Sergio Aguayo


¿Cómo tratarlos?
03/Julio/2013
Hace días el Senado de Estados Unidos decidió militarizar la frontera. El pasado domingo supimos que espían nuestras embajadas. ¿Se puede hacer algo?
Cuando nos derrotaron en una guerra injusta (1847), México se atrincheró en una pasividad defensiva que le ha permitido a Washington tratarnos como un objeto a su disposición. El Plan de Defensa Continental de Estados Unidos es uno de sus documentos más secretos. El de 1949 tiene 50 cuartillas de apretado texto y a México le dedican siete tristes líneas que explican el motivo de su indiferencia: "en caso de guerra [o de cualquier crisis] México será un aliado de Estados Unidos".
El Senado acaba de aprobar el amurallamiento y militarización de una frontera que manejan como si fuera sólo suya. Tanto así que en 1954 la abrieron totalmente. Aquel año Adolfo Ruiz Cortines presionaba a Washington porque quería un mejor trato para nuestros "braceros" y prohibió temporalmente su contratación. La Cámara de Representantes reaccionó y autorizó que sus granjeros contrataran directamente a nuestros campesinos "estuviera o no de acuerdo el gobierno de México". Por la disparidad de fuerzas, Ruiz Cortines dobló las manos.
La respuesta del gobierno de Peña Nieto la definió Juan Ramón Jiménez en las primeras líneas de Platero: es "tan bland[a] que se diría tod[a] de algodón, que no lleva huesos". El 25 de junio el canciller José Antonio Meade dirigió un "mensaje a los medios de comunicación" y 10 de los 11 párrafos celebraban la reforma migratoria, la prosperidad y la buena vecindad. En uno de los párrafos finales se insinúa una leve crítica: "las bardas... no son la solución al fenómeno migratorio". En cuanto a las revelaciones de espionaje Tlatelolco ya informó que ¡ya se comunicaron con Washington!
No propongo estridencias estériles como cuando Luis Echeverría decidió (1975) que México votara a favor de una resolución en la Asamblea General de la ONU que definía al sionismo como una "forma de racismo y de discriminación racial". La reacción de Israel y sus aliados fue durísima; Echeverría se montó en la dignidad y anunció que prefería "morir antes que pedir perdón". Se tragó sus palabras y envió a Israel al canciller Emilio Óscar Rabasa, quien elogió la "tierra de Sión" y depositó una ofrenda en la tumba del fundador del sionismo y México se alineó en la siguiente votación sobre el tema.
El mundo ha cambiado radicalmente y ya nos merecemos una política de Estado que sustituya al cortoplacismo reactivo, el páramo conceptual y el silencio de los acomplejados. Se han reducido los márgenes de acción para Estados Unidos y México tiene a su disposición la fortaleza de su macroeconomía, la influencia asociada a la vecindad geográfica y el apoyo de una parte de los 33 millones de mexicanos o descendientes de mexicanos que viven allá.
Israel y la guerrilla salvadoreña han demostrado las virtudes de llevar su causa al interior de Estados Unidos. El caso israelí es bastante más conocido que el de los insurgentes centroamericanos que en los años ochenta lograron frenar la agresividad del gobierno de Ronald Reagan. Ambos siguieron una estrategia bastante parecida: cabildeo con las élites de Washington y otras ciudades, acercamiento a la sociedad estadounidense y difusión de su causa. Demostraron que sí se puede incidir en la política de la potencia.
En diversas ocasiones México ha sido exitosamente proactivo frente a la potencia. Lázaro Cárdenas defendió ante Estados Unidos la expropiación petrolera; Carlos Salinas logró la aprobación del Tratado de Libre Comercio para América del Norte; y la Secretaría de Relaciones Exteriores hizo una buena defensa jurídica de nuestros conciudadanos condenados a muerte.
La parálisis actual no se justifica. El gobierno federal tiene con qué responder. Podría impedir que Estados Unidos deporte a nuestro territorio a delincuentes, conceder paso libre a los centroamericanos que nos usan como corredor para llegar a Estados Unidos o, mínimo, imitar a Europa en su protesta verbal por el espionaje. El sendero tomado por Miguel Ángel Mancera es sugerente: al anunciar discusiones para explorar la legalización del comercio de la mariguana en el Distrito Federal replica lo que ya están haciendo los norteamericanos.
La mesura y el silencio son contraproducentes porque Washington se siente libre de actuar como le viene en gana. En 2004 el ex embajador Jeffrey Davidow escribió en su libro El oso y el puercoespín que Estados Unidos no busca dañarnos intencionadamente; si lo hace es porque "ignora deliberadamente los daños colaterales que causan" sus decisiones y porque hay pocas protestas.
¿Cómo tratarlos? Con firmeza y sin majaderías, con información e inteligencia, con paciencia y claridad estratégica, con orgullo y seguridad en nosotros mismos. Tal vez perdamos algunas batallas, pero lo ofensivo es que nuestro gobierno calle pese a los menosprecios y majaderías.
 
Colaboró Paulina Arriaga Carrasco.
 
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