David Herrerías Guerra


Doña Morales y Doña Laica
27/Junio/2013

“El régimen democrático es la forma de vida política
que da la mayor libertad al mayor número,
que protege y reconoce la mayor diversidad posible”


Alain Touraine

 
Esto de la democracia liberal se parece a dos señoras que tenían varios hijos. La señora Doña Morales estaba empeñada en la felicidad de sus vástagos y se dedicaba con tal celo a la tarea, que cuando los llevaba a comer fuera, les daba libertad de elegir… pero sólo entre uno o dos platos, los que a su juicio eran más sabrosos. Se vestían bien los pequeños: podían elegir con libertad lo que se ponían… dentro de la gama limitada de prendas que su madre había escogido para ellos, muy al gusto de ella, desde luego. Ya crecidos, la madre les pudo dar carrera, la que ellos quisieran… excluyendo, claro, las que no tenían futuro, las que tenían fama de atraer a estudiantes disolutos, las humanidades y otras que ella no estudiaría jamás. La gama se reducía, claro, pero no era cosa de echar a perder su vida con una mala elección. ¿Y la boda? No se puede forzar el amor, desde luego, pero se puede ejercer cierta presión para espantar a las lagartonas que no llenan el gusto de la madre. Hay que ser realista: los jóvenes no están preparados para elegir a quien será su pareja en esta autopista hacia la felicidad, diseñada y pavimentada de antemano por la Señora Morales.
 
La señora Doña Laica también tenía retoños. Cuando los llevaba a comer fuera, su preocupación era que comieran bien, dejando atrás lo que a ella le hubiera gustado pedir. El vestido, que abrigara lo suficiente, sí; pero los hijos se vestían a su antojo y daba gusto verlos salir, arcoíris de telas y colores. Fueron creciendo en libertad, y a fuerza de ser diferentes, querían llegar a ser ellos mismos. Doña Laica se esforzó únicamente en asegurar que estudiaran bien. ¿Y la boda? ¿quién era Doña Laica para elegir por ellos? Se aseguró de estar ahí, a fin de cuentas, la felicidad no es una autopista que uno les pueda construir.
 
Las democracias modernas son, esencialmente, laicas. La palabra laico/laica nace en un contexto cristiano. Por su raíz griega puede significar “del pueblo”, y se usó (y se usa) para distinguir a los cristianos de “a pie” de los curas y jerarcas. Pero en el siglo XIX se amplió su significado hacia la política para distinguir a los Estados confesionales (declaradamente adherentes a un credo religioso) de los que no lo eran. Actualmente debemos entender el concepto de “Estado Laico” en un sentido todavía más amplio .
 
El Estado Laico no es solamente el que renuncia ha protagonizar escenas tan ridículas como el dar las llaves de la ciudad a Jesucristo. Eso tiene un carácter simbólico, cierto. Pero el asunto de la laicidad va más allá. En un sistema democrático, el Estado no puede aspirar a normar todos los aspectos de la vida de las personas para procurar su felicidad, de acuerdo a normas morales específicas. Si un presidente es vegetariano, por mucho que esté convencido de serlo, y de que crea que eso traería la felicidad a sus electores, no puede imponer a todos el ser vegetarianos. Si un presidente es cristiano no puede imponer a todos la fe cristiana. Eso nos queda claro, creo. Pero hay asuntos más finos: no es asunto del Estado tampoco, imponer un sólo modelo de familia, o un único modelo de relación de pareja. Tampoco puede decidir cómo se divierten las personas o a qué edad inician sus relaciones sexuales. No debería normar tampoco, desde mi punto de vista, si quiero, siendo adulto, fumarme hojas de periódico, de tabaco o de marihuana.
 
¡Libertinaje! dirán algunos. No es eso. La democracia nos debe facilitar lo que Adela Cortina llama un Estado de Justicia. Es decir, el Estado sí debe garantizar que las personas puedan acceder a un mínimo de derechos: educación, salud, alimentación… lo cual limita de alguna forma algunas de las cosas que dije arriba, por ejemplo: el Estado no puede obligar a divertirte de ciertas maneras, pero debe proteger que no abuses de los niños y niñas. El Estado no te puede obligar a profesar alguna fe, pero debe garantizar tu derecho a creer en lo que tú quieras y castigar la intolerancia religiosa. El estado no debe prohibir lo que fumo o tomo, pero puede castigarme si manejo un automóvil y pongo en peligro a las personas después de hacerlo o si induzco a menores de edad al vicio. Debe evitar que los menores sean enganchados en las drogas, y no puede renunciar a su labor educativa en este y en otros sentidos.
 
La democracia no nos pide renunciar a lo que creemos fundiéndonos en una anomia informe. Es precisamente lo contrario: se trata de construir un marco en el que las diferentes posiciones morales puedan discutir, argumentar y finalmente convivir en paz. Reconocer, por ejemplo, el derecho de las parejas homosexuales a construir una familia, no significa que todos crean que ese es el mejor modelo. Se trata de respetar su derecho a serlo. En otros ámbitos, en las iglesias, en las familias, en las organizaciones educativas, se podrá seguir argumentando para convencer a las personas concretas para vivir así o de otra manera. Eso no cancela las utopías particulares ni el derecho a luchar por ellas, al contrario: la democracia debe garantizar el derecho que tienen las familias, las iglesias y otros organismos de seguir haciendo su labor en uno u otro sentido, de manera segura, respetuosa y pacífica.
 
Desde el Estado toca promover una ética de mínimos; algunos principios básicos en los que una sociedad plural pueda ponerse de acuerdo. Desde otras trincheras toca promover una ética de máximos, a la que deberán adherirse libremente grupos específicos de la sociedad. La regla básica es que no se vale imponer nuestros propios gustos y modelos de felicidad a través de la coerción legal. No es fácil porque las fronteras son resbalosas y venimos de un pasado muy cercano de autoritarismos políticos, morales y religiosos; tenemos que aprender a ser libres. Al final, veremos, como Doña Laica, que hay formas diversas de ser feliz.
 
 
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