David Herrerías Guerra


Dos imágenes
18/Julio/2013

La primera empieza con una multitud expectante que mira hacia un punto fijo, en el que se levanta una estructura. La multitud es masa, no opina mucho, sólo mira y espera a ver qué pasa. Suben al estrado tres, cuatro cinco conductores de autobús y muestran con folletos, mapas y una verborrea calamitosa sugerentes rutas de viaje, destinos maravillosos, paisajes de ensueño, no sin antes denostar el lugar presente, sitio lamentable al que nos dejamos arrastrar por incompetentes choferes que nos convencieron hace seis años con folletos y promesas similares. Al final de muchas y variadas peroratas nos ordenan en largas filas, credencial de elector en mano. Los mismos choferes organizan la cosa, eligen a los árbitros, ponen las reglas. Y depositamos nuestro voto, por cualquiera de los amos del volante. Más allá de los conflictos y discusiones en el conteo y la rebatinga posterior, uno salió vencedor. Y nos subimos todos al autobús (¿cómo cupimos? no me lo pregunte usted, recuerde que se trata de una imagen, casi como un sueño). Ya estamos, todos sentados. El nuevo conductor hace un gesto teatral, como si de recibir una ovación se tratara, cosa que no existe, y se sienta al volante. Enciende el motor y avanza – o retrocede, no lo recuerdo – con seguridad aparente. ¿A dónde vamos? El sabrá, responde una voz. ¿Y seguro sabe? – Sepa la bola, pero ya votamos por él. - ¿Quién hizo el itinerario? ¿A quiénes le preguntaron? ¿Y si queremos opinar? - ¡Que ya votamos, te dije! - ¿un cheque en blanco? Así parece. ¿Y si nada más da vueltas en redondo? En seis años eliges a otro.  Oiga chofer… ¿y podríamos discutir un poco sobre la ruta? ¿podemos cambiar en algo el camino? ¿Cuándo comemos?  –Cuando yo diga, el camión es mío, aunque sea durante seis años.
 
Segunda imagen. No es masa, sino grupos de ciudadanos que opinan y discuten entre sí. Se presentan planes, propuestas, se diseñan rutas y se calculan provisiones. Al final, hay varios proyectos de viaje. Los camiones son nuestros, de todos, solo falta elegir a los conductores. Los elegimos de acuerdo al viaje. No se mandan solos. Les damos el volante pero es prestado, el viaje es nuestro.
 
Dos modelos de democracia: en uno, la democracia es un instrumento que tienen los partidos para repartirse el poder sin derramamiento de sangre. Los ciudadanos son proveedores de votos. Y una vez logrado el anhelado asiento al frente del autobús, la democracia cede y el gobernante es un rey, por tres años, por seis años.  La participación ciudadana se entiende como las estrategias para lograr que los habitantes cooperen con su gobierno. Que vayan sentaditos en sus asientos, que aplaudan a sus gobernantes, que barran su calle. La democracia es un proceso que ocurre de tres a seis años. Lo de en medio es un viaje que está controlado por el chofer. Si el viajero va dormido, mejor. Es un modelo de democracia elitista, en el que no es que el pueblo gobierne, sino que, cuando mucho, decide quién quiere que lo gobierne cada cierto tiempo. Digamos que es democracia, pero con d minúscula.
 
En el otro, la democracia es el medio que tienen los ciudadanos para gobernarse, para decidir a dónde quieren ir. Las elecciones son un proceso sólo inicial, en el que se define quiénes van a conducir. Pero los itinerarios deben estar sujetos a la mayor participación de los viajeros. La participación ciudadana no es decorativa, sino esencial. No hay democracia verdadera si no hay mecanismos reales para que los ciudadanos compartan el poder en diferentes ámbitos, especialmente en lo que respecta al uso del presupuesto en sus espacios vitales más cercanos, en la toma de decisiones respecto a lo que pasa en su barrio y colonia. No hay democracia si los choferes no están sometidos permanentemente al escrutinio público, y se someten a la voluntad ciudadana. Es la democracia en la que el pueblo en verdad gobierna. Es Democracia, con D mayúscula.
 
Si en su democracia, en la de usted, en la nuestra, observa que los choferes se asignan sueldos desproporcionados; que no son capaces de nombrar a un consejero del IFE porque cada quien está buscando al árbitro que le pueda ayudar de vez en cuando para llegar al poder como sea; Cuando una vez que se suben al camión creen que ya pueden hacer lo que quieran, incluso golpear policías; cuando se asignan a sus campañas políticas cantidades estratosféricas; cuando se sienten con derecho a ponchar las llantas al autobús para obstaculizar el viaje a fin de convencer a los viajeros que se equivocaron de chofer; cuando cierran las puertas a la participación crítica de los ciudadanos; cuando utilizan los recursos públicos, especialmente los dedicados a los programas sociales, como instrumentos para poder permanecer al volante permanentemente… pueden ser signos de que su democracia todavía se escribe con d minúscula.
 
Es mejor la democracia con d minúscula que la dictadura de partido, desde luego. Pero podemos aspirar a más. La solución no está en los choferes, sino en todos los viajeros, que si usted voltea a su alrededor, están tan tranquilos viendo las películas malas que les han puesto para que no miren el paisaje, ni a dónde los llevan. Hay que pararse de los asientos, hay que interesarse en el viaje y hacer que el chofer obedezca.
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