Sergio Aguayo


El tele-caudillo
18/Septiembre/2010

Si las mayorías sueñan con el líder que salvará a la patria adolorida es porque

Televisa ha inflado a Enrique Peña Nieto y para defenderlo intentan aplastar a

quienes informan sobre la alianza entre empresa y político. Pese al protagonismo

que le asignan las leyes, el Gobierno de Felipe Calderón se ha hecho el

desentendido.
 

Somos un país contradictorio. Según la Encuesta Mundial de Valores, en 2006,

¡86% de la población! apoyaba un "sistema democrático" que supone la

participación activa de la ciudadanía; en esa misma década 54% aprobaba al

"líder fuerte". Cuán cómodo resulta creer en los hombres providenciales, en los

estadistas que, según Hegel, ponen en "palabras los deseos de su época, le dice a

ésta, cuál es su voluntad y la instrumenta". México ha tenido líderes que se

acercan a esta definición: la grandeza de Miguel Hidalgo, Benito Juárez o Lázaro

Cárdenas, radica en que actuaron pensando en el interés de la nación y de las

mayorías.
 

Enrique Peña Nieto ya fue elevado a esa categoría y arrasaría si las elecciones se

realizaran el día de hoy. Tiene ese nicho pese a su mediocre desempeño como

gobernante y a su nula vocación democrática (temas que abordaré en columnas

futuras). Su virtuosismo ha estado en lograr fusionar armónicamente los trucos y

mañas de los políticos autoritarios mexicanos con las modernidades tecnológicas

de una empresa, Televisa, capaz de levantar o destruir prestigios bombardeando a

las mayorías con las imágenes transmitidas por la pantalla chica.
 

La construcción del caudillo ha sido tan exitosa porque hay sed y hambre de

políticos eficaces y por la fragilidad de la cultura ciudadana. En diciembre de

2008, según una encuesta de Reforma, 66% de la población aprobaba el "trabajo

de Felipe Calderón como presidente" por motivos muy poco científicos: "le está

echando ganas", "se preocupa por los problemas de los mexicanos", "al

presidente hay que apoyarlo incondicionalmente", "es una buena persona". Sólo

18% se apegaba a los criterios de una democracia y lo evaluaba por sus

resultados.
 

El Grupo Reforma ha sido uno de los medios que han documentado la alianza

estratégica entre Peña Nieto y Televisa. Es probable que ese fuera uno de los

motivos tras la decisión de Televisa de lanzar una agresiva campaña contra

Grupo Reforma por publicar anuncios clasificados en los que se ofrece un amplia

variedad de servicios sexuales lo cual, en opinión de la televisora, es una forma

de permitir la participación del crimen organizado. Se trata de acusaciones graves

que requieren una distinción entre la libertad de expresión y la obligación de

transmitir noticias de manera imparcial.

 

Puedo estar en desacuerdo con lo expresado por colegas de Televisa en

programas que, como Tercer Grado, forman parte de la barra de opinión de la

televisora. Sin embargo, es un espacio protegido por la libertad de expresión. Los

noticieros se miden con otra vara. Televisa utiliza un bien público porque recibió

una concesión de la nación a través del ejecutivo. Al aceptar el privilegio

Televisa adquirió el compromiso de respetar leyes y reglamentos en las cuales se

establece que la transmisión de las noticias debe guiarse por la veracidad y la

objetividad.
 

La ofensiva de los noticieros de Televisa contra el Grupo Reforma es una posible

violación a la concesión porque es profundamente parcial; no menciona, por

ejemplo, que la oferta de servicios sexuales se hace en muchos otros medios,

incluida la misma Televisa. No estamos ante un caso aislado, sino ante la

confirmación de un patrón. Los partidos de futbol están tan repletos de

publicidad que probablemente violan los límites legales, la programación está

saturada con publicidad de productos milagrosos y desdeñan las peticiones de

información de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios,

(Cofepris).
 

La Secretaría de Gobernación ya debería haber intervenido porque entre sus

funciones está garantizar el respeto de los títulos de concesión. No lo hará puesto

que el panismo tiene la brújula ética hecha trizas. Ni ha llevado al país a la tierra

prometida del Estado de Derecho ni ha construido ciudadanía, y cuando se

recuerda su historia da pena verlos como siervos de Elba Esther Gordillo y de las

televisoras. Sus presidencias han sido figuras de papel maché: brillo artificial en

el exterior, oquedad en las entrañas.
 

El PRI tampoco tiene contenido. Su obsesión es regresar a Los Pinos y adoran al

tele-caudillo, Peña Nieto, porque es quien garantiza el retorno. Carecen de

proyecto de país y eso los coloca en una paradoja. El fraude electoral de 1910

desencadenó una violenta revolución que puso al PRI en el poder; si ahora

recuperan la presidencia será por los cañonazos de Televisa. Así pues,

celebremos los inicios de la Independencia y la Revolución reconociendo que

pasamos del autoritarismo a las aspiraciones dictatoriales de una televisora y un

caudillo sin haber disfrutado las mieles de la democracia.

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