David Herrerías Guerra


Sin Pantalones
06/Junio/2013

“Viva el amor y la paz
vivan las instituciones
gobernaré con mi dinero
en este pueblo sin pantalones”

 
Gabino Palomares
 
 

Ojalá usted haya visto la escena que voy a relatar, porque seguramente mis limitaciones expresivas no harán justicia al sketch del actor inglés Rowan Atkinson, personificando a Mr. Bean: No recuerdo muy bien los antecedentes de la escena, pero el personaje se encuentra en un baño público y observa que en un gabinete, en el excusado, hay un hombre, obviamente con los pantalones abajo, mismos que son el objetivo de Mr. Bean. Este hace primero una serie de gestos con las manos, por arriba de la puerta, para distraer a su víctima y después, sorpresivamente, mete las manos por abajo y jala los pantalones del sujeto, que forcejea, pero termina perdiendo sus pantalones sin poder defenderse y sin poder salir a perseguirlo, porque se ha quedado desnudo de la cintura para abajo. Al final, después de ponerse los pantalones, Mr. Bean se da cuenta que jaló también con los calzones y los avienta por arriba de la puerta. Para colmo de males y mayor dramatismo de la escena, estos caen justo en el retrete, ante la mirada desconsolada y atónita de la víctima.
 
La actuación del cómico británico es muy graciosa, pero lo que me ha hecho recordar siempre la escena ha sido el otro personaje, del que no guardo muchos detalles. Sólo lo veo en una toma por arriba, bien cuidada para no revelar más de lo que exige el decoro, aferrándose a sus pantalones, desesperado. Es la imagen de la impotencia. He de confesar que muchas veces en un baño público he pensado en la posibilidad de que, sorpresivamente, alguien meta las manos por debajo de la puerta y me quite los pantalones. Ahora imagine que la escena se repite. Que cada vez que usted va al baño, o al menos frecuentemente, alguien mete las manos por abajo, jala los pantalones, y usted queda frustrado, impotente, del otro lado. Es dramática porque el de afuera aprovecha que usted está “como el Tigre de Santa Julia”, ocupado en otros menesteres, incapaz de reaccionar. Es más, el acto de quitarle los pantalones no solo es su botín, sino la clave de la incapacidad de la víctima para reaccionar. Por eso el de afuera queda impune, aunque muchas veces sepa usted quién es, porque reconoce la voz, o las manos.
 
La virtud del humor bien trabajado es que nos muestra nuestras miserias, para que podamos reírnos de ellas. Pero a estas alturas, el saborcito sabroso del sketch de Mr. Bean va adquiriendo un gusto amargo, ¿verdad? No es fácil cuando nos toca jugar siempre el papel del patiño al que le dan los pastelazos, al que le quitan los pantalones, pero a muchos ciudadanos nos toca actuar en ese papel permanentemente.
 
Vemos cómo un exgobernador de Tabasco presume de haberle bajado los pantalones a sus contribuyentes y gracias a eso vive como rey; nos dicen que ya salieron a perseguirlo, pero no sabemos si en realidad algo le va a pasar. Lideres sindicales de PEMEX viven con el mismo desenfreno, lo presumen sus hijos, se pasean orondos con nuestros pantalones, y lo que es peor, con los pantalones de los obreros de la paraestatal, y no les pasa nada. O los Partidos Políticos, que de forma elegante establecen en la Constitución unas prerrogativas groseras, miles de millones que quedan “legitimados” porque están en una Carta Magna que ellos mismos emborronan, tachan y vuelven a escribir. Nos quitan los pantalones, nos devuelven los calzones por arriba de la puerta y piden que les demos las gracias, porque es por ellos que hay democracia. Y rumiamos en el retrete. O los diputados y senadores que se fijan salarios de envidia (y todavía las hay alguna que pide una procuraduría que los defienda, porque hay ciudadanos que se aferran a sus pantalones). O los gobiernos de todo tipo que establecen trámites farragosos para cualquier trámite, de forma que los inefables coyotes nos puedan birlar los pantalones para que podamos obtener cosas que nos corresponden por ley.
 
Como el sujeto en el excusado, indefensos, millones de habitantes en Michoacán y en otros estados del país, con negocios pequeños, tortillerías, abarrotes, tienen que pagar impuestos a las mafias, porcentajes de sus ganancias, so pena de ser ejecutados, porque las autoridades son incapaces de evitar que les escamoteen ya no los pantalones, sino todo lo que traigan puesto. Ciudadanos encerrados en un gabinete de baño público mientras nos quitan el casi la mitad de nuestros ingresos en impuestos que no se traducen en servicios decentes de luz, limpieza, agua, pavimentos; porque más del 40% del gasto se va en salarios de una burocracia que crece a ritmos más elevados que la población a la que atienden.
 
¿Pero sabe qué es lo más triste de este sainete nacional? Que nos hemos acostumbrado a que nos roben nuestras prendas de vestir. Que cuando vamos al baño rogamos que no suceda, o tratamos de cruzar las piernas, pero al final, si otra vez unas manos macabras aparecen por abajo y nos roban los pantalones, nos quedamos rumiando nuestro coraje o barajando nuestro catálogo de excusas para poder seguir sentados, sin perseguir a las ladrones.
 
Nuestra democracia, apenas naciente, apenas en construcción, la diseñaron arriba: se pensó para que la lucha por el poder discurriera en paz. Y para ha eso servido bien. Pero no ha sido – no es todavía – una democracia de ciudadanos. Nosotros ponemos los pantalones, para que se sirvan quitárnoslos, y nos los seguirán quitando mientras no nos decidamos a exigir cuentas, a dejar de esperar, sentados en el retrete, a que nos devuelvan, si ellos quieren, nuestros calzones.
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