mérito a la controvertida Aristegui. Pero vale la pena tratar el asunto otro día.
 
Otro cuestión vital, me parece la pregunta que cualquier hijo de vecina se puede hacer: ¿no sabían las otras estructuras partidarias qué tipo de fulano tenían en esas oficinas? ¿Tenían que esperar a que una periodista les descubriera la pocilga, antes de que sus narices percibieran el olor a excremento? No lo creo. Marco Antonio Michel, ex diputado federal del tricolor, dijo hace unos días respecto al caso: “este señor se ha venido adueñando de las posiciones y de los consejos políticos de una manera violenta".  Se dice también que el CEN del PRI-DF funcionaba con una estructura paralela a cargo del ex gobernador de Tabasco Manuel Andrade, porque los dirigentes locales del partido habían sido desplazados de formas poco ortodoxas por las huestes de Gutiérrez. Salió a la luz también que durante la Asamblea Nacional del PRI de hace unos meses, “un grupo de mujeres repartió volantes con la imagen de Gutiérrez de la Torre y la leyenda de “promotor de prostitución y misógino”.
 
Es claro que al interior del PRI se tenían indicios si no es que evidencias, pero se le soportaba, seguramente por el control que el sujeto heredó de sus padres sobre los pepenadores de basura. No es la primera vez que un partido político solapa las conductas de sus líderes y seguidores cuando estos les reditúan algún beneficio. En este caso es el PRI, pero lo hemos visto en todos los partidos. Y en este caso, lo más chocante es que el proxeneta Cuauhtémoc usaba los recursos del Partido, es decir, parte de los fondos que usted y yo pagamos con nuestros impuestos y que les fueron asignados al instituto político para sus actividades políticas.
 
Y esto me permite volver a un tema sobre el que he insistido y seguiré insistiendo: el financiamiento excesivo a los partidos en México no ha contribuido a crear una mejor democracia sino a corromperla. Los partidos políticos en nuestro País son un medio apetecible para muchos vividores, aunque, desde luego, no  todos sus miembros lo sean. Pero cuentan con tantos recursos, los pueden usar de manera tan discrecional, que igual compran votos mediante obras piadosas que solventan las depravaciones de el príncipe de la basura.
 
Si calculamos el costo de financiamiento de los partidos por elector, entre los años 2005 y 2008, en México nos costaron tres veces más que en Italia, España o Costa Rica. Cuatro veces más que en Portugal; siete veces más que en Bolivia; 12 veces más que en Holanda; 23 veces más que en Honduras, Canadá, Dinamarca o los Estados Unidos.
 
¿Nos ha traído mejores partidos esa diferencia? ¿Responden más a nuestros intereses? ¿Son menos corruptos? ¿Están blindados contra la influencia perversa de los poderes fácticos? No, no, no y no. Al menos creo que eso respondería yo. Es más, creo que el financiamiento excesivo los hace más corruptos y responden menos a nuestros intereses. Tener un partido es tan buen negocio que ni siquiera necesitan ganar el poder para seguir ganando dinero. Son la verdadera industria sin chimeneas. Un industria que funciona con nuestros recursos pero que se niega sistemáticamente a transparentar el uso del dinero público. Partidos que no nos pueden garantizar, ni siquiera, la calidad moral de sus dirigentes.
 
¿Y le cuento otra mala noticia? Que en la reforma electoral recién aprobada, no cambiaron ni un ápice el artículo que les garantiza su jugoso botín. Lo único que podemos esperar es que en las secundarias y en las reglas del IFAI podamos encontrar mecanismos verdaderos para saber en qué se gastan nuestro dinero.
 
Lamentable historia la de Cuauhtémoc Gutiérrez, lamentable partidocracia nuestra. Hay que bregar mucho todavía para salir del chiquero.
 
 
 
 
 
 
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