David Herrerías Guerra


¿De veras queríamos ser democráticos?
07/Noviembre/2013
Hoy son comunes las quejas contra nuestra democracia y contra las instituciones; hay sin lugar a dudas un desencanto legítimo. Pero creo que es importante distinguir entre dos tipos de desencanto. Uno es producto de una imagen idealizada de la democracia; es el desencanto de los enamorados románticos, como el de los novios que se sorprenden de la crudeza del matrimonio. Hay otro desencanto que es producto, no de una imagen idealizada de la democracia sino del rumbo que ésta ha tomado actualmente en México. El primer desencanto parte de nuestra poca experiencia, y es importante saber qué es lo que podemos esperar de la democracia para poder hacer una crítica más constructiva sobre los problemas de nuestro régimen en particular.
 
La democracia, de manera ideal es una forma de organización social en la que la soberanía reside en el pueblo y que por lo tanto tiene como fin esencial el bienestar de todo el pueblo. Implica por lo tanto: a) que la toma de las decisiones que afectan a la comunidad sean tomadas por ella misma y b) que estas decisiones se tomen  en su propio beneficio. Pero en comunidades humanas muy grandes esto es más complejo de lo que parece. En primer lugar el “propio beneficio” no debe ser entendido en un sentido individual, sino colectivo. Es decir: una democracia funciona para mi NO cuando los representantes toman todas las decisiones que me benefician a mi en lo particular, sino las que benefician a la mayoría, o las que producen el bien mayor para la colectividad. Por ejemplo: si el impuesto a los refrescos en realidad beneficia a los niños y niñas de este país, las refresqueras no pueden alegar que “no se sienten representadas” o que la democracia no sirve, porque se está tratando de atender un bien mayor. El otro problema es precisamente la representatividad. En una comunidad pequeña, las discusiones se pueden hacer cara a cara. Pero cuando constituimos comunidades humanas mayores esto se hace imposible y es necesario establecer una mediación: nombramos representantes.  Representar significa hacer presente lo que no está presente. Giovanni Sartori dice que hay tres formas de ver la representación: una sociológica, otra política y una jurídica.
 
Desde un perspectiva sociológica el representante es aquel con el que un grupo determinado se identifica. Mi representante va a ser aquel que defienda mis intereses porque pertenece a mi misma región, clase social, a mi gremio o comparte mi ideología. Esta perspectiva de la representación tiene que ver ya con los primeros movimientos democráticos y explica el nacimiento, por ejemplo, de partidos obreros, ecologistas etc. Aquí el representante es tal, en tanto yo lo identifique con mis intereses.
 
Desde una perspectiva política el representante lo es porque se somete a la fiscalización de los gobernados. Es decir, el representante, más allá de la ideología o mi identificación, es alguien que me debe dar cuentas, debe responder por sus actos ante la comunidad porque es el encargado de velar por el bienestar colectivo.
 
Y desde el punto de vista jurídico el representante es aquel cuyos actos son imputables a la comunidad en que vive bajo la jurisdicción efectiva de ese gobernante. Esta idea está sujeta a la idea de la representación como poder: nuestro representante es al que le otorgamos el privilegio del mando. Un representante lo es, si es obedecido.
 
Las democracias contemporáneas tienen (o debieran tener) una mezcla de las tres perspectivas: ser sociológicas en tanto que el régimen de partidos permita identificarse ideológicamente con los representantes, ser políticas en tanto que mediante el voto, el referendo, la revocación de mandato y otros instrumentos los ciudadanos puedan fiscalizar y sancionar, si fuera el caso, a sus representantes y ser jurídicas en tanto que los gobernados se vean obligados a obedecer las decisiones de sus representantes,
 
En México tenemos razones para el desencanto, vemos problemas en las tres formas de representatividad: muchísimos ciudadanos no se sienten representados ideológicamente en los partidos; no tenemos todavía mecanismos eficaces de control que nos permitan hacer que exista una verdadera rendición de cuentas y nuestras autoridades son rebasadas y frecuentemente ignoradas.
 
Pero tenemos también que separar el trigo de la paja: entender que estamos viviendo también problemas que son propios de la democracia: En una comunidad grande en la que subsisten intereses diversos y contrapuestos, la democracia debe establecer mecanismos eficaces y transparentes para que se tomen decisiones de forma pacífica, aunque siempre habrá “vencedores y vencidos”. Esto hace de la democracia un espacio de lucha permanente.
 
La democracia es también una forma de proceder que permite  un acercamiento colectivo y participativo a los problemas de forma que se encuentren soluciones satisfactorias para todos. Pero esto la constituye en un régimen de incertidumbre porque esta forma de proceder es menos predecible y desde luego más lenta que la toma de decisiones unipersonales. Aún así, la democracia sí puede ofrecer certezas de largo plazo y los verdaderos demócratas  saben esperar, a través de esos momentos de indefinición los frutos más maduros de la participación colectiva.
 
Debemos ser críticos, paro también aprender a vivir en la democracia: un régimen en el que el conflicto abierto es natural y en el que tenemos que asumir las decisiones de los órganos constituidos democráticamente, como decisiones tomadas, sin renunciar a nuestro derecho al disenso, encausándolo legal y democráticamente.
 
No aceptar los claro-oscuros de la democracia, nos puede llevar a minar los avances, insuficientes, pero avances al fin, que hemos logrado todos y todas.
 
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