David Herrerías Guerra


¿Qué tan transparente?
20/Junio/2013
Si le hacen así en seco la pregunta, sin aclarar más, ¿cuál sería su respuesta? Yo le diría que en principio conteste que bastante. Casi siempre es mejor: se trate del cristal de sus ventanas, o de sus lentes o del color de sus copas, es mejor transparente. Y no opinemos, para no parecer libidinosos, sobre el uniforme de las azafatas u otras transparencias más reveladoras. En general la transparencia es mejor: en espacios de trabajo, en la administración pública, en las relaciones humanas. Lo transparente genera confianza.
Kant decía, con palabras más inteligentes y precisas que estas, que si un gobierno no es capaz – por vergüenza, por temor – de explicar públicamente y de frente a los afectados una decisión tomada, lo más probable es que esa decisión no sea una decisión ética. Piénselo en sentido personal:  si toma una decisión que afecta a otra persona – para bien o para mal – pero puede sin sonrojarse explicar las razones que le llevaron a tomar esa decisión, es un buen principio para pensar que esa decisión sea ética. Si usted no puede dar las razones por las que tomó esa decisión se tiene que preguntar: ¿por qué no puedo explicarlo? ¿porque se revelaría que en realidad las razones me benefician a mí más que a otros? ¿porque en realidad no tengo fundamentos sólidos? ¿porque estoy tomado la decisión por puro miedo, visceralmente, y no puedo justificarla? Transparentar las acciones de gobierno siempre ayuda a reflexionar sobre su contenido ético.
Además hay beneficios colaterales. Supongamos que la decisión así comunicada, a pesar de ser lo suficientemente bien pensada como para ser comunicada sin rubor, es rebatida por los afectados, como cualquier otra acción de gobierno. Si las razones de la decisión son transparentes, la ventaja es que la discusión que se da respecto al problema parte de bases sólidas y se obliga al querellante a sostener también su argumentación de forma transparente y ordenada. Al final, si la decisión se sostiene, tendrá un mayor consenso. Si la decisión “perdiera” en esta discusión, seguramente se llegará a una solución mejor para todos. Transparentar ayuda a gobernar mejor.
Ya en tiempo de los griegos había quienes objetaban estos beneficios de la transparencia. Decían, como sostienen algunos, que transparentar las acciones de gobierno para que las viera el vulgo haría que muchos opinaran sobre cosas que en realidad no conocían. La respuesta que da Bentham a esa objeción, desde principios del siglo XIX, suponiendo – sin conceder – que la democracia debiera ser sólo para los ilustrados, todos eso que llaman vulgo van a opinar y vociferar de todas formas. La transparencia permite opiniones cada vez más informadas, de manera que al momento de emitir un voto los electores tengan mayores elementos de juicio.
Es verdad que, como dirá la azafata mencionada en las primeras líneas del artículo, la transparencia tiene límites: la intimidad, la vida privada, el respeto a la persona. No siempre es fácil hacer las distinciones, pero la apuesta, como dice el IFAI, es seguir el principio de la mayor publicidad.
¿Qué es lo opuesto a la transparencia? ¿la opacidad? Eso es casi su opuesto, pero hablando de formas de gobierno, lo opuesto de la transparencia no es sólo un gobierno opaco, sino un gobierno que esconde todo sobre sí mismo, y transparenta a sus ciudadanos. Lo propio de la democracia, un gobierno del pueblo, es que éste pueda ver en una vitrina a su gobierno, para pedirle rendición de cuentas, para vigilarlo, para participar en las decisiones. Lo propio de un régimen totalitario, es un gobierno que vigila a sus ciudadanos, que les pide cuentas constantemente, que no le permite actuar con libertad porque está siempre vigilado. Esos son los opuestos: un gobierno vigilado versus un ciudadano vigilado, espiado.
Es esto lo que Edward Snowden, exagente de la CIA, ha revelado y puesto en la mesa de discusión: un gobierno supuestamente democrático (al menos en las formas) muy resistente a transparentar ciertas áreas de su gestión y muy bueno para espiar a sus propios ciudadanos. ¿Qué es lo que más le duele al gobierno de los EU? Que tuvo que admitir frente a sus ciudadanos que lo hacía. Era una decisión que no podía sostener sin ruborizarse. Ahora dirán los ciudadanos estadounidenses, mayormente acomodados e inocentes, si prefieren sentirse vigilados o amenazados por los mismos enemigos que su país se empeña en cultivar lejos de sus fronteras. Es mejor la transparencia, ahora saben sobre qué eligen:  el miedo o la libertad.
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