Sergio Aguayo


Madurez
10/Abril/2013
El baño de elogios internacionales a Enrique Peña Nieto es diferente al concedido a Carlos Salinas de Gortari. Se aprecia una mayor madurez entre los observadores de otros países.
The Economist, The New York Times, El País y The Washington Post, entre otros, están impresionados con Peña Nieto. Le alaban el Pacto por México, las reformas alcanzadas, el encarcelamiento de Elba Esther Gordillo, el intento de acotar a las televisoras y a Telmex y la doma del PRI con la cual eliminó obstáculos estatutarios a la privatización de Pemex, al aumento al IVA y a las candidaturas de los tecnócratas. Un caso de entusiasmo extremo son los textos de Thomas L. Friedman para The New York Times. Pronostica que México "será la potencia económica más dominante del siglo XXI". Por lo general emiten palabras de cautela, lo que me lleva a la historia de las percepciones. Durante mucho tiempo los corresponsales repetían la optimista versión de los "mexicanólogos": México era una democracia o estaba en camino de serlo. Minimizaban o eliminaban de sus textos las ejecuciones de disidentes, los fraudes electorales y la corrupción. Para justificar su parcialidad se apropiaban de la tesis de Octavio Paz sobre nuestro hermetismo: el mexicano es "un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro, máscara la sonrisa", escribió en El laberinto de la soledad (1950). Si los mexicanos se encerraban en sí mismos, ¿para qué tomar en cuenta sus ideas?
El aislamiento empezó a romperse en los años sesenta. En 1965, por ejemplo, una académica estadounidense Evelyn Stevens empezó a estudiar en serio a los movimientos de protesta y entrevistó a 203 inconformes para publicar el libro Protest and Response in Mexico. En la introducción la profesora comenta, no sin algo de sorpresa, que era "como si [los inconformes] hubieran estado esperando a alguien dispuesto a escuchar sus experiencias". Poco a poco los observadores internacionales se acercaron a los otros Méxicos hasta que llegó a la candidatura a la Presidencia Carlos Salinas de Gortari y entonces se embelesaron con él. Sorprende el contenido de los editoriales publicados en julio de 1988 por tres importantes diarios estadounidenses sobre las elecciones presidenciales de aquel año. The New York Times calificaba a Salinas de "radical dentro del sistema" y lo elevaba a la categoría de prueba viviente de que la "ola del cambio democrático" estaba, "finalmente, llegando a México". The Wall Street Journal exculpaba a Salinas de cualquier irregularidad: "muchas de las maniobras en torno al conteo de los votos parecen ser intentos por desprestigiar a Salinas, que presionó a favor de elecciones limpias". Quien le torció el cuello a sus principios liberales fue The Washington Post, al asegurar que con Salinas habría "una extraordinaria serie de reformas, impulsada desde el interior del partido dominante" y si el "fraude electoral" merecía "atención" lo importante eran las "reformas económicas" porque ellas eran la clave para el "cambio profundo e histórico".
El levantamiento zapatista fue la primera embestida de 1994 contra la escenografía salinista. Dos años después el corresponsal de Time, Tim Padgett, impartió una conferencia titulada "Las confesiones de un corresponsal gringo: Salinas también me engañó"* . Según Padgett, Salinas les hizo creer que "había modernizado [a] México" cuando sólo modificó la "imagen, no la sustancia" ya que el entonces Presidente había sido un "firme aliado de la oligarquía mexicana". Su éxito en la comunidad internacional se debía, según Padgett, a "que era muy parecido a un americano" exitoso (estudió en Harvard) y a que los corresponsales no examinaron en serio a América Latina. Apuntala su idea con una apropiada cita de James Reston: los estadounidenses harían "cualquier cosa por América Latina -excepto leer sobre ella".
Después de Salinas vino una evidente mejoría en la cobertura. Los textos donde elogian a Peña Nieto incluyen una dosis de cautela: Peña Nieto no "está atacando la corrupción" ni la "impunidad" (Randal C. Archibold, The New York Times); Peña Nieto "no es el único que merece reconocimiento; también debe dársele a la oposición" (The Economist). El PRI "tiene una reputación de hacer tratos con los cárteles de la droga" (The Washington Post); "Una presidencia fuerte no es lo mismo que un Estado fuerte" (Luis Prados, El País).Es una actitud que replica la opinión de los mexicanos. Según una encuesta de Reforma publicada el 1o. de abril, 78% de líderes de opinión aprobaban la gestión de Peña Nieto (el hecho se merecería otro texto). Lo importante es que sólo 50% de la ciudadanía le daba el visto bueno. En un texto que acompaña al sondeo, Alejandro Moreno y Roberto Gutiérrez citan a una chiapaneca de 42 años quien expresa una sana madurez: "No puedo evaluar al Presidente porque no tiene ni un año todavía". Bien dicho.

Colaboraron Paulina Arriaga Carrasco y Maura Roldán Álvarez. -

*(véase el texto en http://www.sergioaguayo.org/html/biblioteca2/TimPadgett1996.pdf)Tim Padgett [corresponsal de Newsweek en México], Confesiones de un corresponsal gringo, "También a mí me engañó Salinas", conferencia en el Wabash College, 15 de febrero de 1996.
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