Sergio Aguayo


Día de Zócalo
22/Septiembre/2010

A la memoria de José de Jesús Gudiño Pelayo.
 

Estuve en el Zócalo el 15 de septiembre y testifiqué los desencuentros entre el México que somos y el que el gobierno quisiera que fuéramos.
 

El miedo a un atentado marcó la jornada e hizo realidad el lema panista de "Por una patria ordenada...". El gobierno de Felipe Calderón logró un México diferente; al corazón de la patria le arrancaron las vendimias, las fritangas y el relajo. En otras épocas, el Grito en el Zócalo se sazonaba con huevos rellenos de harina o confeti volando por los aires, con empujones y sobadas entre fraternales y bravuconas y con el abrumador rui do de matracas, silbatos y chiflidos de arriero.
 

En esta ocasión el control fue implacable. En los puntos de revisión vaciaban las anforitas con la agüita que ataranta y arrebataban encendedores y paraguas.

Cuando el respetable accedía al recinto lo metían en cuatro gigantescos compartimentos separados entre sí y estrechamente vigilados. Para evitar inoportunas mentadas al Presidente, lo protegieron con dos barreras de panistas bien portados y reforzados por una avenida de cuatro carriles. El operativo apaciguó pero no doblegó a la raza que esporádicamente rescataba el ambiente de carpa: hubo rechiflas a los artistas mediocres; gritos de "fraude, fraude", al retraso de los carros alegóricos, y hasta de "el pueblo unido jamás será vencido".
 

Las telarañas conceptuales aparecieron en buena parte del contenido del desfile y del espectáculo presentado en el Zócalo. Los carros alegóricos fueron estéticamente vistosos pero algunos excesivamente abstractos. Era difícil asociar al dragón chino con la serpiente emplumada (parecía una alegoría sacada de Quetzalcóatl o Don Q, crípticos libros de José López Portillo). En cuanto al espectáculo, sigo sin entender el mensaje tras las chinas poblanas que bailaban La raspa veracruzana subidas en zancos o los tres mariachis que se  contoneaban teñidos, ropa y pellejo, de verde, blanco y rojo escandaloso (instrumentos incluidos).
 

En el Zócalo también se hizo evidente el peso de las más de cuatro horas que en promedio ven de televisión cada día los mexicanos. La cultura popular está impregnada de la cultura televisiva, una parte del público se transformaba cuando aparecía alguna cámara de televisión: saludaba, brincaba y reía porque era la posibilidad de "salir en la tele".
 

La "tele" se comportó como siempre. Analistas como Diego Petersen y Roberto Zamarripa informaron para El Universal y Reforma, respectivamente, sobre el tipo de comentarios hechos durante la transmisión. Coincidieron en la ignorancia de algunos conductores que reescribieron sin misericordia la historia nacional.

Entre otras perlas estaría la afirmación de que los mexicas construyeron Teotihuacan y el cambio de apellido del futbolista Cuauhtémoc Blanco, al cual rebautizaron como Cárdenas.
 

Se desaprovechó el inmenso rating para difundir nuestra riquísima historia. Había mucho que decir sobre el ritual del Grito. Miguel Ángel Granados Chapa, en permanente alerta cuando se trata de reivindicar a su patria chica, señalaba que la tradición se inició en Huichapan, Hidalgo, en 1817. José Antonio Crespo había escrito poco antes que el primer gobernante del México independiente que dio el Grito fue el austriaco Maximiliano, en septiembre de 1864. En esa ocasión, el efímero emperador mencionó primero a nuestros héroes, pero luego dio rienda suelta a la nostalgia y lanzó ¡vivas! a Napoleón III, a Leopoldo de Bélgica, a la emperatriz Carlota y a otros nobles europeos.
 

Lo más positivo de ese día fue la ratificación de nuestra identidad. La "mexicanidad" sí existe. Gustaron los sones bailados como se debe, conmovió profundamente el gigantesco coro encabezado por cinco cantantes de ópera que entonaron de manera extraordinaria México lindo del michoacano Chucho Monge, y Felipe Calderón logró la unidad cuando lanzó, con voz clara y firme, los tradicionales "vivas".
 

Después del Grito vinieron los fuegos artificiales y la proyección de imágenes sobre la Catedral. El escritor mexicano Ignacio Solares se anticipó a las encuestas al señalar, esa noche, que había sido la mejor parte de la celebración. También fue tan efímera como esa jornada. Y sí, mientras el Zócalo se vaciaba regresaba

la normalidad con su carga de malas noticias. A las pocas horas asesinaron a nuestro colega de El Diario de Juárez.
 

Vivimos en un equilibrio inestable y la inconformidad crece a la misma velocidad que la ineptitud gubernamental, que todavía no encuentra canales de expresión pero los anda buscando. Ése sería el significado de un momento vivido en uno de los escenarios del Paseo de la Reforma, cuando el grupo Maldita

Vecindad tenía "prendida" a la multitud, su vocalista, Roco, lanzó una proclama:

"la calle es nuestra". En realidad, ese día la calle se la jalonearon sociedad y gobierno mientras allá afuera crece la ley de la selva en espacios públicos. Es la patria desordenada.

www.sergioaguayo.org

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