Sergio Aguayo


México: entre el miedo y la celebración
18/Septiembre/2010

México acaba de celebrar los inicios de la lucha independentista (1810) y de la

revolucionaria (1910). El gusto popular por la fiesta, sin embargo, se ha

encontrado en choque contra la insuficiencia de quienes nos gobiernan y

contagiado de miedo ante la posibilidad de atentados.

Los mexicanos disfrutamos tradicionalmente de las celebraciones y la noche de

cada 15 de septiembre la consagramos a la ceremonia de El Grito, una

reproducción del llamado que hiciera un cura de pueblo, Miguel Hidalgo, a

independizarse de los españoles. Los más audaces se desplazan desde temprano

hacia los centros de las ciudades en donde se vive un relajo monumental: vuelan

por los aires los huevos rellenos de harina, se multiplican los empujones

fraternales y bravucones y se escuchan por doquier los silbatos, las trompetas de

plástico, los espantasuegras y todo aquello que provoque estruendo porque, sí:

somos un pueblo ruidoso.

Los de temperamento suave y los doblegados por la edad se recluyen en casas

donde las grandes comilonas bañadas con tequila preparan el ánimo para el

momento cumbre. A las once de la noche en punto la persona de más respeto se

asoma por una ventana, un balcón, o se sube una silla para cumplir con la liturgia

que incluye, por fuerza, tres vehementes vivas: a Hidalgo, a los héroes que nos

dieron patria y a México. Se tolera, por supuesto, que se añadan héroes o

villanos. Eso hizo el gobernante que iniciara la tradición. Maximiliano, segundo

y último emperador del México independiente, tuvo la ocurrencia de honrar en

septiembre de 1864 a los padres fundadores de México; luego desahogó la

nostalgia por su Castillo de Miramar en Trieste lanzando ¡vivas! a Napoleón III,

a Leopoldo de Bélgica, a la emperatriz Carlota y a otros nobles europeos. Tres

años después, Maximiliano murió fusilado dejándonos, como herencia, la

tradición de El Grito.

Los mexicanos tenemos fama de ser impuntuales y desorganizados, y parece que

el Gobierno del presidente Felipe Calderón hace esfuerzos prioritarios por

confirmarlo. ¡Cuánto virtuosismo en el desorden! Quienes observamos con

cuidado la vida pública, hemos visto derrumbarse bajo el peso de sus ineptitudes

a los responsables de coordinar las celebraciones. Algunos renunciaron por la

desunión que se vive en el interior del gobierno federal; otros fueron lanzados al

desempleo dorado después de escándalos de diverso tipo. Hace unos cuantos

meses el presidente Calderón recurrió al secretario de Educación Pública, Alonso

Lujambio, quien ha hecho lo posible por corregir los enredos. Su éxito ha sido

bastante relativo.

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Una de las construcciones emblemáticas del bicentenario, la Estela de Luz, no

fue concluida a tiempo. La última versión es que a lo mejor será terminada a

finales de 2011. El descontrol en la edificación de la Estela ha provocado que

voces tan calificadas y mesuradas como la del rector de la Universidad Nacional

Autónoma de México, José Narro, capturara un sentimiento generalizado al

declarar que "las explicaciones que nos dan" son "escasas y, la verdad, poco

creíbles". Tampoco sabemos el monto del gasto público; los indicios son que el

dispendio observable garantiza algunos escándalos futuros.

Los mexicanos de hoy vivimos temerosos a la violencia. Mientras que un buen

número de ciudades optaron por cancelar toda concentración pública, en la

capital todo iba viento en popa hasta que... las autoridades federales recordaron

que estamos en medio de una guerra sanguinaria que ha cobrado ya más de

28.000 vidas durante el Gobierno de Calderón. Fue entonces cuando empezaron a

ponerle barrotes al festejo. La zona céntrica de la capital estaba tomada por

militares y policías y hubo controles de todo tipo porque la noche de este 15 de

septiembre está preñada de riesgos potenciales. Una pregunta flotaba en el

ambiente: ¿se vengarían los sicarios de los capos encarcelados lanzando una o

varias granadas a la multitud, como sucedió en 2008 durante El Grito en Morelia,

Michoacán?

Las dudas crecieron porque las autoridades tomaron medidas de emergencia. El

presidente decretó fiesta oficial durante cinco días, como si quisiera que la gente

abandonara la capital. Luego llegó la urgencia y abiertamente se pidió a la

población que se quedara en casa. El secretario de Educación Pública fue al

grano: "la televisión se presenta como una alternativa para disfrutar en familia la

celebración". El aparato televisivo volvió a convertirse así en vínculo de unidad

de las y los mexicanos y en instrumento de socialización de una marcha que

pareciera tener como meta el sendero abierto por Silvio Berlusconi.

Este 15 de septiembre ignoré los llamados del presidente Calderón y estuve por

la noche en el Zócalo para presenciar la ceremonia de El Grito. Lo hice porque

debía comentar el acontecimiento para el auditorio de un programa de radio.

Tuve, como muchos otros, sentimientos encontrados. Hay motivos en mí, por

supuesto, para sentirme orgulloso de este México intenso, contradictorio y

entrañable. Pero también arrastro el dolor de ver a una patria maltratada por la

mediocridad de sus gobernantes y por nuestra corresponsabilidad como sociedad

por tolerarlos.

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