David Herrerías Guerra


Caballos gordos en un país de mansos cuadrúpedos
26/Septiembre/2013
Érase una vez un país de caballos. En el centro del país había un hipódromo donde corría, prácticamente solo, un viejo alazán. Se había bautizado a sí mismo como “El Tricolor”. Organizaba por su cuenta las carreras y ponía a correr contra él a uno que otro jamelgo, que más que competir acompañaban el paso victorioso del rocín. Las multitudes acarreadas y domadas aplaudían cada seis años la previsible victoria. Pero resulta que con el tiempo, el espectáculo empezó a resultar poco creíble, aburrido. Poco a poco se fueron abriendo las cuadras y empezaron a correr en los carriles paralelos otros caballos. Bueno, digamos que más que caballos, potros. O más que potros, ponis. Caballitos entusiastas y dispuestos, pero de poca alzada y pocas carnes. En sus pesebres apenas había pastos secos, mientras que el Tricolor se servía de los alfalfares completos y suculentos del hipódromo. Igual aplaudían los acarreados de siempre, pero en la tribuna se colaban cada vez más críticos mordaces que señalaban las disparidades en la contienda. Había que dar de comer parejo a todos; había que hacer crecer a los ponis a marchas forzadas, para que pudieran competir en igualdad de circunstancias. Se establecieron regulaciones que dotaban a los caballos contrincantes, a todos parejo, de cantidades ingentes de comida, para que hubiera verdadera competencia. La prioridad era hacer crecer a los antagonistas. El Tricolor recibió también su dotación, sin renunciar del todo a sus alfalfares particulares. Y se iniciaron las justas de a de veras.
 
Fue tal la disposición de pastura para los caballos del hipódromo, que empezaron a comer más y mejor que la mayoría de los caballos del país. Al final había filas para poder contender en las carreras y tener derecho a las verdes ensaladas que servían en esas exclusivas cuadras. Los caballos que habían ganado el derecho a competir, aún los ponis iniciales que ahora eran robustos percherones, cerraban la tranquera cuanto podían, o cobraban con favores el derecho de piso en el hipódromo. No sólo alfalfa, sino alimentos cada vez más exquisitos fueron completando la dieta. Las cuadras también cambiaron: la paja del piso fue transformada en alfombras y mutaron las caballerizas en oficinas lujosas, gimnasios, hidromasajes… Se multiplicaron los equinos y se ampliaron sus edecanes, secretarios, asesores y lacayos.
 
“¿Querían competencias parejas? ¡Eso cuestan!” repetían a los demás caballos del país que veían azorados cómo se servían los cínicos corceles con la cuchara grande. Y dije mal al llamarlos corceles,  porque al paso del tiempo y con la perversión de la gula, la mayor parte no parecían purasangre, sino gordos equinos – casi vacunos – que apenas corrían y daban un espectáculo lamentable. Al verlos en la pista la mayor parte del público no sabía a cual aplaudirle, porque difícilmente aparecía uno que llenara la pupila.
 
Y aquí termina el cuento, aunque parece incompleto, porque en esas estamos. Hace ya varios lustros que en este país, había sólo un corredor. Y en la búsqueda de equilibrar y de fortalecer a los partidos y darles viabilidad, se les dotó de ingentes recursos. Con el tiempo, más allá de las crisis, de las emergencias, de los vaivenes mundiales, el financiamiento a los partidos ha ido creciendo y muchos espectadores llevamos años diciendo que le bajen. En la reforma electoral del 2007, los partidos nos dieron atole con el dedo. Cortaron los flujos excesivos de dinero que paraban en los medios de comunicación, pero al mismo tiempo elevaron a rango constitucional una fórmula para asignarse su porción de alfalfa que no ha hecho sino aumentar:  En 2007, antes de la reforma, recibieron $ 2,704 millones; en 2008,  $ 2,718 millones; en 2012  $5,292 millones y en 2013 – sin elecciones – 3,742 millones. Los caballos tiene garantizada su pastura de primera calidad para la eternidad, aunque afuera haya sequía o inundaciones.
 
Si les reducimos el financiamiento a los partidos a la mitad, en año no electoral, nos ahorraríamos más de 1,800 millones de pesos, con lo que podríamos construir más de 15 mil  aulas que podrían recibir a casi medio millón de niños y niñas, por lo que podríamos establecer escuelas de tiempo completo para un millón de alumnos cada año, sólo con este recurso. O podríamos construir unos 200 centros comunitarios al año en zonas marginadas; o podríamos invertir en energías alternativas; o….
 
Pero el asunto no es nada más el ahorro: el financiamiento público excesivo a los partidos los ha corrompido, los ha convertido en un fin en sí mismos, en la forma de vida de una gran cantidad de pencos que no tendrían pastura en ningún otro lado. En resumen: el financiamiento a los partidos en México, proporcionalmente de los mayores del mundo, no nos ha dado mejores partidos. Ni siquiera ha evitado que muchos de los gordos equinos que se aprovechan del erario con singular alegría, roben, hagan trampas y se alimenten de alfalfas prohibidas.
 
Lo curioso, es que a pesar de ser un tema con el que la mayor parte de los ciudadanos estamos de acuerdo – si no me creen, hagan una consulta – no aparece el asunto en ninguna de las propuestas de reforma electoral que presentan ahora los partidos (¡de burros! dicen a coro).  
 
¿Por qué no se los recordamos? Busca a tu senador o a tu diputado en las páginas de Internet de las Cámaras y escríbele: “¡Ya bájenle! Reduzcan el financiamiento de los partidos al 50%”. Al menos para que se acuerden que no gobiernan en un país de mansos e indulgentes borricos.
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